Pocas generaciones atrás, la enseñanza de la filosofía ponía valiosas herramientas de reflexión al alcance de los jóvenes. Hoy solo unos pocos, aquellos buscan por cuenta propia, se acercan a la filosofía.
Dado que la Corporación Cultural Nuevo Horizonte dedica su trabajo a niños y jóvenes, compartiendo con ellos, especialmente a través de su orquesta juvenil, es fácil darse cuenta de que hay en ellos un permanente cuestionamiento de la realidad, una búsqueda de explicaciones a las distintas situaciones que les toca vivir a medida que crecen (en todas las épocas ha sido así, es cierto). Se nota también que los adultos, sus familiares, sus profesores, no les ofrecen respuestas a esas interrogantes o no han contribuido a formar un conjunto de conocimientos que les permitan encontrarlas. Como consecuencia, es frecuente que los jóvenes recurran a aquello que los ha conquistado a través de la televisión, siendo sus fuentes de explicación de la realidad El Chavo del Ocho, Los Simpson o los mangas japoneses. Allí encuentran las pautas de vida, las instrucciones de lo que hay que hacer o dejar de hacer ante los asuntos importantes de la vida. Esto es nuevo, ya que pocas generaciones atrás la enseñanza de las culturas griega y romana en los colegios (y la filosofía asociada a ellas) ponía valiosas herramientas de reflexión al alcance de los jóvenes. Poco a poco, a partir de los años ochenta, se ha dejado de ofrecer a los jóvenes el estudio de la filosofía, cambiando a Platón por El Chavo del Ocho, podríamos decir.
Recientemente, ha circulado en internet una declaración de la Asociación Chilena de Filosofía (ACHIF) donde se afirma que el Estado ha dado el tiro de gracia a la enseñanza de estas materias, buscando suprimir la disponibilidad del estudio de la filosofía en los colegios técnico-profesionales. Más abajo copiamos dicha declaración, a cargo de una prestigiosa organización que adhiere a lo que a otros filósofos de América también les preocupa enormemente, al punto de acordar un conjunto de acciones que conduzcan a reponer los estudios de filosofía.
A causa de esta declaración, con el optimismo y entusiasmo que aparecen cuando se tiene por delante una buena causa, me pregunto por la respuesta que daríamos a un joven que pregunte
¿Qué es la Filosofía?
Aquí van algunas ideas que pienso podrían ser parte de la respuesta.
La filosofía es una interpelación al saber, la exigencia de explicaciones. Nacemos en un mundo de creencias, de saberes. Basta con ver nuestra vida cotidiana, somos socializados a través de un cuerpo de saberes, un cuerpo de saberes que siempre ha existido. El filósofo interpela esos saberes. Así nació la filosofía en Atenas hace 2500 años, con interpeladores de la sociedad ateniense. La filosofía tiene que ver con la inquietud mental. Mientras las llamadas filosofías orientales, que sería más apropiado llamar sabidurías orientales, tienden a aquietar la actividad racional, la agitación mental, la “cogitatio”, la filosofía hace lo contrario. Si no hay ansiedad, si no hay curiosidad, si no hay malestar, si no hay interrogación, si no hay disconformidad, no hay filosofía. No hay mejor filosofía que aquella que nos crea problemas allí donde no había problemas, la filosofía es una molestia, nos preocupa, nos ocupa, con nuevos problemas y nuevos enfoques, es como rascarse donde no nos pica. La filosofía no es una sabiduría sino una interpelación al saber. Socrates lo dice: solo sé que nada sé.
La filosofía tiene que ver con la historia de la humanidad, con el quehacer de los seres humanos y con el lenguaje en cuanto el hombre es un ser hablante que razona (lo que nos diferencia del resto de los seres vivos).
¿Qué no es la Filosofía?
La filosofía no es una sabiduría, no es una revelación, no es el acceso a un modo de conocimiento diferente al que tiene el común de los mortales. La filosofía tampoco ayuda a lograr un nivel de conocimiento superior, el filósofo forma parte de la multitud, es uno más. Nadie se salva de ser al mismo tiempo multitud y unidad. Ser parte de una multitud no es un problema. El problema es uno. No nos morimos o somos felices en multitud, sino de a uno. Tampoco la filosofía ayuda a ser mejor persona. Para ser mejores no es a esto a lo que tenemos que dirigirnos, quizás haya que dirigirse a Jesús, a Buda o Confucio.
¿Para qué sirve la filosofía?
La filosofía no sirve para nada práctico, no genera nada tangible, no es valorable en dinero. Es un medio que nos permite buscar el sentido de las cosas, interrogarnos, estudiar. A través del conocimiento de los filósofos podemos entender mejor el mundo que nos rodea. Dos ejemplos prácticos: en los últimos años la llamada “ideología de género” ha sido un tema de debate que nos ha ocupado mucho tiempo y energía. Bueno, los líderes políticos que han empujado esos cambios se basan en el pensamiento de conocidos filósofos, en sus planteamientos encuentran la justificación de esos cambios. Para el tema del aborto también hay planteamientos filosóficos que nos ayudan a entender mejor las ideas de vida, Dios, libertad, sociedad, etc. Al final, cada uno se hará cargo, si necesita aplicar el conocimiento filosófico. Quizás lo aplica en seguir estudiando, en seguir pensando, o lo aplica en su trabajo, o en sus relaciones con los demás, o en la educación de sus hijos.
Rodolfo Silva
Corporación Cultural Nuevo Horizonte
Paine, febrero de 2018
¿Qué se pierde en una educación sin filosofía?
Marginar a los estudiantes de establecimientos técnico-profesionales de la formación filosófica, de suyo irrepetible, representa una arbitrariedad injustificable y un riesgo social. Pese a que éstos respondan a un perfil de egreso distinto al de los colegios científico-humanistas, es claro que deben vivir la experiencia del cuidado de sí y, con ello, la experiencia del otro, pues es tal experiencia la que permite al ser humano volver la mirada responsable hacia la comunidad y su entorno.
Por Asociación Chilena de Filosofía (ACHIF) / 12.02.2018
La Unidad de Currículum y Evaluación del Ministerio de Educación impulsó una nueva propuesta de las bases curriculares para 3º y 4 º medio que, entre otras cosas, extendía las horas de filosofía a los colegios técnico-profesionales. Sin embargo, para preocupación de la comunidad filosófica nacional, el Consejo Nacional de Educación (CNED) ya ha rechazado por segunda vez dicha propuesta el 24 de noviembre de 2017 y está pendiente una próxima votación. Ciertamente, una nueva negativa del CNED implicaría una situación grave para el futuro de la enseñanza de la filosofía en Chile, tal como ya ha sido manifestado en múltiples cartas y comunicados publicados en diversos medios de información. Se destaca en ellos, con justa razón, que en el caso de disminuir las horas de filosofía nuestros jóvenes se verían perjudicados en su desarrollo integral, siendo privados de un espacio que históricamente constituye uno de los más idóneos para la reflexión, la creatividad y la crítica. Adicionalmente, se suprime una posibilidad de crecimiento cultural complejo, que de suyo ya es valioso en cuanto enriquece y matiza las propias convicciones. A nivel de país, se ha subrayado igualmente que una generación educada sin un espacio adecuado para la filosofía no puede sino dar razones de peso para presagiar un estancamiento de la misma sociedad, integrada por una población potencialmente acrítica e incapaz de reflexión autónoma.
El destino incierto de la filosofía en la educación escolar se debe al problema de la optimización del tiempo para garantizar una formación sólida sin saturar la jornada escolar. Y, claro está, la pregunta siempre válida parece ser: ¿hasta qué punto conviene sobrecargar a nuestros jóvenes con horas de filosofía, sobre todo a estudiantes pertenecientes a colegios técnico-profesionales? Sin embargo, antes de plantear esta pregunta quizás convenga hacer una aún más de fondo: ¿Qué idea de país, esto es, de sociedad avala esta manera de entender la educación? Lo cierto es que Chile quiere consolidarse como un país competitivo. Mas, pudiendo esto implicar avances, cabría también considerar que la competencia misma es la que promueve determinados valores que conducen a una idea general de sociedad respecto de la cual habría que evaluar si efectivamente estamos dispuestos a asumir. Quizás un diagnóstico como el que ya hacía el filósofo chileno Jorge Millas en 1981 sea esclarecedor al respecto. A su juicio, se habría sustituido “el valor de la eficiencia propia de la educación universitaria por la eficiencia económica”, lo cual redundaría en la imposición de un “espíritu competitivo” por sobre los valores educacionales. La situación actual no parece ser tan distinta a la diagnosticada por Millas, salvo que hoy en día dicho espíritu de competencia ha terminado por extenderse a la educación escolar. En efecto, es ésta la que hoy en día debe brindar a las generaciones futuras habilidades concretas que las vuelvan eficaces en sus áreas de ocupación, en función de su competitividad profesional. Mas, bajo este respecto la filosofía sí cumpliría con tales exigencias, en la medida en que favorece el desarrollo de las así llamadas “habilidades blandas”. Habilidades de las cuales, dicho sea de paso, los/as estudiantes técnico-profesionales parecieran no tener derecho a obtenerlas, tal como lo indicaría la negativa del CNED a la propuesta curricular del Ministerio.
Entonces bien, ¿por qué mantener la filosofía en los colegios? ¿Por qué incluso ampliar su enseñanza a los establecimientos técnico-profesionales? En otras palabras, ¿cuál es el beneficio de resguardar un espacio para la filosofía en la educación secundaria y que el CNED aún no ha advertido? Garantizar el espacio para la filosofía en el currículum escolar se relaciona directamente con una idea amplia de educación. Entre las disciplinas que se enseñan en los establecimientos, la filosofía es una en la que paradigmáticamente ocurre una formación doble. Por un lado, se fomenta el cultivo de sí mismo, cura sui, más allá de las restricciones de la búsqueda de la utilidad y del espíritu competitivo; y, por otro, dicho cultivo de sí tiene un impacto fundamental para la vida en comunidad. En efecto, mediante la filosofía nuestros jóvenes se confrontan con una búsqueda del saber que incumbe propiamente a sus inquietudes personales, y con la que aprenden que es necesario muchas veces tomarse el tiempo apropiado para esta tarea sin atender a los tiempos apremiantes de la eficiencia. La naturaleza propia del estudio de la filosofía enseña, así, que el avance en la indagación de sí mismo es dificultoso, pero a la vez satisfactorio tanto para sí como para los otros, pues solo quien sabe y conoce el bien de sí puede realmente asumir responsabilidades e incluso cuidar a los otros.
Por ello, quizás la pregunta no sea qué se gana conservando a la filosofía en los colegios, sino más bien, qué es lo que nuestras futuras generaciones podrían perder privándose de ella. Ante todo, lo que se obstaculiza es la oportunidad de aprender el cultivo de sí mismo. Mientras otras disciplinas nos ponen en relación con objetos de estudios particulares, lo cual es, por supuesto, sumamente importante, la filosofía es una disciplina que nos vuelve una inquietud para nosotros. Y es el cultivo de tal inquietud el que adquiere un significado fundamental, en tanto favorece la constitución de una sociedad democrática, justa y equitativa, una sociedad que supone, ante todo, que el otro aparezca en su valor propio, justamente cuando cada ‘yo’ se reconoce a sí mismo en la legitimidad del ‘nosotros’. Así, entonces, marginar a los estudiantes de establecimientos técnico-profesionales de la formación filosófica, de suyo irrepetible, representa una arbitrariedad injustificable y un riesgo social. Pese a que éstos respondan a un perfil de egreso distinto al de los colegios científico-humanistas, es claro que deben vivir la experiencia del cuidado de sí y, con ello, la experiencia del otro, pues es tal experiencia la que permite al ser humano volver la mirada responsable hacia la comunidad y a su entorno, reconociendo en ellos valores propios más allá de la utilidad y la eficiencia que fomenta la competitividad.
Así, planteadas estas razones en defensa de la filosofía tanto por colegas filósofos y educadores como por la REPROFICH y ACHIF, apelamos al buen criterio de las autoridades en el campo de la Educación y les preguntamos directamente si están dispuestos a privar a nuestras generaciones actuales y futuras de esta área única y tan particular como es la filosofía. Por nuestra parte, esperaríamos que estas y otras razones en su defensa sean escuchadas y podamos continuar con un diálogo que se centre en las razones de fondo respecto de su permanencia en los colegios, más allá de la búsqueda y defensa de criterios más bien técnicos, que no hacen justicia a su papel real en la formación de nuestros jóvenes.
Asociación Chilena de Filosofía (ACHIF)
Directiva
Presidente: Patricio Mena, Vicepresidente: Felipe Johnson, Secretario: Cristóbal Vargas, Tesorero: Samuel Herrera.
Comité Académico: Diana Aurenque, Loreto Paniagua, Enrique Muñoz, Mauricio Mancilla