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El valor del trabajo conjunto entre Estado y organizaciones privadas

Importante convenio de acreditación de estudios fue acordado entre la Universidad de Chile y el Conservatorio de Música Marcelo Avilés González, con sede en la ciudad de Nueva Imperial, en plena región de la Araucanía.

Para formarse una idea del desarrollo cultural de una comunidad (entendiendo el término cultura en su forma tradicional, esto es, la Filosofía, el Arte, la Ciencia) conviene poner la mirada más allá de los incidentes y accidentes que la hacen avanzar o retroceder por un breve período y pensar en este como un proceso. De ese modo, la perspectiva que otorga el paso del tiempo ofrece una visión acertada o que, por lo menos, resulta ser optimista y motivadora. Desde ese sitial vemos la evolución que ha tenido la música docta entre los jóvenes del país en, digamos, la última década. Más de quinientas orquestas conforman el enjambre de jóvenes músicos que han tenido la oportunidad de mejorar sus vidas y las de sus familias con los beneficios que otorga la música docta (en sus aspectos psicológicos, neurológicos, sociales, afectivos, etc.). Varias decenas de miles de niños y jóvenes han mejorado su preparación para enfrentar de mejor forma su futuro laboral y otras tantas han encontrado en la música una profesión que los ha sacado impensadamente de la vida marginal a que condena la pobreza. (¿Cuántos violinistas hay que de no ser por la música hoy serían sacrificados trabajadores temporeros en un packing de frutas? Más de lo esperado, sin duda). Es posible pensar, entonces, que en este aspecto el desarrollo cultural del país ha marchado bien.

Como en todo proceso, sin embargo, se presentan por delante nuevos avances que completar, otros peldaños que abordar en la escala que conduce a un mayor desarrollo cultural.

Uno de ellos es el de la colaboración entre organizaciones privadas y organismos estatales. Dicha colaboración ya existe, pero conviene aumentarla y fortalecerla. Con una alianza entre estos dos tipos de entidades, las estatales y las privadas, cada una compensa las limitaciones de la otra, aliviana sus dificultades. El Estado, por una parte, desde su sillón en la capital, debe habitualmente hacer inmensos esfuerzos para optimizar su capacidad de actuación en la provincia, superar la dificultad para determinar la relación costo y beneficio de los programas que pone en marcha y no siempre cuenta con suficiente información relativa a las necesidades de cada provincia. Los privados, en la contraparte, generalmente representados por músicos o gestores de las artes, rara vez cuentan con recursos económicos suficientes para financiar sus planes de trabajo (desde la impresión de partituras hasta la producción de conciertos) y en muchos casos no tienen experiencia en la administración de sus organizaciones. Estas y otras dificultades impiden finalmente a las organizaciones privadas conseguir su sustentabilidad en el tiempo.

Esta introducción, que indudablemente abre una conversación mucho más amplia, puede servir para contextualizar el gran valor del convenio de acreditación de estudios que por estos días se ha acordado entre la Universidad de Chile y el Conservatorio de Música Marcelo Avilés González, con sede en la ciudad de Nueva Imperial, en plena región de la Araucanía.

 

En la práctica, este acuerdo significa que quienes estudien en el centro sureño seguirán en las etapas básicas los mismos programas de la Universidad de Chile, serán examinados por profesores de esa universidad y contarán con títulos equivalentes. Además, conociendo la forma en que se trabaja en el país, de seguro el Conservatorio contará con clases magistrales ofrecidas por músicos de la universidad y programas de perfeccionamiento para los docentes que trabajen en la provincia. Y como si se tratara de un reguero de pólvora, desde Nueva Imperial se dará inicio a un proceso de expansión de este beneficio a toda la región de La Araucanía.

El convenio fue firmado por Marcelo Avilés, Director del Conservatorio de Música Marcelo Avilés González y, en nombre de la Universidad de Chile, por el Decano de la Facultad de Artes, el maestro Luis Orlandini y el profesor Héctor Sepúlveda, Director de la Escuela de Etapa Básica de la universidad.

El Conservatorio de Música Marcelo Avilés González, desde ahora la única organización de la región que está acreditada por la Universidad de Chile, entrega enseñanza de violín, viola, violonchelo, contrabajo, piano, guitarra y flauta traversa a más de doscientos alumnos, un considerable número conformado por alumnos locales y aquellos estudiantes que  llegan desde Trovolhue, Temuco o Lautaro.

El maestro Orlandini y Marcelo Avilés

El acuerdo refleja implícitamente otros aspectos que, aunque habitualmente no se mencionan, son de suma importancia. En primer lugar, el Conservatorio ha mostrado la capacidad técnica necesaria para superar las pruebas que la Universidad de Chile de seguro evalúa para dar la certificación. Asimismo, el conservatorio tuvo la capacidad de mostrar a sus alumnos esas capacidades técnicas. En tercer lugar, los directivos del Conservatorio han mostrado una capacidad de integración social, tanto con las organizaciones locales como con el resto de la comunidad. Sin duda, también ha existido capacidad de gestión; esto significa un buen manejo administrativo, financiero y comunicacional, a lo menos.
Finalmente el Conservatorio ha mostrado la capacidad de persistir y mantenerse en el tiempo en una actividad tan elitista como es el cultivo de las artes.Todo esto, aunque no se mencione, es de suma importancia y merece un reconocimiento.

Nueva Imperial cuenta con una población cercana a los cuarenta mil habitantes, fue fundada por Pedro de Valdivia en el año 1551. Allí se libraron grandes batallas, entre las que participó Alonso de Ercilla, autor de “La Araucana”.

La práctica del canotaje es el deporte comunal por excelencia y donde jóvenes imperialinos han alcanzado figuración nacional e internacional.

 

El Guitarrista Marcelo Avilés

Nacido en Santiago de Chile, inició estudios de Guitarra a los nueve años y a los catorce ingresó a la Facultad de Artes de la Universidad de Chile a estudiar la carrera de Guitarra Clásica. Continuó estudios en el Conservatorio de Música de la Universidad Mayor con el profesor José Antonio Escobar y luego siguió su formación en la Universidad Católica de Temuco con el maestro cubano Carlos Lloró Sosa.

Ha recibido clases magistrales con Luis Orlandini y Sebastián Montes de Chile, y con el laudista Hopkinson Smith de Estados Unidos. A los veinte años realizó sus primeras composiciones para guitarra de seis y diez cuerdas y dos años después grabó su primer disco con obras de Francisco Tarrega Eixea, Isaac Albeniz, Heitor Villa-Lobos y Joaquín Turina. Actualmente se desempeña como docente y como concertista de guitarra clásica y es el rector del Conservatorio de Música Marcelo Avilés. Ha llevado su música a ciudades de Chile y Uruguay.

Rodolfo Silva
CCNH Paine

Mayo de 2019

Bases del IX Concurso Provincial de Artes Visuales – San Bernardo 2019

Recibimos la invitación del Departamento de Cultura y Turismo de la Municipalidad de San Bernardo.
Destacamos la importancia de este certamen que favorece la actividad artística de una amplia zona metropolitana: recibe obras de artistas de las comunas de San Bernardo, Paine, Buin y Calera de Tango.
Considera las disciplinas: Pintura, Escultura y Fotografía.
Plazo de entrega de las obras postulantes: 27 de julio de 2019

La maestría de un escritor chileno: Sub Sole, por Baldomero Lillo

Sentada en la mullida arena y mientras el pequeño acallaba el hambre chupando ávido el robusto seno, Cipriana con los ojos húmedos y brillantes por la excitación de la marcha abarcó de una ojeada la líquida llanura del mar.

Por algunos instantes olvidó la penosa travesía de los arenales ante el mágico panorama que se desenvolvía ante su vista. Las aguas, en las que se reflejaba la celeste bóveda, eran de un azul profundo. La tranquilidad del aire y la quietud de la bajamar daban al océano la apariencia de un vasto estanque diáfano e inmóvil. Ni una ola ni una arruga sobre su terso cristal. Allá en el fondo, en la línea del horizonte, el velamen de un barco interrumpía apenas la soledad augusta de las calladas ondas.

Cipriana, tras un breve descanso, se puso de pie. Aún tenía que recorrer un largo trecho para llegar al sitio adonde se dirigía. A su derecha, un elevado promontorio que se internaba en el mar mostraba sus escarpadas laderas desnudas de vegetación, y a su izquierda, una dilatada playa de fina y blanca arena se extendía hasta un oscuro cordón de cerros que se alzaba hacia el oriente. La joven, pendiente de la diestra el cesto de mimbre y cobijando al niño que dormía bajo los pliegues de su rebozo de lana, cuyos chillones matices escarlata y verde resaltaban intensamente en el gris monótono de las dunas, bajó con lentitud por la arenosa falda de un terreno firme, ligeramente humedecido, en el que los pies de la mariscadora dejaban apenas una leve huella. Ni un ser humano se distinguía en cuanto alcanzaba la mirada. Mientras algunas gaviotas revoloteaban en la blanca cinta de espuma, producida por la tenue resaca, enormes alcatraces con las alas abiertas e inmóviles resbalaban, unos tras otros, como cometas suspendidas por un hilo invisible, sobre las dormidas aguas. Sus siluetas fantásticas alargábanse desmesuradamente por encima de las dunas y, en seguida, doblando el promontorio, iban a perderse en alta mar.

Después de media hora de marcha, la mariscadora se encontró delante de gruesos bloques de piedra que le cerraban el paso. En ese sitio la playa se estrechaba y concluía por desaparecer bajo grandes planchones de rocas basálticas, cortadas por profundas grietas. Cipriana salvó ágilmente el obstáculo, torció hacia la izquierda y se halló, de improviso, en una diminuta caleta abierta entre los altos paredones de una profunda quebrada.

La playa reaparecía allí otra vez, pero muy corta y angosta. La arena de oro pálido se extendía como un tapiz finísimo en derredor del sombrío semicírculo que limitaba la ensenada.

La primera diligencia de la madre fue buscar un sitio al abrigo de los rayos del sol donde colocar la criatura, lo que encontró bien pronto en la sombra que proyectaba un enorme peñasco cuyos flancos, húmedos aún, conservaban la huella indeleble del zarpazo de las olas.

Elegido el punto que le pareció más seco y distante de la orilla del agua, desprendió de los hombros el amplio rebozo y arregló con él un blando lecho al dormido pequeñuelo, acostándolo en aquel nido improvisado con amorosa solicitud para no despertarle.

Muy desarrollado para sus diez meses, el niño era blanco y rollizo, con grandes ojos velados en ese instante por sus párpados de rosa finos y transparentes.

La madre permaneció algunos minutos como en éxtasis devorando con la mirada aquel bello y gracioso semblante. Morena, de regular estatura, de negra y abundosa cabellera, la joven no tenía nada de hermoso. Sus facciones toscas, de líneas vulgares, carecían de atractivo. La boca grande, de labios gruesos, poseía una dentadura de campesina: blanca y recia, y los ojos pardos, un tanto humildes, eran pequeños, sin expresión. Pero cuando aquel rostro se volvía hacia la criatura, las líneas se suavizaban, las pupilas adquirían un brillo de intensidad apasionada y el conjunto resultaba agradable, dulce y simpático.

El sol, muy alto sobre el horizonte, inundaba de luz aquel rincón de belleza incomparable. Los flancos de la cortadura desaparecían bajo la enmarañada red de arbustos y plantas trepadoras. Dominando el leve zumbido de los insectos y el blando arrullo del oleaje entre las piedras, resonaba a intervalos, en la espesura, el melancólico grito del pitío.

La calma del océano, la inmovilidad del aire y la placidez del cielo tenían algo de la dulzura que se retrataba en la faz del pequeñuelo y resplandecía en las pupilas de la madre, subyugada a pesar suyo, por la magia irresistible de aquel cuadro.

Vuelta hacia la ribera, examinaba la pequeña playa delante de la cual se extendía una vasta plataforma de piedra que se internaba una cincuentena de metros dentro del mar. La superficie de la roca era lisa y bruñida, cortada por innumerables grietas tapizadas de musgos y diversas especies de plantas marinas.

Cipriana se descalzó los gruesos zapatos, suspendió en torno de la cintura la falda de percal descolorido, y cogiendo la cesta, atravesó la enjuta playa y avanzó por encima de las peñas húmedas y resbaladizas, inclinándose a cada instante para examinar las hendiduras que encontraba al paso. Toda clase de mariscos llenaban esos agujeros. La joven, con ayuda de un pequeño gancho de hierro, desprendía de la piedra los moluscos y los arrojaba en un canasto. De cuando en cuando, interrumpía la tarea y echaba una rápida mirada a la criatura que continuaba durmiendo sosegadamente.

El océano asemejábase a una vasta laguna de turquesa líquida. Aunque hacía ya tiempo que la hora de la baja mar había pasado, la marea subía con tanta lentitud que sólo un ojo ejercitado podía percibir cómo la parte visible de la roca disminuía insensiblemente. Las aguas se escurrían cada vez con más fuerza y en mayor volumen a lo largo de las cortaduras.

La mariscadora continuaba su faena sin apresurarse. El sitio le era familiar y, dada la hora, tenía tiempo de sobra para abandonar la plataforma antes que desapareciera bajo las olas.

El canasto se llenaba con rapidez. Entre las hojas transparentes del luche destacábanse los tonos grises de los caracoles, el blanco mate de las tacas y el verde viscoso de los chapes. Cipriana con el cuerpo inclinado, la cesta en una mano y el gancho en la otra, iba y venía con absoluta seguridad en aquel suelo escurridizo. El apretado corpiño dejaba ver el nacimiento del cuello redondo y moreno de la mariscadora, cuyos ojos escudriñaban con vivacidad las rendijas, descubriendo el marisco y arrancándolo de la áspera superficie de la piedra. De vez en cuando se enderezaba para recoger sobre la nuca las negrísimas crenchas de sus cabellos. Y su talle vasto y desgarbado de campesina destacábase entonces sobre las amplias caderas con líneas vigorosas, no exentas de gallardía y esbeltez. El cálido beso del sol coloreaba sus gruesas mejillas, y el aire oxigenado que aspiraba a plenos pulmones hacía bullir en su venas su sangre joven de moza robusta en la primavera de la vida.

El tiempo pasaba, la marea subía lentamente invadiendo poco a poco las partes bajas de la plataforma, cuando de pronto Cipriana, que iba de un lado para otro afanosa en su tarea, se detuvo y miró con atención dentro de una hendidura. Luego se enderezó y dio un paso hacia adelante; pero casi inmediatamente giró sobre sí misma y volvió a detenerse en el mismo sitio. Lo que cautivaba su atención, obligándola a volver atrás, era la concha de un caracol que yacía en el fondo de una pequeña abertura. Aunque diminuto, de forma extraña, parecía más grande visto a través del agua cristalina.

Cipriana se puso de rodillas e introdujo la diestra en el hueco, pero sin éxito, pues la rendija era demasiado estrecha y apenas tocó con la punta de los dedos el nacarado objeto. Aquel contacto no hizo sino avivar su deseo. Retiró la mano y tuvo otro segundo de vacilación, mas el recuerdo de su hijo le sugirió el pensamiento de que sería aquello un lindo juguete para el chico y no le costaría nada.

Y el tinte rosa pálido del caracol con sus tonos irisados tan hermosos destacábase tan suavemente en aquel estuche de verde y aterciopelado musgo que, haciendo una nueva tentativa, salvó el obstáculo y cogió la preciosa concha. Trató de retirar la mano y no pudo conseguirlo. En balde hizo vigorosos esfuerzos para zafarse. Todos resultaron inútiles; estaba cogida en una trampa. La conformación de la grieta y lo viscoso de sus bordes habían permitido con dificultad el deslizamiento del puño a través de la estrecha garganta que, ciñéndole ahora la muñeca como un brazalete, impedía salir a la mano endurecida por el trabajo.

En un principio Cipriana sólo experimentó una leve contrariedad que se fue transformando en una cólera sorda, a medida que transcurría el tiempo en infructuosos esfuerzos. Luego una angustia vaga, una inquietud creciente fue apoderándose de su ánimo. El corazón precipitó sus latidos y un sudor helado le humedeció las sienes. De pronto la sangre se paralizó en sus venas, la pupilas se agrandaron y un temblor nervioso sacudió sus miembros. Con ojos y rostro desencajados por el espanto, había visto delante de ella una línea blanca, movible, que avanzó un corto trecho sobre la playa y retrocedió luego con rapidez; era la espuma de una ola. Y la aterradora imagen de su hijo, arrastrado y envuelto en el flujo de la marea, se presentó clara y nítida a su imaginación. Lanzó un penetrante alarido, que devolvieron los ecos de la quebrada, resbaló sobre las aguas y se desvaneció mar adentro en la líquida inmensidad.

Arrodillada sobre la piedra se debatió algunos minutos furiosamente. Bajo la tensión de sus músculos sus articulaciones crujían y se dislocaban, sembrando con sus gritos el espanto en la población alada que buscada su alimento en las proximidades de la caleta; gaviotas, cuervos, golondrinas del mar, alzaron el vuelo y se alejaron presurosos bajo el radiante resplandor del sol.

El aspecto de la mujer era terrible: las ropas empapadas en sudor se habían pegado a la piel; la destrenzada cabellera le ocultaba en parte el rostro atrozmente desfigurado; las mejillas se habían hundido y los ojos despedían un fulgor extraordinario. Había cesado de gritar y miraba con fijeza el pequeño envoltorio que yacía en la playa, tratando de calcular lo que las olas tardarían en llegar hasta él. Esto no se hacía esperar mucho, pues la marea precipitaba ya su marcha ascendente y muy pronto la plataforma sobresalió algunos centímetros sobre las aguas.

El océano, hasta entonces tranquilo, empezaba a hinchar su torso, y espasmódicas sacudidas estremecían sus espaldas relucientes. Curvas ligeras, leves ondulaciones interrumpían por todas partes la azul y tersa superficie. Un oleaje suave, con acariciador y rítmico susurro, comenzó a azotar los flancos de la roca y a depositar en la arena albos copos de espuma que bajo los ardientes rayos del sol tomaban los tonos cambiantes del nácar y del arco iris.

En la escondida ensenada flotaba un ambiente de paz y serenidad absolutas. El aire tibio, impregnado de las acres emanaciones salinas, dejaba percibir a través de la quietud de sus ondas el leve chasquido del agua entre las rocas, el zumbido de los insectos y el grito lejano de los halcones de mar.

La joven, quebrantada por los terribles esfuerzos hechos para levantarse, giró en torno sus miradas imploradoras y no encontró ni en la tierra ni en las aguas un ser viviente que pudiera prestarle auxilio. En vano clamó a los suyos, a la autora de sus días, al padre de su hijo, que allá detrás de la dunas aguardaba su regreso en el rancho humilde y miserable. Ninguna voz contestó a la suya, y entonces dirigió su vista hacia lo alto y el amor maternal arrancó de su alma inculta y ruda, torturada por la angustia, frases y plegarias de elocuencia desgarradora:

-¡Dios mío, apiádate de mi hijo; sálvalo; socórrelo…! ¡Perdón para mi hijito, Señor! ¡Virgen Santa, defiéndelo…! ¡Toma mi vida; no se la quites a él! ¡Madre mía, permite que saque la mano para ponerlo más allá…! ¡Un momento, un ratito no más…! ¡Te juro volver otra vez aquí…! ¡Te juro volver aquí…! ¡Dejaré que las aguas me traguen; que mi cuerpo se haga pedazos en estas piedras; no me moveré y moriré bendiciéndote! ¡Virgen Santa, ataja la mar; sujeta las olas; no consientas que muera desesperada…! ¡Misericordia, Señor! ¡Piedad, Dios mío! ¡Óyeme, Virgen Santísima! ¡Escúchame, madre mía!

Arriba la celeste pupila continuaba inmóvil, sin una sombra, sin una contracción, diáfana e insondable como el espacio infinito. La primera ola que invadió la plataforma arrancó a la madre un último grito de loca desesperación. Después sólo brotaron de su garganta sonidos roncos, apagados, como estertores de moribundo.

La frialdad del agua devolvió a Cipriana sus energías, y la lucha para zafarse de la grieta comenzó otra vez más furiosa y desesperada que antes. Sus violentas sacudidas y el roce de la carne contra la piedra habían hinchado los músculos, y la argolla de granito que la aprisionaba pareció estrecharse en torno de la muñeca.

La masa líquida, subiendo incesantemente, concluyó por cubrir la plataforma. Sólo la parte superior del busto de la mujer arrodillada sobresalió por encima del agua. A partir de ese instante los progresos de la marea fueron tan rápidos que muy pronto el oleaje alcanzó muy cerca del sitio en que yacía la criatura. Transcurrieron aún algunos minutos y el momento inevitable al fin llegó. Una ola, alargando su elástica zarpa, rebalsó el punto donde dormía el pequeñuelo, quien, al sentir el frío contacto de aquel baño brusco, despertó, se retorció como un gusano y lanzó un penetrante chillido.

Para que nada faltase a su martirio, la joven no perdía un detalle de la escena. Al sentir aquel grito que desgarró las fibras más hondas de sus entrañas, una ráfaga de locura fulguró en sus extraviadas pupilas, y así como la alimaña cogida en el lazo corta con los dientes el miembro prisionero, con la hambrienta boca presta a morder se inclinó sobre la piedra; pero ese recurso le estaba vedado; el agua que la cubría hasta el pecho obligábala a mantener la cabeza en alto.

En la playa las olas iban y venían alegres, retozonas, envolviendo en sus pliegues juguetonamente al rapazuelo. Habíanle despojado de los burdos pañales, y el cuerpecillo regordete, sin más traje que la blanca camisilla, rodaba entre la espuma agitando desesperadamente las piernas y brazos diminutos. Su tersa y delicada piel, herida por los rayos del sol, relucía, abrillantada por el choque del agua y el roce áspero e interminable sobre la arena.

Cipriana con el cuello estirado, los ojos fuera de las órbitas, miraba aquello estremecida por una suprema convulsión. Y en el paroxismo del dolor, su razón estalló de pronto. Todo desapareció ante su vista. La luz de su espíritu azotada por una racha formidable se extinguió y mientras la energía y el vigor aniquilados en un instante cesaban de sostener el cuerpo en aquella postura, la cabeza se hundió en el agua, un leve remolino agitó las ondas y algunas burbujas aparecieron en la superficie tranquila de la pleamar.

Juguete de las olas, el niño lanzaba en la ribera vagidos cada vez más tardos y más débiles que el océano, como una nodriza cariñosa, se esforzaba en acallar, redoblando sus abrazos, modulando sus más dulces canciones, poniéndolo ya boca abajo o boca arriba, y trasladándolo de un lado para otro, siempre solícito e infatigable.

Por último los lloros cesaron: el pequeñuelo había vuelto a dormirse y aunque su carita estaba amoratada, los ojos y la boca llenos de arena, su sueño era apacible; pero tan profundo que, cuando la marejada lo arrastró mar adentro y lo depositó en el fondo, no se despertó ya más.

Y mientras el cielo azul extendía su cóncavo dosel sobre la tierra y sobre las aguas, tálamos donde la muerte y la vida se enlazan perpetuamente, el infinito dolor de la madre que, dividido entre las almas, hubiera puesto taciturnos a todos los hombres, no empañó con la más leve sombra la divina armonía de aquel cuadro palpitante de vida, de dulzura, de paz y amor.

FIN

Se Piensa en Paine: Dime a qué juegas y te diré quién eres.

Como un adelantado a su época podríamos calificar a Guillermo Sepúlveda, el sociólogo que los primeros días de mayo nos brindó una interesantísima charla acerca del rol del juego en la vida del hombre y de la forma en que se llegó al video juego. Junto con describir ordenadamente el camino que estos han recorrido, propuso novedosas proyecciones acerca de su influencia en nuestra vida cotidiana y la forma en que nos orientaremos a ver la vida de un nuevo modo.
Se dio inicio así al ciclo de charlas multitemáticas “Se Piensa en Paine”, con el cual la Corporación Cultural Nuevo Horizonte espera ofrecer un amplio panorama de análisis de nuestra realidad.

Puede ver la conferencia completa a continuación:

El interés que despertó la charla, nos llevó a profundizar en el tema, producto de lo que podemos ofrecer la siguiente entrevista al sociólogo Guillermo Sepúlveda.

Concierto Dominical en Paine: Un novedoso repertorio en mayo

Un novedoso repertorio fue el que se escuchó hoy en el Concierto Dominical del mes de mayo.
En la primera parte, la Camerata San Sebastián (La Florida, Santiago) presentó músicas de películas y en las obras que siguieron destacó el “Andante para cuerdas”, de Rodolfo Leng, un bello estreno para Paine.

Camerata San Sebastián


En la segunda parte, el Ensamble Lagar permitió que por primera vez en Paine se escucharán tres de las principales obras de Antonio Vivaldi y Johann Sebastian Bach, destacando entre ellas el Stabat Mater (“Estaba de pie la Madre”, en latín), de Vivaldi.

Ensamble Lagar, de la Fundación Musical Lagar

Gonzalo Mora (Guitarra), Sophie Dehley (Canto) y Dante Sasmay (Piano) fueron los solistas en estas últimas obras.

Antes de dar inicio al concierto, Tania González, profesora, vecina de Paine, donó una flauta traversa a la Corporación Cultural Nuevo Horizonte. El instrumento fue asignado a Anabella Avila, músico de la Orquesta Juvenil Nuevo Horizonte.

Anabella Avila recibe la donación de Tania González, profesora, vecina de Paine.

Agradecemos la colaboración de los músicos, el equipo de apoyo del Teatro de Paine, transportistas, así como el público invitado, quienes contribuyeron a que este Concierto Dominical resultara un placer para quienes asistieron.

Ópera “Suor Angelica”, de Giacomo Puccini, en Iglesia de Los Sacramentinos

Suor Angelica está ambientada en Italia durante la segunda mitad del siglo XVII y trata sobre la vida de una mujer noble que tras ser madre termina recluida en un convento de monjas cercano a Siena. Allí lleva una vida de penitencia en la búsqueda de la redención y también de noticias acerca del destino de su amado hijo. La obra fue montada en la cripta de la iglesia de Los Sacramentinos, en Santiago, bajo la dirección del buinense Nicolás González, quien estuvo a cargo de ocho músicos y catorce actores-cantantes.

Los primeros días de mayo asistimos ayer a la presentación de la ópera “Suor Angelica”, de Giacomo Puccini. La obra fue montada en la cripta de la iglesia de Los Sacramentinos, en Santiago, bajo la dirección del buinense Nicolás González, quien estuvo a cargo de ocho músicos y catorce actores-cantantes.
Bellísima obra y un profesional montaje.

Así como se sale de una sala con un sentimiento de frustración cuando no se cumplen las expectativas que se tenían de la obra, lo mismo ocurre cuando la situación es la contraria, o sea, cuando la obra resulta ser muy superior a la idea con que uno entró a la sala. Pienso que este es el caso y me parece necesario comentarlo por el significado que puede tener para el desarrollo de las artes en nuestro país.

A través de la prensa (que probablemente se basó en algún comunicado entregado por el equipo de producción de la obra) nos enteramos de que se trataba de “ópera corta”, una “puesta en escena sencilla, pensada en un público transversal y familiar”, de un “proyecto” (una cosa que se piensa hacer), “a cargo de profesionales emergentes” y, como un valor, que se trataba de un elenco “compuesto exclusivamente por mujeres”.

 

Estas características, presentadas probablemente a causa de un ánimo de modestia, formaron expectativas que no se cumplieron. Veamos por qué.

El que sea una ópera corta no depende de este montaje y ningún director podrá hacer algo para cambiarlo. La obra fue creada así por Puccini, entre otros motivos, porque forma parte de una trilogía.

Decir que se trata de una “puesta en escena sencilla” podría tener relevancia si se quiere señalar que el montaje no cuenta con una orquesta sinfónica ni coros, cosa que convendría decirla con esas palabras, especialmente porque, al estar ambientada en un convento de monjas, de poco servirían otras sofisticaciones, como un vestuario exuberante o un decorado imponente. La sencillez en este caso, es parte integrante de la obra.

Hablar de un público “transversal” o “familiar” siempre me ha parecido un desprecio a las capacidades y necesidades de todo el mundo para apreciar y disfrutar de una obra, como si hubiera cierto público que solo puede apreciar obras sencillas. Esas definiciones podrán tenerse en cuenta a puertas cerradas, mientras se definen las características de la forma en que se montará un trabajo, porque ciertamente se deben tener en cuenta las motivaciones del público al que se ofrecerá, pero creo que decirlo públicamente no corresponde.


Hablar de un “proyecto” estará bien cuando se trata de un trabajo que no está del todo completado o que tiene algo de experimental o del que se desconoce el resultado. Ninguna de estas situaciones se dio en esta presentación. Por el contrario, se trató de una obra completa, bien pensada, bien ejecutada y perfectamente reproducible en cualquier momento o lugar.

No vi tampoco “profesionales emergentes”. Por el contrario, los participantes son músicos y cantantes que ocupan diariamente puestos de bastante relevancia en orquestas y cuerpos de canto nacionales, partiendo por el director González, quien hizo una muy buena carrera en nuestro país y la ha continuado en forma destacada en Argentina y Brasil. Basta con ver el alto nivel con que se interpretó el aria “Senza mamma” para concluir que de “emergente” no había nada.

Finalmente, por tratarse de una historia que transcurre en un convento, donde residen monjas, no parece necesario destacar que el elenco está compuesto por mujeres.

“Suor Angelica” está ambientada en Italia durante la segunda mitad del siglo XVII y trata sobre la vida de una mujer noble que tras ser madre termina recluida en un convento de monjas cercano a Siena. Allí lleva una vida de penitencia en la búsqueda de la redención y también de noticias acerca del destino de su amado hijo.

El rol protagónico de “Suor Angelica” estuvo a cargo de la soprano Sonia Vásquez, con un cuidado desempeño, tanto en su línea vocal como en el manejo dramático del personaje. Algo parecido apreciamos en el resto del elenco. El vestuario fue bien logrado. La acústica y ambientación que ofreció la cripta de la emblemática iglesia resultaron perfectas. La comprobación de todo lo dicho fue el nutrido aplauso que el numeroso público asistente brindó a los artistas (incluyendo los destemplados rechiflidos).

Volviendo a lo planteado antes. Es importante no perder las proporciones y presentar el trabajo artístico nacional con una visión ajustada a sus valores, de lo contrario, difícilmente el público se sentirá atraído a la cartelera. La observación parece relevante ante el creciente aumento de producciones que hemos visto florecer en el país durante la última década, muchas de ellas a cargo de talentosos jóvenes artistas.

Rodolfo Silva.
CCNH Paine.

Concierto Dominical en Paine: En abril se dio inicio a la cuarta temporada anual.

Muy bien resultó la primera cita del año del Concierto Dominical en Paine.
La música joven fue su sello, con una orquesta juvenil, la de Recoleta, que mostró porqué es considerada una agrupación con trayectoria, abordando un repertorio que incluyó música de películas y una delicada suite que rinde homenaje a Violeta Parra.


En la segunda parte, dos jóvenes profesionales de la guitarra, el Dúo Scordatura, Ignacio González y Vicente Moreno, mostraron una solidez que superó las expectativas, con una presentación artística completa, entendiendo como tal desde la apariencia hasta la actitud frente a cada obra interpretada y el devenir del público y la sala. Su repertorio: fresco y novedoso, con un punto altísimo como fue el estreno nacional de la obra “Watermusic”, presentada en 1990 por su autor, el prestigioso compositor y guitarrista italiano Carlo Domeniconi. Pensamos que este estreno será recordado algún día como un hito en la interpretación de la guitarra en nuestro país.


Con satisfacción y optimismo comenzamos entonces la cuarta temporada del principal ciclo de conciertos de música docta de la provincia del Maipo.

Un cuento para un nuevo día: El malabarista de Nuestra Señora, Por Anatole France

En tiempos del rey Luis vivía en Francia un pobre malabarista, oriundo de Compiégne, llamado Bernabé, que iba de ciudad en ciudad mostrando su fuerza y su destreza.

En los días soleados desenrollaba una vieja y raída alfombra en la plaza pública, y repitiendo el jovial discurso que había aprendido de un viejo malabarista, y que nunca variaba en lo absoluto, reunía a niños y curiosos, adoptaba posiciones extraordinarias y se colocaba en equilibrio un plato de hojalata en la punta de la nariz. Al principio la multitud fingía indiferencia.

Pero cuando se apoyaba en las manos, la cara hacia abajo, arrojaba al aire seis pelotas de cobre que titilaban al sol, y las atajaba con los pies; o cuando se arrojaba hacia atrás hasta juntar los talones con la nuca, dando a su cuerpo la forma de una rueda perfecta, y en esta postura hacía juegos malabares con una docena de cuchillos, los espectadores murmuraban de admiración, y las monedas llovían sobre la alfombra.

No obstante, como la mayoría de quienes viven de su ingenio, Bernabé tenía grandes problemas para ganarse la vida, pues las penalidades parecían haberse convertido en compañeras inseparables.

La luz del día y el calor del sol eran esenciales para poder representar sus brillantes actos, y siendo el tiempo tan variable no podía trabajar con tanta constancia como hubiera querido. En invierno él no era más que un árbol despojado de sus hojas, como si estuviera muerto. El terreno escarchado era duro para el malabarista, pues dificultaba enormemente su traslado de un lugar a otro, de modo que la temporada inclemente le hacía padecer frío y hambre. Pero, siendo de naturaleza sencilla, sobrellevaba sus males con paciencia.

Nunca había meditado sobre el origen de la riqueza, ni sobre la desigualdad de la condición humana. Creía firmemente qué si su vida era difícil, sus años futuros equilibrarían las cosas, y esta esperanza lo sostenía. No era como esos sujetos inescrupulosos que venden el alma al diablo. Nunca blasfemaba con el nombre de Dios; vivía virtuosamente, y aunque no tenía mujer propia, no codiciaba la mujer del prójimo. En verdad, su naturaleza no era muy propensa a los placeres carnales, y para él era mayor privación renunciar a la copa que a la doncella que la llevaba, pues aunque no carecía de sobriedad, le gustaba beber cuando llegaba el tiempo cálido. Era un hombre digno y temeroso de Dios, y era muy devoto de la Santa Virgen.

Al entrar en la iglesia, siempre se arrodillaba ante la imagen de la Madre de Dios, y le ofrecía esta plegaria: “Señora bendita, cuida de mi vida hasta que a Dios le complazca que yo muera, y cuando esté muerto, asegúrame la posesión de las alegrías del paraíso”.

Una noche, después de un día lluvioso y sombrío, mientras el triste y encorvado Bernabé seguía su camino, llevando bajo el brazo sus pelotas y cuchillos envueltos en la vieja alfombra, buscando un cobertizo donde pudiera dormir, aunque no pudiera comer, vio a un monje que iba en la misma dirección y lo saludó en forma amable. Y como caminaban a la misma velocidad, se pusieron a conversar.

–Compañero de viaje –dijo el monje–, ¿por qué estás todo vestido de verde?¿será para hacer el papel de bufón en alguna representación religiosa?

–En absoluto, padre –repuso el otro–. Me llamo Bernabé, y soy malabarista de vocación. No podría haber vocación más agradable en el mundo, si siempre uno se ganara el pan cotidiano.

–Amigo Bernabé –respondió el monje–, ten cuidado con lo que dices. No hay ocupación más agradable que la vida monástica. Los que se dedican a ella se ocupan de alabar a Dios, a la Santa Virgen y a los santos, y la vida religiosa es un himno incesante al Señor.

–Buen padre –dijo Bernabé–, sé que hablé como un hombre ignorante. Tu ocupación no puede compararse con la mía, y aunque puede haber cierto mérito en bailar con una moneda haciendo equilibrio sobre una vara en la punta de la nariz, no es mérito que pueda compararse con el tuyo. Con gusto, buen padre, yo cantaría mi oficio día a día, especialmente el oficio de la Santísima Virgen, a quien he jurado singular devoción. Con tal de abrazar la vida monástica, abandonaría con gusto el arte por el cual soy célebre en más de seiscientos pueblos y aldeas, desde Soissons hasta Beauvais.

El monje quedó conmovido por la sencillez del malabarista, y como no carecía de discernimiento, reconoció en Bernabé a uno de esos hombres de quienes se dice en las Escrituras: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Y por ello respondió:

–Amigo Bernabé, ven conmigo y haré que te admitan en el monasterio donde soy prior. El que guió a Santa María de Egipto por el desierto me puso en tu camino para guiarte por la senda de la salvación.

Y así fue como Bernabé se metió a monje. En el monasterio donde lo recibieron, los religiosos competían por la adoración de la Virgen María, y en honor de ella empleaban todos los conocimientos y destrezas que Dios les había dado.

Por su parte, el prior escribía libros que versaban, siguiendo las normas de la escolástica, sobre las virtudes de la Madre de Dios.

El hermano Mauricio, con mano diestra, copiaba estos tratados en hojas de pergamino. El hermano Alejandro adornaba las hojas con delicadas pinturas en miniatura. Allí aparecía la Reina del Cielo sentada en el trono de Salomón, y cuatro leones yacían a sus pies. Y en torno del nimbo que le aureolaba la cabeza revoloteaban siete palomas, que son los siete dones del Espíritu Santo, los dones del Temor de Dios, la Piedad, el Conocimiento, la Fortaleza, el Consejo, la Comprensión y la Sabiduría. La acompañaban seis vírgenes de cabello dorado, a saber, Humildad, Prudencia, Reclusión, Sumisión, Castidad y Obediencia. A sus pies había dos figuras desnudas y blancas en actitud de súplica. Eran almas que imploraban su todopoderosa intercesión, y podemos estar seguros de que no imploraban en vano.

En una página enfrentada, el hermano Alejandro representó a Eva, de modo que al mismo tiempo uno veía la Caída y la Redención: Eva, la Esposa degradada, y María, la Virgen exaltada. Más aún, para maravilla del observador, este libro contenía representaciones del Pozo de Aguas Vivas: la Fuente, el Lirio, la Luna, el Sol y el Jardín de que nos habla el Cantar de los Cantares, la puerta del Cielo y la Ciudad de Dios, y todas estas cosas eran símbolo de la Santa Virgen.

De igual manera, el hermano Marbode era uno de los más afectuosos hijos de María. Pasaba todos sus días tallando imágenes en piedra, de modo que tenía la barba, las cejas y el cabello blancos de polvo, y los ojos continuamente hinchados y llorosos, pero su fuerza y su jovialidad no menguaban, aunque ya tenía muchos años. Era evidente que la reina del Paraíso aún cuidaba de su sirviente en su vejez. Marbode la representaba sentada en su trono, la frente ceñida por una aureola esférica incrustada de perlas. Y cuidaba de que sus pliegues del vestido le cubrieran los pies, pues el profeta declaraba: Mi amada es como un jardín amurallado. A veces también la pintaba semejante a una niña llena de gracia, como si dijera: “Tú eres mi Dios, aun desde el vientre de mi madre”.

En el priorato también había poetas que componían himnos en latín, tanto en prosa como en verso, en honor de la Virgen María, y entre ellos había un hermano de Picardía que cantaba los milagros de Nuestra Señora en versos rimados y en lengua vulgar.

Siendo testigo de estas fervientes alabanzas y de la gloriosa cosecha de estas labores, Bernabé lamentaba su ignorancia y rusticidad. “Ay” suspiraba, mientras emprendía su paseo solitario por el desnudo jardín del monasterio, “desdichado de mí, que soy incapaz, como mis hermanos, de alabar a la Santa Madre de Dios, a quien he jurado todo el afecto de mi corazón. Ay, soy sólo un hombre tosco que desconoce las artes, y no puede ofrecerte, bendita Señora, sermones edificantes, ni tratados ordenados según las normas, ni ingeniosas pinturas, ni estatuas esculpidas con verosimilitud, ni versos cuyo ritmo se compare al andar de los pies. ¡No poseo, ay, ningún talento!”.

Así se lamentaba y se entregaba a la pena. Pero una noche, cuando los monjes pasaban su hora de libertad en conversación, oyó que uno de ellos contaba la historia de un religioso que sólo sabía repetir el Ave María. Ese pobre hombre era despreciado por su ignorancia, pero después de su muerte salieron de su boca cinco rosas en honor de las cinco letras del nombre María, y así fue manifiesta su santidad.

Mientras escuchaba esta historia, Bernabé se maravilló una vez más de la bondad de la Virgen, pero la lección de esa muerte bendita no bastó para consolarlo, pues su corazón rebosaba de fervor y ansiaba celebrar la gloria de Nuestra Señora que está en los cielos.

No hallaba la manera de lograrlo, y cada día estaba más abatido, hasta que una mañana se despertó lleno de alegría, fue a la capilla y permaneció solo allí por más de una hora. Después de la cena regresó nuevamente a la capilla.

Y, a partir de ese momento, iba diariamente a la capilla, en las horas en que estaba desierta, y pasaba allí gran parte del tiempo que los otros monjes consagraban a las artes liberales y mecánicas. Su tristeza se disipó y dejó de lamentarse. Pero esa extraña conducta despertó la curiosidad de los monjes.

Comenzaron a preguntarse con qué propósito el hermano Bernabé se retiraba tan frecuentemente. El prior, cuyo deber es no permitir que nada se le escape en la conducta de sus hijos, resolvió vigilar a Bernabé cuando se iba a la capilla. Y un día, pues, cuando estaba encerrado allí según su costumbre, el prior, acompañado por dos monjes ancianos, fue a espiar a través de las hendijas de la puerta lo que sucedía dentro de la capilla.

Vieron a Bernabé ante el altar de la Santa Virgen, cabeza abajo, los pies en el aire, haciendo malabares con seis pelotas de cobre y doce cuchillos. En honor de la santa Madre de Dios realizaba esos actos, que antes le habían ganado renombre. Sin comprender que ese sencillo sujeto ponía así sus conocimientos y habilidades al servicio de la Santa Virgen, los dos monjes más viejos protestaron contra el sacrilegio.

El prior sabía que el alma de Bernabé era pura, pero llegó a la conclusión de que era presa de la locura. Los tres se disponían a sacarlo de la capilla cuando vieron que la Virgen María bajaba la escalinata del altar y avanzaba para enjuagar con un pliegue de su túnica azul el sudor que bañaba la frente del malabarista.

Y el prior, cayendo de bruces en el suelo, pronunció estas palabras:

–Benditos sean los simples de corazón, pues ellos verán a Dios.

–Amén –respondieron los viejos monjes, y besaron el suelo.

(1892). Le juglar de Notre Dame, Francia

Anatole François Thibault (16 de abril de 1844, París – 12 de octubre de 1924, Saint-Cyr-sur-Loire), conocido como Anatole France, fue un escritor francés. En 1921 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura.

“Dime a qué juegas y te diré quién eres” inaugurará “Se Piensa en Paine” 2019

La Corporación Cultural Nuevo Horizonte da inicio a la segunda temporada de conferencias “SE PIENSA EN PAINE” con la presentación de destacados expositores que tratarán diversos temas de interés para la comunidad painina, pensando siempre en que sean un estímulo para la reflexión y la ampliación de los conocimientos.

Las conferencias tendrán lugar todos los primeros martes de cada mes a las 19.30 hrs en el Centro Cultural de Paine.

La primera conferencia será el martes 7 de mayo y versará sobre una sociología de los videojuegos: “DIME A QUÉ JUEGAS Y TE DIRÉ QUIEN ERES”. A través de ciertos elementos para una comprensión sociológica de los videojuegos, el sociólogo magister GUILLERMO SEPULVEDA nos mostrará como los videojuegos han ido influyendo en la vida de las personas, modelando en buena medida la cultura y la sociedad en la que vivimos; y podremos atisbar lo que se ve venir hacia delante.

Guillermo Sepúlveda
Magíster en Gestión de Personas en Organizaciones de la Universidad Alberto Hurtado y Sociólogo de la Universidad de Concepción. Se ha desempeñado como Docente en el Instituto Profesional Arcos (2014-2017) y en el Instituto Valle Central (2016). Además, es Investigador independiente de videojuegos y Analista de clientes de una empresa que desarrolla Gamification. Actualmente es gestor de redes de pensamiento en torno a los videojuegos, fundador del Ciclo de Conversaciones en torno a los videojuegos “El último Arte”, estando ad portas de la publicación de su tercera obra, relacionada especialmente con el poder transformador de los videojuegos y el futuro del fenómeno ciber-cultural que ha venido a denominar Trans-gamification. Ha escrito de diversas temáticas que van desde lo patrimonial Arquitectura de la Memoria (2010), sobre autores del Centenario Nicolás Palacios: pasión y doctrina (2012) y de ciencias políticas, Incorrectus: Análisis y crítica del discurso postmoderno (2016).

Ensamble Bartok – Conferencia y concierto con obras de compositores emigrados a Chile

Quienes no somos músicos, pero sí melómanos, inevitablemente pasamos por un momento de insatisfacción cuando nos preguntamos por la creación musical chilena. (Pienso principalmente desde la posición de los jóvenes que comienzan a interesarse en la música y en aquellos que lo harán en los próximos años). Llegamos a pensar que nuestro país no alcanzó a contar con músicos universales; no tuvimos un Mozart o un Chopin chileno (y parece que, a estas alturas, tampoco tendremos uno). Escuchamos a  Soro, Allende, Orrego Salas, pero la cantidad de obras nos parece insuficiente. ¿En qué ocuparon su tiempo nuestros músicos durante el siglo XX? La pregunta queda en el aire mientras nos volvemos al barroco o al romanticismo, donde hay una cantidad de obras suficientes para pasarnos la vida deleitándonos. Así lo hacemos, deteniéndonos en la línea del tiempo cuando llegamos a Debussy o Stravinsky. Sabemos que con ellos la música cambió, que allí hay una frontera. No encontramos, sin embargo, quien nos de explicaciones, alguien que nos impulse a saber qué pasó después de esos dos inmensos autores. Preguntarse por Schoenberg se convierte, claro está, en un cuestionamiento de especialistas. Finalmente nos conformamos con una explicación bastante razonable: después de Debussy surgió la música contemporánea, una música “rara”, un tipo de música cuya tradición está en formación y que es rehuida incluso por algunos músicos de profesión. ¡Habrá que esperar a que sea una tradición asentada para escucharla!, pareciera ser la respuesta final. Y volvemos al barroco y al romanticismo.

En esto pensaba la tarde del viernes, momentos antes de que comenzara la “Conferencia y concierto con obras de compositores emigrados a Chile”, presentada por la Academia Chilena de Bellas Artes en el Salón de Honor del Instituto de Chile. A cargo de la incansable Valene Georges, el Ensamble Bartok interpretó una muestra del trabajo realizado por los creadores musicales del siglo XX. ¡En esta maravilla han estado trabajando nuestro músicos!, me digo con satisfacción.

Valene Georges

Durante más de una hora el Ensamble Bartok interpretó con maestría el siguiente programa:

Describir las emociones que esa música provoca es inútil e insuficiente: hay que escucharla en directo. Baste con decir que, al igual que la música “clásica”, esta tiene sus propios medios de persuasión, su propio lenguaje, directo, irresistible, libre, con otras formas de intensificación de la expresión musical, encaminado, apostemos, a una indiscutible universalidad. Requiere, eso sí, un espíritu de apertura hacia lo nuevo, hacia lo moderno, hacia lo que significará un cambio. En consecuencia, solo se puede recurrir a la que debiera ser una misión de todos: llevar esa música a los más jóvenes, incluirla en la llamada “formación de audiencias”, contribuir con determinación al florecimiento  de una tradición, para extenderla y llevarla a todo aquel que se interese en la música. Adquiere, entonces, mucho sentido la recomendación que hace algunos años nos hiciera del maestro Miguel Letelier: “Las orquestas juveniles debieran conocer la música contemporánea, porque esa será la música que escucharán en pocas décadas más”.

Algunos breves comentarios que surgieron durante la presentación:

Destacadísimo el trabajo del Ensamble Bartok, que por más de treinta y cinco años ha combinado composición, poesía e interpretación con excelencia, lo que lo convierte sin duda en la agrupación más importante de Latinoamérica en su género, si no en el mundo.

¿Qué sería de la música chilena si no hubiera personalidades como Valene Georges que, espada en mano, abren los caminos de la música con tenacidad, liderando una agrupación que es un punto de referencia para los músicos más jóvenes?

Fue sorprendente, por lo poco común, reconocer entre el público asistente a destacadísimos maestros, como Fernando García, Cecilia Cordero, Luis Merino y el violoncellista Eduardo Salgado, ex integrante del Ensamble Bartok.

Dejamos a continuación algunas imágenes de la cita, así como un breve video publicado por la Academia Chilena de Bellas Artes.

Rodolfo Silva
CCNH Paine
Paine, enero de 2019