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Celebrar la Hispanidad

12 de octubre, Día de la Hispanidad y de Nuestra Señora del Pilar

 Chile, fértil provincia, y señalada
En la región Antártica famosa,
De remotas naciones respetada
Por fuerte, principal y poderosa;
La gente que produce es tan granada,
Tan soberbia, gallarda y belicosa,
Que no ha sido por rey jamás regida
Ni a extranjero dominio sometida.
-Alonso de Ercilla, La Araucana, Canto I

Con estos versos, escritos por un soldado que combatió en nuestra tierra, Chile entró a la lengua castellana y a la literatura universal. Antes de que existiera la República, ya tenía nombre y voz en el idioma que hoy hablamos. Este día invita a preguntarnos cómo nos llamamos a nosotros mismos y a qué comunidad de pueblos pertenecemos.

Hispanidad, no «Latinoamérica»
La hispanidad es la unidad cultural que nos identifica colectivamente con las naciones que formaron parte de la Monarquía Hispánica. Su fundamento es histórico y compartido: una lengua, una tradición religiosa, un modo de fundar ciudades y de organizar la vida en común. El término «Latinoamérica», en cambio, es una denominación posterior y de origen ajeno, que agrupa bajo una misma etiqueta realidades distintas y que desdibuja el vínculo histórico concreto que nos une con España y con las demás naciones hispanoamericanas.

Ser parte de la hispanidad no significa uniformidad. Dentro de la Monarquía Hispánica, cada territorio desarrolló rasgos propios según su geografía y, sobre todo, según su encuentro con los pueblos indígenas que lo habitaban. Del mestizaje entre lo hispánico y lo indígena nacieron las culturas de Hispanoamérica, diversas entre sí, pero unidas por el castellano y por la tradición católica.

Chile nace como reino
Nuestra identidad política tiene una raíz precisa. Pedro de Valdivia fundó Santiago en 1541 y organizó la gobernación que daría forma al Reino de Chile. El nombre «Chile» ya circulaba antes de su llegada, pero fue la empresa de Valdivia la que convirtió un conjunto de territorios y poblados indígenas en una unidad política única, con cabildos, tribunales y autoridades propias. Esa unidad se prolongó por casi tres siglos.

Por eso nuestra república no surgió de la nada: la forma de organización política del Reino de Chile estaba ya madura cuando, a comienzos del siglo XIX, llegó el momento de la independencia.

Lo que la hispanidad aportó
El primer aporte fue la lengua. El castellano dio a pueblos de idiomas muy diversos un instrumento común para entenderse, legislar, enseñar y crear literatura.

El segundo fue la escritura alfabética. Los pueblos indígenas de nuestro territorio no conocían la escritura, y en otras regiones de América existían sistemas jeroglíficos o simbólicos, de enorme valor, pero distintos de un alfabeto que permitiera registrar cualquier idioma. La imprenta y la escritura alfabética abrieron paso a la ley escrita, la crónica, la gramática y el archivo.

El tercero fue la rueda y, con ella, otra forma de organizar el espacio. Entre los pueblos andinos el movimiento se hacía a pie o con animales de carga, siguiendo rutas de cordillera. Con la rueda y el carro hubo que abrir caminos por los valles, y las ciudades se fundaron donde esos caminos y el agua lo permitían. La traza en damero de nuestras ciudades, con su plaza central, su iglesia y su cabildo, es herencia directa de ese modo de fundar. El cuarto fue la religión católica, que dio a la sociedad un horizonte moral común, una red de parroquias, escuelas y hospitales, y un calendario de fiestas que seguimos celebrando

Estatua ecuestre en el paseo de la Castellana de Madrid

Una huella que llega hasta donde no gobernó la Corona
La influencia hispánica es visible incluso en la Araucanía, donde la autoridad española y criolla nunca logró imponerse. Si observamos la vida mapuche actual, encontramos el trigo, que llegó desde España; el cordero, presente incluso en rituales de sacrificio; la textilería en lana de oveja, que desplazó a las fibras de camélidos que se usaban antes; y la platería, que se desarrolló en buena medida a partir del contacto con los pueblos andinos y los españoles durante la época colonial. El caballo transformó además su modo de vida y de guerra. Es la prueba de que la hispanidad no se limitó a los territorios donde gobernó: sus plantas, animales, técnicas y palabras se difundieron por toda la tierra.

Chile en las letras castellanas
Aunque lejano y pobre, Chile estuvo presente en la lengua castellana desde el comienzo, gracias a La Araucana. Su importancia no es menor: Cervantes la menciona en el capítulo VI de la primera parte del Quijote, en el célebre escrutinio de la biblioteca de don Quijote, donde el cura y el barbero deciden qué libros se salvan de la hoguera. Allí se lee:

—Aquí vienen —dijo el barbero— tres todos juntos: La Araucana, de don Alonso de Ercilla; La Austríada, de don Juan Rufo, jurado de Córdoba, y El Monserrate, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano.
—Todos estos tres libros —dijo el cura— son los mejores que en verso heroico en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia; guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, I, cap. VI

Que una obra sobre Chile figure entre las «más ricas prendas de poesía» de España dice mucho de la dignidad con que nuestro territorio entró en la cultura hispánica.

De un imperio a muchas naciones
La unidad política de la Monarquía Hispánica se quebró con la invasión napoleónica de la península en 1808. La ausencia del rey abrió una crisis de legitimidad, surgieron juntas de gobierno a ambos lados del Atlántico y, con el tiempo, nacieron distintos Estados: los de Hispanoamérica, por una parte, y la monarquía española, por otra. Se rompió la unidad política, pero no la cultural: seguimos compartiendo lengua, fe, derecho, costumbres y memoria.

Orgullo por nuestro idioma
Hoy, además, es el día de Nuestra Señora del Pilar, y es oportuno reivindicar el castellano. Es una lengua de gran riqueza morfológica y expresiva, con un sistema verbal y una sintaxis de enorme matiz. Su tradición gramatical es notablemente antigua: la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija, publicada en Salamanca en 1492, fue la primera gramática de una lengua romance moderna. Para comparar, la primera gramática impresa del inglés, el Pamphlet for Grammar de William Bullokar, apareció recién en 1586, casi un siglo después. Que tantas denominaciones comerciales y de uso cotidiano se hayan rendido a palabras inglesas, existiendo equivalentes castellanos perfectamente claros, es un descuido que bien podemos corregir.

Tumba de Colón en la catedral de Sevilla

Conclusión: una herencia que defender
La hispanidad es nuestro marco de identidad colectiva, y hoy enfrenta el riesgo de ser desplazada por visiones que niegan nuestras instituciones, desconocen el mestizaje que nos formó o reducen nuestra identidad cultural a una sola de sus raíces. Frente a las tesis indigenistas, que ven en la hispanidad solo una ruptura, cabe recordar que fue ella la que preservó. Fueron cronistas, misioneros y gramáticos hispánicos quienes registraron las lenguas vernáculas y las costumbres de los pueblos indígenas, como los cronistas de Indias y obras como el Arte y gramática general de la lengua que corre en todo Chile, del jesuita Luis de Valdivia (1606). Gran parte de lo que hoy sabemos de esos pueblos y de sus idiomas lo debemos a esa obra.

Celebrar la hispanidad es reconocer de dónde venimos: un reino fundado hace casi cinco siglos, una lengua que nos hermana con más de veinte naciones y un mestizaje que es el rostro mismo de Chile. Como escribió Ercilla, somos gente «tan soberbia, gallarda y belicosa» que defiende lo suyo; defendamos también esta herencia común.
-Por la razón o la fuerza.-


Héctor Ignacio Dalunas Pinto
La Reina, 12 de octubre de 2026

Pepe Donoso, documental dirigido por Carlos Flores Delpino

José Donoso, fue un escritor chileno que formó parte del llamado «boom latinoamericano» de las décadas de 1960 y de 1970. Recibió varios galardones, entre ellos el Premio Nacional de Literatura en 1990.
En 1976 el cineasta Carlos Flores Delpino dirigió un valioso documental dedicado a José Donoso. Lo tituló «Pepe Donoso».

Equipo de filmación del documental «Pepe Donoso»

Reproducimos aquí ese documental por una triple motivación: destacar la figura de uno de los escritores latinoamericanos más importantes del siglo XX, relevar el trabajo cinematográfico de Carlos Flores Delpino y difundir el acto escritural, aquello que puede motivar el impulso literario presente en todos nosotros.

Luego de ver el documental en España, donde en ese tiempo residía, Donoso escribió a Flores Delpino:
“Te escribo un poco tarde, pero te escribo. Vi la película. Hasta ahora tres veces. Y creo que tengo muchas cosas que decirte. En general me gusta mucho, y creo que ha resultado, en muchos aspectos, harto mejor de lo que yo esperaba….

Quizás lo más débil sean mis intervenciones; son siempre sentimentales (necesariamente dadas las circunstancias); pero quizá no lo hubieran sido tanto si hubiéramos ironizado un poquito presentando otros aspectos de mi personalidad, ya que en la película aparezco como un rebelde sentimental sin rebeldía real y con ribetes de bohemio. Estas cosas aisladas nunca fui; lo que fui fue un niño bien fracasado a quien este fracaso le dio amargura y mala leche”.

RESEÑA
En la casa natal del escritor José Donoso conversa su sobrina (Claudia Donoso) con su nana (Teresa Vergara). Mientras tanto, Donoso recorre en automóvil la ciudad de Santiago, recordando lugares y situaciones de su juventud. Más tarde, conversa en casa con su padre, el doctor Donoso. Posteriormente, el profesor Cedomil Goic analiza su obra. En un restaurante se reúnen escritores de la «generación del cincuenta (Enrique Lihn, María Elena Gertner, Guillermo Blanco, José Donoso), que recuerdan su postura crítica frente a la sociedad de su tiempo. Finalmente -al interior de la casa paterna- José Donoso rememora un episodio de su infancia referido a su nana Teresa, que se divisa lejana en el jardín regando cuidadosamente las plantas.
(Itinerario del Cine Documental Chileno 1900-1990, Alicia Vega)

José Donoso junto a Carlos Flores Delpino, filmando Pepe Donoso
(Foto de Francis Pfenninger)

JOSE DONOSO
En palabras de Emiliano Olivares Centeno, columnista, editor literario:
«Estudiar la vida y obra de José Donoso (1924–1996) es reconocer a uno de los nombres más prominentes de la historia literaria chilena y del llamado Boom latinoamericano. Su trabajo crítico e introspectivo está estrechamente vinculado a los grandes cambios políticos, sociales y culturales del siglo XXI. Por ello, cualquier análisis objetivo de las letras hispanoamericanas debe incluir una mirada integral de la biografía, la trayectoria profesional y el legado universal del escritor santiaguino.

José Donoso, retrato por Luis Poirot, Chile, 1984

La prosa de José Donoso se distingue por arquitecturas narrativas complejas, ambientes cargados de inquietud y personajes fracturados por tensiones existenciales. Inscrito en las corrientes del realismo crítico y la experimentación formal del Boom latinoamericano, indagó persistentemente en temáticas vinculadas a la construcción de la identidad. Asimismo, exploró el deterioro de los órdenes sociales y las tramas de poder, llegando a trascender el ámbito regional. No en vano, el autor austral es considerado a la par de plumas inmortales como las de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar.»

CARLOS FLORES DELPINO
Carlos Flores es un destacado cineasta chileno, creador de la Escuela de Cine de Chile (1994) de la cual fue profesor y director académico hasta el año 2009. Director – desde el año 2010 a 2016­ de la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad de Chile.

Carlos Flores Delpino
José Donoso (Captura del documental)
Enrique Lihn y Guillermo Blanco. (Captura del documental)

Virtuosismo y emociones desde Austria: Duo Mayr – Celis Catalán.

El virtuosismo no es solo un espectáculo técnico, sino la expresión de una actitud espiritual: la búsqueda de la perfección y el arte de formar una unidad armónica a partir de voces individuales dentro de una agrupación musical.

Ciertamente, sentimos mucha satisfacción al saber que en el próximo Concierto Dominical en Paine seremos testigos del virtuosismo de Felipe Celis Catalán, guitarrista, y María Mayr, violonchelista, los integrantes del Dúo Mayr-Celis Catalán, que nos visita desde Austria. Experiencia que se une a otras tantas, vividas en los diez años de vida que cumplió este ciclo de conciertos. Las cifras no nos dejan de impresionar: casi setenta conciertos, la presencia de más de trescientos músicos profesionales en el escenario, y sobre setecientos músicos aficionados, estos últimos provenientes en su mayoría de orquestas juveniles. Confiados, tenemos motivos para soñar en que estos conciertos se convertirán algún día en un referente artístico de la Provincia del Maipo. Estos sentimientos se multiplican si pensamos que Chile es un país guitarrero, donde sus cultores han sido galardonados con decenas de premios internacionales y la guitarra nos acompaña en muchos hogares.

Copyright_Duo Mayr-CelisCatalan

Miremos la trayectoria del Dúo Mayr-Celis Catalán.

Fundado en 2018, el Dúo Mayr–Celis Catalán exhibe una importante trayectoria y la presentación en escenarios que nos cuesta imaginar: la GFA (Guitar Foundation of America), el Brucknerhaus Linz (el centro de festivales y congresos en Linz, la ciudad austriaca donde vivió Bruckner), la Stiftung Mozarteum (la Fundación Internacional Mozarteum), el Sarajevo International Guitar Festival (el evento de guitarra clásica más importante de Bosnia y Herzegovina), entre otros. Y ahora, el 6 de septiembre, en el Teatro de Paine.

Maria Mayr, a cargo del violonchelo, es austriaca y graduada de la Mozarteum de Salzburgo, la prestigiosa universidad de la Fundación Mozarteum de Salzburgo en Austria, institución global dedicada a la vida y obra de Wolfgang Amadeus Mozart (Austria). Además de su formación académica, recibió regularmente clases particulares de prestigiosos violonchelistas como Peter Somodari, Heidi Litschauer y Stefan Tittgen. Desde 2021 colabora en proyectos como violonchelista en la Orquesta Bruckner de Linz, Austria.

Felipe Celis Catalán, por su parte, inició sus estudios en Chile con Luis Orlandini, para continuar luego con Marco Tamayo y Eliot Fisk, todos maestros de prestigio internacional. Obtuvo el grado de Máster en 2016 y completó sus estudios de posgrado en 2018 en la Universidad Mozarteum de Salzburgo. Colabora regularmente con reconocidas instituciones culturales y académicas, ha sido invitado como jurado de diversos concursos internacionales de guitarra e imparte clases magistrales en distintos países. Desde el otoño de 2022 es profesor de guitarra clásica en el Tiroler Landeskonservatorium de Innsbruck (Conservatorio Regional del Tirol en Innsbruck, Austria), institución que colabora con la Universidad Mozarteum de Salzburgo y la Universidad de Música y Artes Escénicas de Viena (MDW).

El repertorio que el Dúo Mayr–Celis Catalán presentará en Paine, en un programa de una hora de duración, incluye obras de los chilenos Lorenzo Cornejo y Javier Contreras, Brahms, Heitor Villa-Lobos, Piazzolla y la destacada “Austrian Suite”, del propio Celis Catalán. Esta combinación de repertorio clásico, moderno y contemporáneo conduce a una experiencia emotiva y profundamente cercana, donde la calidez, intimidad y delicadeza de la guitarra se entrelazan con la profundidad, expresividad y amplitud sonora del violonchelo. El resultado es una sonoridad refinada, capaz de transitar con naturalidad desde la tradición musical alemana hasta la riqueza rítmica, melódica y expresiva de la creación sudamericana.

Copyright_Duo Mayr-CelisCatalan

La Corporación Cultural Nuevo Horizonte de Paine extiende, entonces, una cordial invitación a este concierto que hemos titulado “Virtuosismo y emociones desde Austria”.

Los esperamos el día 6 de septiembre de 2026, a las 11hrs., en el Teatro de Paine, ubicado en Avda. 18 de Septiembre 39, Paine.

Programa del Concierto
Duo Mayr-Celis Catalán

1.- Lorenzo Cornejo (1989), Sugerencia de un huayno
Música docta con profundas raíces folclóricas latinoamericanas.
“Sugerencia de un huayno” es una obra musical para violoncello y guitarra creada por el compositor chileno Lorenzo Cornejo. Esta pieza musical reinterpreta y estiliza los ritmos tradicionales del huayno andino dentro de la música de cámara latinoamericana.
Forma parte de programas de música sudamericana que buscan tender puentes entre la tradición popular y la academia.

2.- Johannes Brahms (1833 – 1897), 3 canciones

2.1.- Mondenschein, Op. 85, No. 2
«Mondenschein» (Claro de luna) es el segundo movimiento de los 6 Lieder, Op. 85, compuestos por Johannes Brahms entre 1878 y 1882 sobre un poema de Heinrich Heine. Es una pieza vocal de carácter melancólico y lírico para voz y piano.
Tempo: Langsam (Lento).
El texto describe la noche sobre caminos desconocidos, un corazón enfermo y cómo la luz suave de la luna disipa el terror nocturno y calma el sufrimiento.

2.2.-Liebestreu, Op. 3, No. 1
«Liebestreu» (Amor fiel), Op. 3, No. 1, es un lied para voz y piano compuesto por Johannes Brahms en 1853. La letra pertenece a un poema de Robert Reinick. Un diálogo dramático sobre el dolor de amor y la fidelidad profunda.
Esta pieza destaca por su intensidad emocional y forma parte de los primeros trabajos vocales publicados por el autor alemán.

2.3.- Lerchengesang, Op. 70, No. 2
«Lerchengesang» (Canto de alondra), Op. 70, No. 2, es un lied compuesto por Johannes Brahms en 1877. Con letra del poeta Karl August Candidus, la obra forma parte de las 4 Gesänge (Cuatro canciones) y destaca por su atmósfera lírica, apacible y evocadora de la primavera.
El poema describe sonidos lejanos y etéreos que traen saludos celestiales y despiertan dulces recuerdos en un suave crepúsculo primaveral. La música de Brahms acompaña este texto con una melodía tierna y un acompañamiento delicado que resalta la paz del momento.

3.- Javier Contreras (1983), Díptico Latinoamericano

3.1.- Andenes
«Andenes», parte de Díptico Latinoamericano, es una obra musical para guitarra y violonchelo compuesta por el chileno Javier Contreras. La pieza forma parte de un díptico de música docta contemporánea que evoca los paisajes, la cultura y la geografía de América Latina, centrándose en este primer movimiento en las terrazas de cultivo o andenes andinos.
3.2.- Toccata
«Toccata», explora ritmos y sonoridades de la región en la guitarra clásica y contemporánea.

INTERMEDIO

4.- Heitor Villa-Lobos (1887 – 1959)
4.1-Bachianas brasileiras No. 5: Aria (Cantilena)
Bachianas brasileiras No. 5 del compositor brasileño Heitor Villa-Lobos es la obra más famosa del autor. El primer movimiento, Aria (Cantilena), combina la música de Johann Sebastian Bach con la melodía popular brasileña. Compuesta en 1938, la letra de la sección central es un poema de Ruth Valadares Corrêa.

5.- Felipe Celis Catalán, Austrian Suite
Vibrante suite para guitarra y violonchelo que explora, desde una perspectiva contemporánea, diversos géneros y danzas de la tradición musical austríaca. La obra combina virtuosismo, riqueza rítmica y color instrumental, estableciendo un atractivo diálogo entre la tradición popular austríaca y el lenguaje de la música de cámara contemporánea.

I- Schleuniger
II- Jodler
III- Polka
IV- Ländler
V- Russbacher Tänze

6.- Astor Piazzolla (1921–1992), Nightclub 1960
Este es el tercer movimiento de la famosa obra Histoire du Tango (Historia del Tango) del compositor argentino Astor Piazzolla, escrita en 1985. Representa la época en que el tango se expande internacionalmente, fusionándose con el jazz y nuevos ritmos urbanos de la época. Evoca la atmósfera de los clubes nocturnos de los años sesenta, un espacio de encuentro social, modernidad y apertura a otras culturas musicales.

(Duración aproximada del concierto: 53 minutos)

NIÑOS, CANTO Y COROS ESCOLARES

Conversaba hace algunos días con la cantante lírica Carla Moraga antes de su presentación en el Concierto Dominical en Paine. Hablábamos, de su interés por incluir el canto popular en sus presentaciones, algo poco frecuente entre los intérpretes de música lírica. Quise entonces conocer su opinión sobre el canto popular en los niños de colegio.

—¡Entre los niños hay voces muy lindas! —me dijo.

Sus palabras me hicieron pensar en los festivales escolares de la voz que me ha tocado presenciar. En ellos predominan canciones que poco tienen que ver con la realidad de un niño: temas cargados de erotismo y mensajes propios del mundo adulto. Recordé entonces una columna que el escritor chileno Enrique Lafourcade publicó a mediados de los años noventa, donde afirmaba que en estos festivales se escuchan canciones “que parecen carnicerías, verdaderas transfusiones de sangre”. A ello se suma la tendencia a imitar las versiones más famosas de cada tema, con resultados que muchas veces obligan al grito más que al canto natural. Sin embargo, pese a esas deficiencias, siempre es posible descubrir el talento que hay detrás de muchas de esas voces.

La pregunta surge de manera natural: ¿qué podemos hacer para encaminar adecuadamente esos talentos? La respuesta no es nueva: contar con la guía de un buen profesor, de un maestro que ayude a desarrollar la técnica vocal y el criterio musical.

Pero Carla Moraga agregó una valiosa alternativa: la participación en coros. Se trata de un excelente camino para aprender técnica vocal, desarrollar la escucha y adquirir experiencia musical de manera gradual, me dijo.

Claro. Los beneficios que recibe un niño al participar en un coro son múltiples. El canto coral favorece la afinación, el sentido rítmico y la percepción auditiva; introduce a los niños en el lenguaje musical y fortalece habilidades comunicativas como la dicción, la pronunciación y la expresión verbal. Al mismo tiempo, fomenta el trabajo en equipo, la cooperación y el respeto mutuo. También contribuye al desarrollo de la autoestima y de la confianza personal, permitiendo que los niños expresen emociones de manera positiva.

Los profesores de música cuentan hoy con suficientes recursos para poner en marcha coros de distintas características dentro de los establecimientos educacionales. Entonces cabe preguntarse: ¿qué falta para verlos con mayor frecuencia sobre los escenarios?

Probablemente, liderazgo y decisión institucional.

Lo primero es reconocer el coro como una herramienta educativa de gran impacto, capaz de generar importantes beneficios cognitivos, artísticos y sociales. En segundo lugar, los coros no deberían ser considerados una actividad meramente complementaria; parte de su trabajo podría desarrollarse dentro del horario escolar. También será necesario contrarrestar una tendencia creciente: la de escuchar música de forma exclusivamente individual a través de dispositivos y plataformas digitales, en desmedro de las experiencias musicales compartidas.

Paradójicamente, los coros escolares son una de las actividades artísticas más accesibles. No requieren instrumentos costosos y permiten la participación simultánea de un gran número de estudiantes. Además, constituyen una excelente escuela para futuros solistas, quienes podrán llegar a los festivales con una formación técnica más sólida y con repertorios acordes a su edad.

Vale la pena, se puede concluir, que en la Provincia del Maipo se plantee como meta la formación de numerosos coros infantiles y juveniles. Sería una inversión cultural de largo plazo, capaz de enriquecer la vida musical de nuestras comunidades y de ofrecer a muchos niños un espacio de aprendizaje, crecimiento y expresión artística.

Rodolfo Silva
Corporación Cultural Nuevo Horizonte de Paine.
Paine, julio de 2026

(Publicado originalmente en la edición de julio 2026 de la revista Todo Paine)

Cupido y los mayores de 60

Esta nota es exclusivamente para mayores de 60 y plantea una interrogante que probablemente se repite en cada década: ¿cuánta responsabilidad tenemos nosotros, los mayores de 60, respecto de las manifestaciones artísticas que podemos ver hoy en el país y de aquellas que veremos en los años que nos quedan antes de partir?

Asistimos hace pocos días, en Santiago, a una ópera de cámara clásica, donde uno de los protagonistas es Cupido. Todos recordamos a Cupido.
La importancia de Cupido en las artes es extraordinaria. Pocas figuras mitológicas han sido representadas con tanta frecuencia y continuidad durante más de dos mil años. Su relevancia radica en que simboliza una experiencia universal: el amor, el deseo, la atracción y el poder de las emociones sobre la razón. «El amor no se mira con los ojos, sino con la mente, y por eso al alado Cupido lo pintan ciego», dice la inmortal cita de William Shakespeare.

Cupido es una de las figuras más persistentes de la literatura occidental. Aparece como dios, símbolo, personaje alegórico o metáfora del deseo desde la Antigüedad hasta la poesía moderna. No es solo un personaje mitológico; es una explicación poética de por qué los seres humanos se enamoran, sufren o actúan contra su propio juicio.
Las referencias a Cupido son muy frecuentes también en la música clásica, especialmente en la ópera, la cantata y la música vocal de los períodos barroco y clásico. Algunas de las más conocidas son la ópera L’incoronazione di Poppea (Claudio Monteverdi), Les Indes galantes y varias óperas-ballet (Jean-Philippe Rameau), la célebre ópera Orfeo ed Euridice (Christoph Willibald Gluck), la cantata Aminta e Fillide (Georg Friedrich Händel) y Le nozze di Figaro (Wolfgang Amadeus Mozart).
Para qué seguir: usted me entiende.
En la comentada ópera de cámara a la que asistimos, Cupido fue presentado con una caracterización gay que se apartaba claramente de la iconografía tradicional del personaje. No vestía una túnica larga, como los cupidos menores que aparecen en escena, sino una más corta que le llegaba poco más abajo de las rodillas; y sus movimientos, deliberadamente exagerados, proponían una lectura escénica gay que, a mi juicio, se alejaba de una tradición de más de dos mil años.
Que no quepa duda de que esta observación no pretende descalificar al artista ni desconocer la libertad creativa. Tampoco puede ignorarse que el arte, en todas las épocas, ha traspasado los límites que establece el canon. Mi reparo apunta, más bien, a una decisión de representación escénica que considero discutible desde el punto de vista de la tradición simbólica del personaje: a lo largo de la historia, Cupido no ha sido un personaje gay,

Reitero la pregunta inicial: ¿cuánta responsabilidad tenemos nosotros, los mayores de 60, respecto de las manifestaciones artísticas que podemos ver hoy en el país y de aquellas que veremos en los años que nos quedan antes de partir?, ¿cuánta responsabilidad tenemos respecto de los niños que se están iniciando en el arte?, ¿qué entenderán ellos por arte?, ¿llegarán a pensar que el mundo comenzó cuando nacieron, sin tener noción alguna de lo heredado?, ¿estamos en el país en condiciones de superar la calidad artística que encontramos en la tradición?
Solo puedo pensar que los mayores no tenemos responsabilidad alguna.

Rodolfo Silva
Corporación Cultural Nuevo Horizonte de Paine
Paine, junio de 2026

(Publicado originalmente en la edición de junio 2026 de la revista Todo Paine)

Berenice se corta el pelo, cuento de F. Scott Fitzgerald

«Berenice se corta el pelo» (1920) es un cuento donde F. Scott Fitzgerald apunta a la presión social y la identidad. Narra la historia de una joven tímida que visita a su prima coqueta y popular entre los jóvenes del pueblo. Tras sufrir burlas, ella se transforma en una joven rebelde.
Marjorie domina la primera mitad del cuento controlando la situación. Sin embargo, Berenice se queda con el poder final al ejecutar su fría venganza y liberarse de las reglas de su prima.
El impacto de «Berenice se corta el pelo» en la sociedad estadounidense tras su publicación en mayo de 1920 fue inmediato y masivo. Al publicarse en la famosa revista The Saturday Evening Post, el relato capturó a la perfección la transición cultural de la posguerra y se convirtió en un fenómeno social.

Fitzgerald entendió mejor que nadie la dualidad de su tiempo. Su mayor logro literario fue plasmar la futilidad y el vacío del Sueño Americano. En obras maestras como El gran Gatsby (1925), demostró que el dinero, el estatus y el optimismo desenfrenado de la posguerra no podían comprar la felicidad ni borrar el pasado, anticipando de forma profética el colapso moral y económico de la Gran Depresión de 1929.



Berenice se corta el pelo

F. Scott Fitzgerald

I

Los sábados, cuando se hacía de noche, desde el primer tee del campo de golf veías las ventanas del club de campo como una línea amarilla sobre un océano negrísimo y ondulante. Las olas de ese océano, por así decirlo, eran las cabezas de una multitud de caddies curiosos, de algunos de los chóferes más ingeniosos y de la hermana sorda del instructor del campo de golf. Y solía haber algunas olas despistadas y tímidas, que, si hubieran querido, hubieran podido entrar en el club. Eran la galería.

Los palcos estaban dentro. Eran la fila de sillas de mimbre que se alineaban a lo largo de la pared de la sala de reuniones y el salón de baile. En aquellos bailes de las noches del sábado predominaba el público femenino; un inmenso babel de señoras maduras con ojos impúdicos y el corazón de hielo tras los impertinentes y la pechera voluminosa. La función principal de los palcos era criticar. Alguna vez mostraban una admiración pesarosa, pero jamás aprobación, pues es bien sabido entre las señoras de más de treinta y cinco años que cuando en el verano los jóvenes organizan un baile lo hacen con las peores intenciones del mundo, y, si no fuese por el bombardeo de miradas glaciales, alguna pareja perdida bailaría misteriosos y bárbaros interludios por los rincones, y las chicas más solicitadas y peligrosas se dejarían besar en los coches del aparcamiento, propiedad de ricas viudas que nunca sospechan nada.

Pero, al fin y al cabo, el círculo de señoras aficionadas a la crítica no estaba tan cerca del escenario como para ver las caras de los actores y captar los apartes más sutiles. No podían hacer otra cosa que fruncir el entrecejo y alargar el cuello, y preguntar y extraer conclusiones satisfactorias de su bagaje de prejuicios, como aquel que dice que la vida de un joven con patrimonio es semejante a la de una perdiz acosada por los cazadores. No entenderán nunca el drama del mundo de la adolescencia, movedizo y casi cruel. No. Los palcos, la orquesta, los actores principales y los comparsas, todo se resume en la turbamulta de rostros y voces que giran al quejumbroso ritmo africano de Dyer y su orquesta de baile.

Desde Otis Ormonde, de dieciséis años, a quien le esperan dos años más en el instituto, a G. Reece Stoddard, que tiene colgado en casa, sobre su escritorio, el título de licenciado en Derecho por Harvard; desde la pequeña Madeleine Hogue, peinada con un moño raro y aparentemente incomodísimo, a Bessie MacRae, que ha sido el alma de las fiestas durante un periodo de tiempo quizá demasiado largo —más de diez años—, la turbamulta no sólo es el centro del escenario, sino que contiene a las únicas personas capaces de tener una visión completa del conjunto.

Entonces, con un toque de trompeta y un acorde seco y final, cesa la música. Las parejas intercambian sonrisas artificiales y desenvueltas, y repiten chistosamente «la-di-da-da-dum-dum», e inmediatamente el estruendo de las voces jóvenes, femeninas, se impone sobre la salva de aplausos.

Algunos, solos y desilusionados, sorprendidos en medio de la pista cuando estaban a punto de invitar a alguna de las chicas que bailaban, volvían lánguidamente a su sitio junto a la pared. No eran estas fiestas como los bulliciosos bailes de Navidad: estas juergas veraniegas sólo eran agradablemente cálidas y emocionantes, e incluso los matrimonios más jóvenes se atrevían a bailar antiguos valses y fox-trots terroríficos, entre el regocijo condescendiente de sus hermanos y hermanas más jóvenes.

Warren Mclntyre, que estudiaba en Yale sin tomárselo muy en serio, era uno de aquellos solitarios infelices. Buscó un cigarrillo en el bolsillo del esmoquin y salió a la amplia terraza medio a oscuras, donde las parejas que se dispersaban por las mesas llenaban la noche, a la luz de los farolillos, de palabras vagas y risas confusas. Saludó con la cabeza aquí y allá a los menos ensimismados y, al pasar junto a cada pareja, le volvía a la memoria algún fragmento ya casi olvidado de una historia, porque la ciudad no era grande y todos conocían a la perfección el pasado de los otros. Allí estaban, por ejemplo, Jim Strain y Ethel Demorest, que, desde hacía tres años, eran novios no oficiales. Todos sabían que en cuanto Jim lograra conservar un trabajo ella se casaría con él. Pero qué aburridos parecían los dos, y con qué hastío miraba Ethel a Jim algunas veces, como si se preguntara por qué había dejado crecer la vid de su cariño sobre aquel álamo zarandeado por el viento.

Warren tenía diecinueve años y casi le daban pena sus amigos que no habían ido a alguna universidad del Este. Pero, como la mayoría de los jóvenes, presumía exageradamente de las chicas de su ciudad cuando estaba fuera: chicas como Genevieve Ormonde, que regularmente asistía a todos los bailes, fiestas familiares y partidos de fútbol en Princeton, Yale, Williams y Cornell; como Roberta Dillon, de ojos negros, tan célebre entre su generación como Hiram Johnson o Ty Cobb; y, desde luego, como Marjorie Harvey, que además de tener cara de hada y una labia deslumbrante y desconcertante era ya merecidamente famosa por haber conseguido dar cinco volteretas seguidas en el baile de New Haven.

Warren, que había crecido en la misma calle que Marjorie, en la casa de enfrente, llevaba mucho tiempo «loco por ella». Y, aunque Marjorie algunas veces parecía responder a sus sentimientos con una leve gratitud, lo había sometido a su particular prueba infalible y, con la mayor seriedad, le había informado que no lo quería. La prueba era ésta: cuando estaba lejos de él, lo olvidaba y tenía aventuras con otros chicos. Y Warren se descorazonaba, porque Marjorie llevaba haciendo pequeños viajes todo el verano, y, a la vuelta, durante los dos o tres primeros días, Warren veía montañas de cartas en la mesa del recibidor de los Harvey, cartas dirigidas a Marjorie, con distintas caligrafías masculinas. Para empeorar la situación, durante todo el mes de agosto tenía como invitada a su prima Berenice, de Eau Claire, y parecía imposible verla a solas. Siempre había que buscar y encontrar a alguien que quisiera ocuparse de Berenice. Y, conforme agosto pasaba, aquello era cada vez más difícil.

Por mucho que Warren adorara a Marjorie, tenía que admitir que la prima Berenice era más bien sosa. Era bonita, con el pelo negro y buen color, pero no era divertida en las fiestas. Cada sábado, por obligación, bailaba con ella una interminable pieza para complacer a Marjorie, pero lo único que conseguía era aburrirse.

—Warren —una voz suave, muy cerca, interrumpió sus pensamientos, y Warren se volvió y vio a Marjorie, ruborizada y radiante como siempre. Marjorie le puso la mano en el hombro y una grata calidez lo envolvió casi imperceptiblemente.

—Warren —murmuró—, hazme un favor: baila con Berenice. Lleva pegada al pequeño Otis Ormonde desde hace casi una hora.

Warren sintió que la calidez se desvanecía.

—Ah… sí—respondió sin mucho entusiasmo.

—No te importa, ¿verdad? Procuraré que tú tampoco tengas que aguantar demasiado.

—Vale, vale.

Marjorie sonrió: bastaba aquella sonrisa para darle las gracias.

—Eres un ángel, y te lo deberé siempre.

Con un suspiro el ángel miró hacia la terraza, pero no vio a Berenice y a Otis. Regresó al salón y allí, frente al lavabo de señoras, encontró a Otis en el centro de un grupo de muchachos que se morían de risa. Otis blandía un palo que había cogido de algún sitio y parloteaba con energía.

—Ha ido a arreglarse el pelo —anunció furibundo—. La estoy esperando para bailar con ella otra hora.

Volvieron a reírse a carcajadas.

—Cuando haya cambio de pareja, ¿no podría alguno de vosotros quitármela de encima? —se lamentó Otis con resentimiento—. A ella le gustaría más variedad.

—¿Por qué, Otis? —sugirió un amigo—. Ahora que te estás acostumbrando a ella…

—¿Y ese bastón de golf, Otis? —preguntó Warren, sonriendo.

—¿El bastón? Ah, ¿esto? Es el bastón adecuado. En cuanto salga, le doy en la cabeza y la meto otra vez en el agujero.

Warren se dejó caer en un sofá, dando alaridos, con un ataque de risa.

—No te preocupes, Otis —consiguió decir por fin—. Yo te sustituyo ahora.

Otis simuló un repentino desvanecimiento y le entregó el palo a Warren.

—Por si lo necesitas, viejo —dijo con voz ronca.

Por bella y brillante que sea una chica, la fama de que, en los cambios de pareja, nadie te la quita de los brazos mientras baila contigo arruina su cotización en las fiestas. Los chicos quizá prefieran su compañía a la de las mariposillas con las que bailan una docena de veces en una noche, pero los jóvenes de esta generación alimentada por el jazz son inquietos por temperamento, y la idea de bailar más de un fox-trot entero con la misma chica les resulta desagradable, por no decir odiosa. Y, si la cosa dura unos cuantos bailes y varios intervalos entre canción y canción, la chica puede estar segura de que el joven, una vez libre, no volverá a pisarle los dichosos pies.

Warren bailó toda la pieza siguiente con Berenice, y por fin, aprovechando una pausa, la acompañó a una mesa en la terraza. Hubo un instante de silencio mientras ella movía estúpidamente el abanico.

—Hace aquí más calor que en Eau Claire —dijo Berenice.

Warren sofocó un suspiro y bostezó. Seguramente fuera cierto; ni lo sabía ni le importaba. Se preguntó distraído si Berenice tenía poca conversación porque nadie le hacía caso, o si nadie le hacía caso porque tenía poca conversación.

—¿Vas a estar aquí mucho tiempo? —le preguntó, y enseguida se puso colorado. Berenice podía sospechar las razones de su pregunta.

—Una semana más —respondió, y lo miró como esperando abalanzarse sobre la siguiente frase en cuanto saliese de sus labios.

Warren empezó a ponerse nervioso. Entonces, con un impulso inesperado y caritativo, decidió probar con Berenice una de sus especialidades. La miró a los ojos.

—Tienes una boca terriblemente besable —murmuró.

Era una frase que a veces decía a las chicas en los bailes de la universidad cuando charlaban así, a media luz. Berenice se sobresaltó visiblemente. Enrojeció de un modo muy poco elegante y agitó con torpeza el abanico. Nadie le había dicho jamás una frase como aquélla.

—¡Fresco! —la palabra se le había escapado sin darse cuenta; se mordió el labio. Demasiado tarde, decidió ser simpática y le dedicó una sonrisa nerviosa.

Warren estaba enfadado. Aunque habitualmente nadie se la tomaba en serio, aquella frase provocaba normalmente una carcajada o una parrafada de tonterías sentimentales. Y odiaba que le llamaran fresco, si no era en tono de broma. El impulso caritativo se desvaneció y Warren cambió de tema.

—Jim Strain y Ethel Demorest siguen juntos, como siempre —comentó.

Eso estaba más en su línea, pero Berenice sintió que una sombra de dolor se mezclaba con el alivio de cambiar de tema. Los hombres no hablaban de bocas besables con ella, pero ella sabía que les decían cosas así a las otras chicas.

—Ah, sí —dijo Berenice, y se rio—. He oído que llevan años perdiendo el tiempo, sin un céntimo. ¿No es una imbecilidad?

La antipatía de Warren aumentó. Jim Strain era buen amigo de su hermano, y, en cualquier caso, consideraba de pésimo gusto burlarse de la gente por no tener dinero. Pero Berenice no tenía intención de burlarse de nadie. Sólo estaba nerviosa.

II

Eran más de las doce cuando Marjorie y Berenice llegaron a casa y se desearon buenas noches en el rellano de la escalera. Aunque primas, no eran amigas íntimas. En realidad, Marjorie no tenía amigas íntimas: consideraba idiotas a las chicas. Berenice, por el contrario, durante aquella visita organizada por los padres, había deseado intercambiar esas confidencias sazonadas con risillas y lágrimas que consideraba un factor indispensable en cualquier relación entre mujeres. Pero, a este respecto, encontraba a Marjorie más bien fría; cuando hablaba con ella, encontraba la misma dificultad que cuando hablaba con los hombres. A Marjorie nunca se le escapaba la risa tonta, jamás se sobresaltaba, pocas cosas le daban vergüenza, y, de hecho, poseía muy pocas de las cualidades que Berenice consideraba adecuada y felizmente femeninas.

Aquella noche, ocupada con el cepillo de dientes y el dentífrico, Berenice se preguntó por centésima vez por qué nadie le hacía caso cuando estaba lejos de casa. Nunca se le ocurrió pensar que, en su pueblo, los motivos de su éxito en sociedad obedecieran a que su familia era la más rica de Eau Claire, a que su madre no parara de invitar a gente y dar meriendas-cenas en honor de su hija antes de cada baile y a que le hubiera comprado un coche para que diera vueltas por ahí. Como casi todas las chicas, había crecido con la leche caliente de Annie Fellows Johnston y esas novelas en las que la mujer es amada por ciertas virtudes femeninas, misteriosas, siempre mencionadas pero nunca explicadas con detalle.

Le dolía un poco no tener más éxito. No sabía que, de no ser por las maniobras de Marjorie, hubiera bailado toda la noche con el mismo; pero sí sabía que, incluso en Eau Claire, otras chicas con peor posición social y menos belleza estaban mucho más solicitadas. Berenice lo atribuía a que aquellas chicas, de cierta manera sutil, no tenían escrúpulos. Nunca le había dado mayor importancia al asunto, pero, si se la hubiera dado, su madre le habría asegurado que las otras chicas no se valoraban a sí mismas y que los hombres respetaban a las chicas como Berenice.

Apagó la luz del cuarto de baño y, de pronto, decidió ir a charlar un rato con su tía Josephine, que aún tenía la luz encendida. Las blandas zapatillas la llevaron sin ruido sobre la alfombra del corredor, pero, al sentir voces en la habitación, se detuvo ante la puerta entreabierta. Entonces oyó su propio nombre y, sin una intención clara de escuchar a escondidas, se quedó allí, indecisa, mientras el hilo de la conversación atravesaba su conciencia como enhebrado en una aguja.

—¡Es un caso perdido! —era la voz de Marjorie—. Sé lo que vas a decir: ¡Cuánta gente te ha dicho lo guapa y dulce que es, y lo bien que guisa! Vale, ¿y qué? Se aburre como nadie. No les gusta a los hombres.

—¿Y qué importancia tiene una pizca de éxito barato?

La señora Harvey parecía enfadada.

—Es lo más importante cuando tienes dieciocho años —respondió Marjorie con énfasis—. Yo he hecho cuanto he podido. He sido amable y he convencido a unos cuantos para que bailen con ella, pero no tienen ningún interés en aburrirse. ¡Cuando pienso en un cutis tan maravilloso desperdiciado en semejante tonta, y pienso cómo lo aprovecharía Martha Carey…!

—Ya no hay cortesía.

La voz de la señora Harvey dejó entrever que las situaciones modernas eran demasiado para ella. Cuando ella era joven, todas las señoritas de buena familia se lo pasaban divinamente.

—Bueno —dijo Marjorie—, ninguna chica puede ayudar permanentemente a una invitada patosa, porque en estos tiempos cada una se vale por sí misma. Incluso le he soltado alguna indirecta sobre la ropa y esas cosas, y se ha puesto furiosa. Me ha echado cada mirada… Tiene la suficiente sensibilidad como para darse cuenta de que no le va demasiado bien, pero apuesto a que se consuela pensando que es virtuosa, y que yo soy demasiado alegre y voluble y que voy a acabar mal. Así piensan todas las chicas a las que nadie hace caso. ¡Las uvas están verdes! ¡Sarah Hopkins dice que Genevieve, Roberta y yo somos chicas gardenia, adorno de un día! Apuesto a que daría diez años de su vida y su educación europea por ser una chica gardenia y tener a tres o cuatro locos por ella, y que se la arrebataran unos a otros de los brazos a los pocos pasos de baile.

—Creo —la interrumpió la señora Harvey con tono de empezar a cansarse de la conversación— que deberías ayudar un poco a Berenice. Ya sé que no es demasiado espabilada.

Marjorie gimió.

—¡Espabilada! ¡Dios mío! Jamás le he oído decirle nada a un chico como no sea que hace calor, o que hay mucha gente bailando, o que el año que viene se irá a estudiar a Nueva York. A veces les pregunta qué coche tienen y les dice la marca del suyo. ¡Apasionante!

Hubo un instante de silencio. Y entonces la señora Harvey volvió a la misma canción:

—Lo único que sé es que otras chicas, ni la mitad de simpáticas y guapas que ella, encuentran acompañantes. Martha Carey, por ejemplo, es gorda y maleducada, y tiene una madre inconfundiblemente vulgar. Roberta Dillon está tan delgada este año como para recomendarle que pase una temporada en Arizona. Y baila hasta caerse muerta.

—Pero, mamá —objetó Marjorie con impaciencia—, Martha es alegre y terriblemente ingeniosa, y es terriblemente seductora, y Roberta baila de maravilla. ¡Todos las admiran desde hace siglos!

La señora Harvey bostezó.

—Creo que la culpa de todo la tiene esa disparatada sangre india que lleva Berenice en las venas —continuó Marjorie—. Quizá se deba a una regresión a los orígenes. Las indias están siempre sentadas y nunca dicen una palabra.

—Vete a la cama, tontina —rio la señora Harvey—. Si llego a saber que ibas a andar recordándolo, no te lo hubiera dicho. Y pienso que casi todas tus ideas son una absoluta tontería —concluyó, con sueño.

Hubo otro instante de silencio: Marjorie se preguntaba si valía la pena convencer a su madre. Es casi imposible convencer de nada a una persona que ha cumplido los cuarenta. A los dieciocho años las convicciones son montañas desde las que miramos; a los cuarenta y cinco son cavernas en las que nos escondemos.

Habiendo llegado a esa conclusión, Marjorie le dio las buenas noches a su madre. Cuando salió de la habitación el pasillo estaba vacío.

III

A la mañana siguiente, un poco tarde, Marjorie estaba desayunando y Berenice entró en la habitación con un buenos días más bien frío, se sentó frente a Marjorie, la miró fijamente y se humedeció un poco los labios.

—¿Qué te pasa? —preguntó Marjorie, desconcertada.

Berenice calló un momento antes de lanzar la bomba.

—Oí lo que anoche hablaste de mí con tu madre.

Marjorie se sorprendió, pero apenas si se puso colorada y, cuando habló, su voz no temblaba.

—¿Dónde estabas?

—En el pasillo. No quería escuchar… al principio.

Después de una involuntaria mirada de desprecio, Marjorie bajó la mirada y demostró verdadero interés en hacer equilibrios con un copo de maíz sobre el dedo.

—Creo que sería mejor que volviera a Eau Claire, si tanto te molesto —el labio inferior le temblaba con violencia, y Berenice prosiguió con voz indecisa—: He intentado ser amable, y primero nadie me ha hecho caso, y luego me han insultado. Nunca he tratado así a mis invitadas.

Marjorie callaba.

—Pero te fastidio, lo sé. Soy un peso para ti. No les gusto a tus amigos —hizo una pausa, y enseguida recordó un nuevo agravio recibido—. Claro que me enfadé cuando me insinuaste que aquel vestido me sentaba mal. ¿Crees que no sé vestirme sin ayuda de nadie?

—No —murmuró Marjorie, menos que a media voz.

—¿Qué?

—Yo no te insinué nada —dijo Marjorie escuetamente—. Dije, si no recuerdo mal, que era preferible ponerse tres veces un vestido que cae bien que alternarlo con dos adefesios.

—¿Crees que es agradable decir una cosa así?

—No quería ser agradable —y, después de una pausa, añadió—: ¿Cuándo quieres irte?

Berenice suspiró violentamente.

—¡Ah! —fue casi un sollozo.

Marjorie levantó los ojos, sorprendida.

—¿No me has dicho que te ibas?

—Sí, pero…

—Ah, ¡sólo estabas faroleando!

Se miraron fijamente a través de la mesa del desayuno. Olas de niebla pasaban ante los ojos de Berenice mientras la cara de Marjorie mostraba aquella expresión de cierta dureza que solía tener cuando los estudiantes de primero, un poco borrachos, tonteaban con ella.

—Así que estabas faroleando —repitió, como si fuera lo que ya se esperaba.

Berenice lo confesó y se echó a llorar. Los ojos de Marjorie tenían una expresión de aburrimiento.

—Eres mi prima —sollozó Berenice—. Soy tu invitada. Iba a quedarme un mes, y si vuelvo a casa mi madre sabrá que algo ha pasado y me… me preguntará.

Marjorie esperó a que el torrente de palabras entrecortadas se disolviera en pequeños sorbetones.

—Te daré el dinero que me dan cada mes —dijo fríamente—, para que pases la semana que falta donde quieras. Hay un hotel muy agradable…

Los sollozos de Berenice se elevaron hasta alcanzar una nota aflautada, y entonces se levantó y salió corriendo del cuarto.

Una hora más tarde, mientras Marjorie estaba en la biblioteca, absorta en la redacción de una de esas cartas maravillosamente evasivas y nada comprometedoras que sólo una adolescente es capaz de escribir, Berenice volvió a aparecer, con los ojos verdaderamente enrojecidos y calculadoramente tranquila. Ni siquiera miró a Marjorie: cogió al azar un libro de la biblioteca y se sentó como si estuviera leyendo. Marjorie parecía absorta en su carta y siguió escribiendo. Cuando dieron las doce, Berenice cerró el libro con violencia.

—Creo que debería ir a la estación a sacar el billete.

No era ése el principio del discurso que había preparado en el piso de arriba, pero, ya que Marjorie no le hacía caso y no le decía que pensara mejor las cosas, que todo había sido un malentendido, ése era el mejor principio que se le ocurría.

—Espera a que termine esta carta —dijo Marjorie sin levantar la vista—. Quiero que salga en el próximo correo.

Después de un minuto inacabable, en el que se oía el arañar afanoso de la pluma, Marjorie levantó la vista con el aire relajado de quien dice: «Estoy a tu disposición». Berenice tuvo que volver a hablar.

—¿Quieres que me vaya?

—Bueno —dijo Marjorie, reflexionando—, supongo que, si no te lo pasas bien, sería mejor que te fueras. Para qué vas a ser infeliz…

—¿No crees que la más elemental consideración…?

—Ah, por favor, no cites Mujercitas —gritó Marjorie con impaciencia—. No está de moda.

—¿Tú crees?

—Por Dios, ¡sí! ¿Qué chica moderna podría vivir como aquellas necias?

—Fueron los modelos de nuestras madres.

Marjorie soltó una carcajada.

—¡No lo fueron jamás! Además, nuestras madres fueron perfectas a su manera, pero entienden poquísimo los problemas de sus hijas.

Berenice se irguió.

—No hables de mi madre, por favor.

Marjorie se echó a reír.

—No creo haberla mencionado.

Berenice se dio cuenta de que estaban alejándose del tema.

—¿Crees que me has tratado bien?

—He hecho todo lo posible. Tú eres un material bastante difícil.

Los bordes de los párpados de Berenice enrojecieron.

—Tú sí que eres difícil, dura y egoísta. Creo que no tienes ninguna cualidad femenina.

—¡Por Dios! —exclamó Marjorie, desesperada—. Eres una idiota ridícula. Las chicas como tú tienen la culpa de todos esos matrimonios aburridos e insípidos, de todas esas horribles taras que pasan por cualidades femeninas. Qué golpe debe de ser para un hombre imaginativo casarse con un maravilloso montón de vestidos en torno al cual ha estado construyendo ideales y descubrir que su mujer es sólo una débil, llorona y cobarde montaña de remilgos.

Berenice estaba boquiabierta.

—¡La mujer femenina! —continuó Marjorie—. Desperdicia la juventud lloriqueando y criticando a las chicas como yo, que saben divertirse de verdad.

La mandíbula de Berenice bajaba tanto como la voz de Marjorie subía.

—Las chicas feas que lloriquean tienen alguna excusa. Si yo fuese irremediablemente fea, nunca les hubiera perdonado a mis padres que me hubieran traído al mundo. Pero tú no tienes ninguna desventaja —el pequeño puño de Marjorie se cerró—. Si esperas que me ponga a llorar contigo, te llevarás una desilusión. Quédate o vete, haz lo que te dé la gana —y, cogiendo sus cartas, salió de la biblioteca.

Berenice pretextó un dolor de cabeza y no apareció a la hora de comer. Estaban invitadas a una fiesta aquella tarde, pero, como el dolor de cabeza continuaba, Marjorie tuvo que dar explicaciones a un chico no demasiado abatido. Sin embargo, cuando volvió a última hora de la tarde, encontró a Berenice esperándola en su dormitorio con una expresión extrañamente decidida.

—He pensado —dijo Berenice sin mayores preliminares— que puede que tengas razón o puede que no. Pero si me dices por qué a tus amigos no… no les intereso, a lo mejor hago lo que tú quieras.

Marjorie estaba ante el espejo, cepillándose el pelo.

—¿Estás hablando en serio?

—Sí.

—¿Sin reservas mentales? ¿Harías exactamente lo que yo dijera?

—Bueno, yo…

—¡Nada de tonterías! ¿Harás exactamente lo que yo te diga?

—Si se trata de cosas razonables.

—¡No lo son! Tú ya no estás para cosas razonables…

—¿Me harás…? ¿Me aconsejarás…?

—Sí, todo. Si te aconsejo que aprendas a boxear, me obedecerás. Escribe a casa y dile a tu madre que te vas a quedar dos semanas más.

—Vamos, dime…

—Muy bien. Te pondré, por el momento, algunos ejemplos. Primero, te falta naturalidad. ¿Por qué? Porque no estás segura de tu aspecto. Cuando una chica sabe que está perfectamente arreglada y vestida, puede olvidarse de su aspecto. Eso es encanto, gracia. Cuantas más partes de ti puedes olvidar, más encanto tienes.

—¿No voy bien?

—No. Por ejemplo, nunca te preocupas de tus cejas. Son negras y lustrosas, pero, si te las dejas crecer como salen, son un defecto. Serían bellísimas si te las cuidases la décima parte del tiempo que pierdes en no hacer nada. Debes peinártelas para que crezcan bien. Berenice enarcó las cejas en cuestión.

—¿Quieres decir que los hombres se fijan en las cejas?

—Sí, inconscientemente. Y, cuando vuelvas a casa, debes hacer que te enderecen un poco los dientes. Es casi imperceptible, pero…

—Pero yo creía —la interrumpió Berenice, perpleja— que tú despreciabas esas pequeñas delicadezas femeninas.

—Odio las mentes delicadas —contestó Marjorie—. Pero una chica debe ser la delicadeza en persona. Si resplandece como un millón de dólares, puede hablar de Rusia, de ping-pong o de la Sociedad de Naciones, y quedar estupendamente.

—¿Hay más cosas?

—Ah, sólo estoy empezando. Está tu manera de bailar.

—¿No bailo bien?

—No, claro que no: te apoyas en los hombres; sí, así es, aunque no se note casi. Me di cuenta ayer, cuando bailamos juntas. Y además bailas muy erguida, en vez de pegarte un poco. Seguramente alguna vieja señora muy puesta en su sitio te haya dicho que así pareces mucho más digna. Pero, a no ser que seas una chica baja, bailar así cansa mucho más al hombre, y el hombre es lo único que cuenta.

—Sigue, sigue —a Berenice le daba vueltas la cabeza.

—Vale. Debes aprender a ser simpática con los pájaros solitarios. Parece como si te hubieran insultado cuando te saca a bailar alguien que no sea uno de los chicos de moda. ¿Por qué, Berenice, en cuanto empiezo a bailar vienen a arrancarme de los brazos de mi pareja? ¿Y quién viene casi siempre? Pues uno de esos pájaros solitarios. Ninguna chica puede permitirse el lujo de despreciarlos. Son mayoría en la fiesta. Los chicos más tímidos, a quienes les da miedo hablar, son la mejor práctica para la conversación. Los chicos torpes son la mejor práctica para el baile. Si consigues llevarles la corriente y parecer encantadora es que puedes seguir a un tanque a través de una alambrada más alta que un rascacielos.

Berenice suspiró profundamente, pero Marjorie no había terminado.

—Si vas a una fiesta y se lo pasan bien contigo, digamos, tres de esos pájaros solitarios; si sabes darles conversación para que olviden que quizá llevan demasiado rato bailando contigo, habrás conseguido algo: volverán la próxima vez, y poco a poco tantos pájaros solitarios bailarán contigo que los chicos atractivos no tendrán miedo de tener que pasarse la noche cargando contigo, y entonces te sacarán a bailar.

—Sí —asintió Berenice, con voz apenas perceptible—. Creo que estoy empezando a comprender.

—Y, al final —concluyó Marjorie—, naturalidad y fascinación vendrán solas. Te despertarás una mañana dándote cuenta de que las has conquistado, y también se darán cuenta los hombres.

Berenice se puso de pie.

—Has sido infinitamente amable, pero nadie me había hablado antes así y estoy un poco asustada.

Marjorie no respondió: observaba pensativamente su propia imagen en el espejo.

—Eres un tesoro, ayudándome.

Marjorie tampoco le respondió, y Berenice pensó que estaba mostrando demasiado agradecimiento.

—Sé que no te gustan los sentimentalismos —dijo tímidamente.

Marjorie la miró de pronto.

—Ah, no pensaba en eso. Estaba pensando si no sería mejor que te cortáramos el pelo como un chico.

Berenice se desplomó de espaldas en la cama.

IV

La tarde del miércoles siguiente había una fiesta en el club de campo. Cuando entraron los invitados, Berenice descubrió con fastidio el sitio donde estaba la tarjeta con su nombre. Aunque a su derecha se sentaba G. Reece Stoddard, distinguido joven sin compromiso, muy deseable, el importantísimo puesto a su izquierda estaba reservado a Charley Paulson. Charley no era ni alto ni guapo ni brillante en sociedad, y, a la luz de sus nuevos conocimientos, Berenice se dijo que su único mérito para ser su pareja era que nunca la había sacado a bailar. Pero el fastidio desapareció con la sopa y recordó las detalladas instrucciones de Marjorie. Tragándose el orgullo, se volvió hacia Charley Paulson y se lanzó en plancha.

—¿Cree que debería cortarme el pelo como un chico, señor Charley Paulson?

Charley levantó los ojos sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque lo estoy pensando. Es una manera segura y fácil de llamar la atención.

Charley sonrió, complacido. No podía imaginarse que todo había sido premeditado y ensayado. Contestó que no sabía nada sobre cortes de pelo. Pero Berenice estaba allí para informarle.

—Quiero ser una vampiresa de la alta sociedad, ¿sabes? —anunció Berenice fríamente, y continúo informándolo de que el corte de pelo era el preludio necesario. Añadió que quería pedirle su opinión, porque le habían dicho que era muy exigente en lo que respecta a las chicas.

Charley, que sabía tanto de psicología de las mujeres como de los estados mentales de los monjes budistas, se sintió vagamente halagado.

—Así que he decidido —continuó Berenice, alzando un poco la voz— que a principios de la próxima semana iré a la barbería del Hotel Sevier, me sentaré en el primer sillón y me cortaré el pelo como un chico.

Titubeó al notar que la gente que estaba cerca había dejado de hablar para oírla, pero, tras un instante de confusión, recordó los consejos de Marjorie y acabó la frase dirigiéndose a todos los que podían oírla.

—Cobro la entrada, desde luego, pero si queréis venir a animarme, os conseguiré pases para la primera fila.

Hubo unas cuantas risas de aprobación, y, a su amparo, G. Reece Stoddard se inclinó rápidamente y le dijo al oído:

—Reservo un palco ahora mismo.

Berenice lo miró a los ojos y sonrió como si hubiera dicho algo excepcionalmente brillante.

—¿Estás de acuerdo con los pelados a lo chico? —le preguntó G. Reece, siempre en voz baja.

—Creo que son una inmoralidad —afirmó Berenice, muy seria—. Pero, claro, la gente espera que la entretengas, le des de comer o la escandalices.

Marjorie había copiado la frase de Oscar Wilde. Los hombres la recibieron con risas y las chicas con miradas rápidas y penetrantes. Y enseguida, como si no hubiese dicho nada ingenioso ni extraordinario, Berenice se volvió de nuevo hacia Charley y le habló confidencialmente al oído.

—Quiero saber tu opinión sobre algunas personas. Creo que eres un maravilloso juez de caracteres.

Charley se estremeció ligeramente, y le dedicó un sutil cumplido: derramó un vaso de agua.

Dos horas después, Warren Mclntyre miraba desde fuera de la pista a los que bailaban, y, mientras se preguntaba hacia dónde y con quién había desaparecido Marjorie, poco a poco, de modo inconexo, empezó a tomar conciencia: conciencia de que Berenice, la prima de Marjorie, en los últimos cinco minutos había cambiado de pareja otras tantas veces. Cerró los ojos, los abrió y volvió a mirar. Minutos antes, Berenice había bailado con un chico que estaba de paso en la ciudad, algo fácilmente explicable: un chico de paso no conocía nada mejor. Pero ahora bailaba con otro, y Charley iba ya en su busca con una entusiasta determinación en la mirada. Era curioso: Charley rara vez bailaba en una fiesta con más de tres chicas.

Warren estaba evidentemente sorprendido: el cambio de pareja acababa de realizarse, y el bailarín sustituido resultó ser, nada más y nada menos, el propio G. Reece Stoddard. Y G. Reece no parecía en absoluto contento de que lo hubieran relevado. Cuando Berenice pasó cerca, bailando, Warren la observó atentamente. Sí, era guapa, verdaderamente guapa; y aquella noche estaba francamente radiante. Tenía esa expresión que ninguna mujer, aunque sea una excelente actriz, puede fingir con éxito: parecía estar divirtiéndose. A Warren le gustaba cómo se había peinado; se preguntaba si el cabello brillaba así por la brillantina. Y el vestido le sentaba muy bien: un rojo oscuro que resaltaba el buen color de la piel y las sombras de los ojos. Recordó que le había parecido guapa cuando llegó a la ciudad, antes de darse cuenta de que era un aburrimiento. Qué pena que fuera aburrida: las chicas aburridas son insoportables. Pero, sí, era guapa.

Y su pensamiento volvió, zigzagueando, a Marjorie. Aquella desaparición sería como otras desapariciones. Cuando reapareciera, le preguntaría dónde había estado, y ella le respondería terminantemente que no era asunto suyo. Era una lástima que estuviera tan segura de que lo tenía en su poder. Marjorie disfrutaba pensando que a él no le interesaba ninguna otra chica de la ciudad; lo desafiaba a enamorarse de Genevieve o Roberta.

Warren suspiró. El camino hacia el corazón de Marjorie era, desde luego, un laberinto. Levantó la vista. Berenice bailaba otra vez con el chico que estaba de paso. Casi inconscientemente, se apartó de la fila de los que no bailaban, en dirección a Berenice. Entonces titubeó, y se dijo a sí mismo que sólo lo hacía por caridad. Cuando avanzaba hacia ella, tropezó de pronto con G. Reece Stoddard.

—Perdona —dijo Warren.

Pero G. Reece no perdió el tiempo en disculpas: ya bailaba otra vez con Berenice.

Aquella noche, a la una, Marjorie, con una mano en el interruptor de la lámpara del recibidor, se volvió para mirar por última vez los ojos resplandecientes de Berenice.

—Así que funcionó, ¿no?

—Sí, Marjorie, ¡sí! —exclamó Berenice.

—He visto que te lo pasabas estupendamente.

—¡Es verdad! El único problema ha sido que a medianoche casi me he quedado sin temas de conversación. He tenido que repetirme, con chicos distintos, claro. Espero que no comparen sus apuntes.

—Los chicos no suelen hacerlo —dijo Marjorie, bostezando—, y daría lo mismo, si lo hicieran: te encontrarían aún más interesante.

Apagó la luz y, mientras subían las escaleras, Berenice se apoyó con alivio en el pasamanos. Era la primera vez en su vida que estaba cansada de tanto bailar.

—Ya has visto —dijo Marjorie—, si un hombre ve que otro te invita a bailar mientras aún estás bailando con él, piensa que tienes que tener algo especial. Bueno, estudiaremos otros sistemas. Buenas noches.

—Buenas noches.

Mientras se deshacía el peinado, pasó revista a aquella noche. Había seguido las instrucciones al pie de la letra. Incluso cuando Charley Paulson la invitó a bailar por octava vez, simuló placer, mostrándose a la vez interesada y halagada. No había hablado del tiempo, ni de Eau Claire, ni de coches, ni de los estudios, sino que se había ceñido a tres temas de conversación: yo, tú, nosotros.

Y, pocos minutos antes de dormirse, una idea rebelde le había pasado soñolientamente por la cabeza: después de todo, el mérito era suyo. Marjorie, es verdad, le había sugerido los temas de conversación, pero Marjorie extraía sus temas de conversación de lo que leía. Ella, Berenice, había comprado el traje rojo, aunque no le gustara demasiado antes de que Marjorie lo descolgara de la percha… Y ella, con su voz, había pronunciado las palabras, y había sonreído con sus labios, y había bailado con sus pies. Marjorie era simpática… pero presumida… Simpática noche… Chicos simpáticos… Como Warren… Warren… Warren… cómo se llamaba… Warren…

Se quedó dormida.

V

La semana siguiente fue una revelación para Berenice. A la sensación de que la gente disfrutaba mirándola y escuchándola, siguió el fundamento de la confianza en sí misma. Al principio, desde luego, cometió numerosos errores. No sabía, por ejemplo, que Draycott Deyo era seminarista; no sabía que la había invitado a bailar porque la creía una chica discreta y reservada. Si lo hubiese sabido, no hubiera aplicado la táctica de empezar con un «¡Hola, bombazo!», ni hubiera seguido con la historia de la bañera: «No sabes el trabajo que me cuesta peinarme en verano: tengo el pelo muy largo; así que primero me peino, luego me maquillo y me pongo el sombrero, después me meto en la bañera, y por fin me visto. ¿No te parece el mejor sistema?».

Aunque Draycott Deyo estaba sufriendo todas las angustias de un bautismo por inmersión, y podía haber encontrado alguna lógica en aquellas palabras, hay que admitir que no la encontró. Consideraba el baño femenino como un asunto inmoral, y le expuso a Berenice algunas de sus ideas sobre la depravación de la sociedad moderna.

Pero, compensando aquel desafortunado episodio, Berenice logró numerosos y señalados éxitos que aumentaron su fama. El pequeño Otis Ormonde renunció a un viaje al Este para seguirla con devoción de cachorro, para diversión de sus amigos e irritación de G. Reece Stoddard: Otis arruinaba sus visitas vespertinas con la ternura nauseabunda de las miradas que dirigía a Berenice. Incluso le contó a Berenice la historia del palo y el vestuario para explicarle cómo, al principio, se habían equivocado espantosamente él y todos al juzgarla. Berenice se tomó a risa el incidente, con una sombra de abatimiento.

Quizá el más conocido y universalmente celebrado entre los temas de los que hablaba Berenice era el asunto del corte de pelo.

—Berenice, ¿cuándo te vas a pelar como un chico?

—Pasado mañana, quizá —contestaba, riéndose—. ¿Irás a verme? Ya sabes que cuento contigo.

—¡Claro que sí! A ver si te decides de una vez.

Berenice, cuyas intenciones peluqueriles eran rigurosamente deshonrosas, volvía a reírse.

—Ya falta poco. Os llevaréis una sorpresa.

Pero quizá el más significativo símbolo de su éxito fue el coche gris del hipercrítico Warren Mclntyre, que aparcaba todos los días frente a la casa de la familia Harvey. Al principio, la criada se quedó realmente perpleja cuando Warren preguntó por Berenice en lugar de por Marjorie; una semana después, le dijo a la cocinera que Berenice le había birlado a Marjorie su mejor pretendiente.

Y Berenice lo había hecho. Quizá todo empezó porque Warren quería darle celos a Marjorie; quizá tuvo la culpa el sello familiar, aunque irreconocible, que el estilo de Marjorie había dejado en las conversaciones de Berenice; quizá fueron ambas cosas y un poco de mutua y sincera simpatía. Pero, de cualquier modo, era opinión general entre los más jóvenes, una semana más tarde, que el más constante entre los pretendientes de Marjorie había sufrido un cambio imprevisible y se lanzaba al asalto de la invitada de Marjorie. Warren llamaba por teléfono a Berenice dos veces al día, le mandaba cartitas, y se les veía frecuentemente en el descapotable, empeñados en una de esas tensas, importantísimas conversaciones sobre si Warren era sincero.

Marjorie, cuando le tomaban el pelo, se limitaba a reír. Decía que estaba contentísima de que Warren hubiese encontrado por fin a alguien capaz de comprenderlo. Así que los más jóvenes también se reían, y creyeron que a Marjorie no le importaba el asunto, y dejaron de darle vueltas.

Una tarde, cuando sólo faltaban tres días para que volviera a casa, Berenice esperaba en el recibidor a Warren, con quien iba a ir a jugar al bridge. Estaba de un humor estupendo, y, cuando Marjorie —invitada también al bridge— apareció y, a su lado, empezó a arreglarse con indiferencia el sombrero ante el espejo, Berenice no estaba preparada para una pelea. Marjorie, con absoluta frialdad y concisión, sólo dijo tres frases.

—Ya puedes quitarte a Warren de la cabeza —dijo fríamente.

—¿Qué? —Berenice estaba completamente estupefacta.

—Ya está bien de que hagas el ridículo con Warren Mclntyre. No le importas un pimiento.

Durante un momento de tensión se miraron: Marjorie, desdeñosa y distante; Berenice, estupefacta, entre la irritación y el miedo. Entonces dos coches se detuvieron frente a la casa con gran estruendo de bocinas. Las dos se sobresaltaron, dieron la vuelta y salieron de prisa, juntas.

Mientras jugaba al bridge, Berenice luchó en vano por dominar una creciente inquietud. Había ofendido a Marjorie, la esfinge de las esfinges. Con las intenciones más honestas e inocentes del mundo, había robado algo que pertenecía a Marjorie. Se sintió repentina y horriblemente culpable. Después de la partida, cuando charlaban entre amigos y todos participaban en la conversación, la tormenta se fue acercando poco a poco. El pequeño Otis Ormonde la precipitó sin darse cuenta.

—¿Cuándo vuelves al jardín de la infancia, Otis? —le había preguntado alguien.

—¿Yo? El día que Berenice se corte el pelo.

—Entonces ya has terminado los estudios —dijo Marjorie rápidamente—. Sólo era un farol de los suyos. Creía que te habías dado cuenta.

—¿Es verdad? —preguntó Otis, dedicándole a Berenice una mirada llena de reproches.

A Berenice le ardían las orejas mientras buscaba una respuesta eficaz. Pero aquel ataque directo había paralizado su imaginación.

—Los faroles abundan en el mundo —continuó Marjorie, disfrutando como nunca—. Creía que ya tenías edad para saberlo, Otis.

—Bueno —dijo Otis—, quizá sea así, pero, ¡caramba!, con lo divertida que es Berenice…

—¿Seguro? —bostezó Marjorie—. ¿Cuál es su último chiste?

Nadie parecía saberlo. Y, en realidad, entretenida con el pretendiente de su musa, últimamente no había dicho nada memorable.

—¿De verdad era todo una broma? —pregunto Roberta con curiosidad.

Berenice titubeó. Sabía que todos esperaban un golpe de ingenio, pero, bajo la mirada repentinamente fría de su prima, se sentía absolutamente incapaz.

—No lo sé —evitó contestar directamente.

—¡Pamplinas! —dijo Marjorie—. ¡Confiesa!

Berenice se dio cuenta de que Warren había dejado de prestar atención al ukelele con el que había estado jugueteando y la miraba interrogativamente.

—¡No lo sé! —repitió. Tenía las mejillas encendidas.

—¡Pamplinas! —subrayó Marjorie.

—Vamos, Berenice —la animó Otis—. Cállale la boca.

Berenice volvió a mirar alrededor: parecía incapaz de evitar la mirada de Warren.

—Me gusta el pelo cortado como un chico —se apresuró a decir, como si le hubieran hecho una pregunta— y así me lo pienso cortar.

—¿Cuándo? —preguntó Marjorie.

—Cualquier día.

—Hoy es el mejor día —sugirió Roberta.

Otis pegó un brinco.

—¡Estupendo! —exclamó—. Vamos a organizar la fiesta del corte de pelo. En la barbería del Hotel Sevier, creo que dijiste.

Todos se habían puesto de pie. El corazón de Berenice latía con violencia.

—¿Qué? —balbuceó.

Del grupo salió la voz de Marjorie, muy clara y despectiva.

—No os preocupéis: ya se está echando atrás.

—¡Adelante, Berenice! —exclamó Otis, dirigiéndose hacia la puerta.

Cuatro ojos —los de Warren y los de Marjorie— la miraban fijamente, la juzgaban, la desafiaban. Titubeó, espantada, un segundo más.

—Venga —dijo de pronto—, me importa un bledo.

Al anochecer, una eternidad de minutos más tarde, camino del centro en el coche de Warren, al que seguía el coche de Roberta con todo el grupo, Berenice experimentó las mismas sensaciones que María Antonieta cuando la llevaban en un carro a la guillotina. Se preguntaba confusamente por qué no gritaba que todo era una equivocación. Apenas si era capaz de dominarse: le costaba no llevarse las manos al pelo para defenderlo de aquel mundo repentinamente hostil. No lo hizo. Ni siquiera el recuerdo de su madre podía ya detenerla. Ésta era la prueba suprema de su deportividad: así conquistaba su derecho indiscutible a pisar el paraíso estrellado de las chicas admiradas por todos.

Warren callaba, de mal humor, y, cuando llegaron al hotel, frenó junto el bordillo y con un gesto de la cabeza invitó a Berenice a que lo precediera. El coche de Roberta descargó una multitud carcajeante en la barbería, que tenía dos espléndidos escaparates.

Berenice, parada en el bordillo, miraba el rótulo de la Barbería Sevier. Sí, era la guillotina, y el verdugo era el dueño de la barbería, que, con bata blanca y fumando un cigarrillo, se apoyaba indolentemente en el primer sillón. Debía de haber oído hablar de Berenice; debía de llevar esperándola toda la semana, fumando eternos cigarrillos junto a aquel portentoso, demasiadas veces nombrado, sillón. ¿Le vendaría los ojos? No, pero le pondría una toalla blanca alrededor del cuello para que la sangre —qué tonterías, el pelo— no le cayera en el vestido.

—Ánimo, Berenice —dijo Warren.

Alzando el mentón, atravesó la acera, empujó la puerta batiente y, sin mirar a la turba bulliciosa, escandalosa, que ocupaba el banco de espera, se acercó al barbero.

—Quiero cortarme el pelo como un chico.

Al barbero se le abrió poco a poco la boca. El cigarrillo se le cayó al suelo.

—¿Eh?

—¡Que me corte el pelo como un chico!

Harta de preámbulos, Berenice se subió al sillón. Un tipo que ocupaba el sillón de al lado se volvió hacia ella y le echó un vistazo, entre la espuma y el estupor. Un barbero se estremeció y arruinó el corte de pelo mensual del pequeño Willy Schuneman. El señor O’Reilly, en el último sillón, gruñó y maldijo musicalmente en antiguo gaélico, mientras la navaja se hundía en su mejilla. Dos limpiabotas abrieron los ojos de par en par y se lanzaron hacia los zapatos de Berenice. No, Berenice no quería que se los limpiaran.

En la calle un transeúnte se detuvo a mirar, asombrado; una pareja lo imitó; media docena de narices de chico se pegaron de pronto al cristal; fragmentos de conversación llegaban a la barbería arrastrados por la brisa veraniega.

—¡Mirad, un chico con el pelo largo!

—¿Qué es esa cosa? Acaban de afeitar a una mujer barbuda.

Pero Berenice no veía nada, no oía nada. El único sentido que todavía le funcionaba le decía que el hombre de la bata blanca había cogido un peine de carey y luego otro; que sus dedos enredaban torpemente entre horquillas poco familiares; que estaba a punto de perder aquel pelo, aquel pelo maravilloso: no volvería a sentir el peso voluptuoso y largo cuando le caía por la espalda en un resplandor castaño oscuro. Estuvo a punto de rendirse, pero inmediata y mecánicamente la imagen que tenía ante sí volvió a aclararse: la boca de Marjorie curvándose en una leve sonrisa irónica, como si dijera:

—¡Ríndete y baja del sillón! Has querido jugármela y yo he descubierto tu engaño. Ya ves que no tienes nada que hacer.

Y una última reserva de energía brotó en Berenice, que apretó los puños bajo la toalla blanca mientras sus ojos se entrecerraban de una manera rara, de la que Marjorie hablaría mucho tiempo.

Veinte minutos después, el barbero giró el sillón hacia el espejo, y Berenice se estremeció al ver el desastre en toda su amplitud. Su pelo ya no era rizado: ahora caía en bloques lacios y sin vida a ambos lados de la cara, pálida de repente. Era una cara fea como el pecado. Ya lo sabía ella: que iba a estar fea, más fea que el pecado. El mayor atractivo de aquella cara había sido una sencillez de Virgen María. Ahora que la sencillez había desaparecido, Berenice era… Bueno… Terriblemente mediocre. Ni siquiera teatral, sólo ridícula: como un intelectual del Greenwich Village que se hubiese olvidado las gafas en casa.

Cuando se bajaba del sillón intentó sonreír, y fracasó miserablemente. Vio cómo dos de las chicas intercambiaban miradas; notó que los labios de Marjorie se curvaban en un gesto de burla reprimida, que los ojos de Warren de repente eran muy fríos.

—Ya lo veis —sus palabras cayeron en un silencio incómodo—, lo he hecho.

—Sí, lo has… hecho —admitió Warren.

—¿No os gusta?

Hubo dos o tres voces que de mala gana soltaron un «claro que sí», y otro silencio incómodo, y entonces Marjorie se volvió hada Warren, rápida y tensa como una serpiente.

—¿Me acompañas a la tintorería? —preguntó—. No tengo más remedio que recoger un vestido antes de la cena. Roberta, que vuelve a casa, puede llevar a los otros.

Warren miro absorto un punto en el infinito a través del escaparate. Luego, apenas un instante, sus ojos se detuvieron fríamente en Berenice antes de volverse hacia Marjorie. —Encantado —dijo lentamente.

VI

       Berenice no se dio cuenta de la perversidad de la trampa que le habían tendido hasta que no vio la mirada estupefacta de su tía antes de la cena.

—¡Berenice! ¡Por Dios!

—Me he pelado como un chico, tía Josephine.

—Pero, hija mía…

—¿No te gusta?

—¡Por Dios, Berenice!

—Creo que te he impresionado.

—No. Pero ¿qué va a pensar mañana por la noche la señora Deyo? Berenice, deberías haber esperado hasta después de la fiesta de los Deyo. Deberías haber esperado, si querías hacer una cosa así.

—Se me ocurrió de pronto, tía Josephine. Y, además, ¿por qué iba a importarle especialmente a la señora Deyo?

—¿Por qué, hija mía? —exclamó la señora Harvey—. En la charla sobre Las debilidades de la nueva generación que dio en la última reunión del Club de los Martes les dedicó quince minutos a las chicas que se cortan el pelo como un chico. Son su abominación preferida. ¡Y el baile es en tu honor y en honor de Marjorie!

—Lo siento.

—Ay, Berenice, ¿qué dirá tu madre? Pensará que yo te he dado permiso.

—Lo siento.

La cena fue una tortura. Había hecho un desesperado intento con las tenacillas de rizar, y se había quemado los dedos y un buen puñado de pelo. Se daba cuenta de que su tía estaba preocupada y apenada a la vez, y de que su tío no dejaba de repetir «¡Condenación!» una vez y otra vez, en, un tono ofendido y levemente hostil. Y Marjorie, muy tranquila, se atrincheraba tras una vaga sonrisa, una sonrisa vagamente burlona.

Pero la cena acabó. Tres chicos se presentaron; Marjorie desapareció con uno de ellos, y Berenice, después de intentar sin gana ni éxito entretener a los otros dos, suspiró de alivio cuando a las diez y media subió las escaleras, hacia su dormitorio. ¡Vaya día!

Cuando ya se había desnudado para acostarse, la puerta se abrió y entró Marjorie.

—Berenice —dijo—, siento mucho lo de la fiesta de los Deyo. Te prometo que se me había olvidado por completo.

—No importa —fue lo único que respondió Berenice. De pie ante el espejo, se pasaba lentamente el peine por el pelo corto.

—Mañana te acompaño al centro —continuó Marjorie—, y en la peluquería te lo arreglarán. No creía que llegaras hasta el final. Lo siento muchísimo, de verdad.

—¡No importa!

—Bueno, será tu última noche aquí, así que no creo que importe mucho.

Entonces Berenice hizo una mueca de dolor, porque Marjorie balanceaba los cabellos sobre sus hombros y los anudaba muy despacio en dos largas trenzas rubias, hasta que, vestida con una combinación color crema, le recordó el retrato delicado de una princesa sajona. Fascinada, Berenice observaba cómo crecían las trenzas. Eran pesadas, opulentas, y se movían entre los ágiles dedos como serpientes, y a Berenice apenas le quedaban unas reliquias, y las tenacillas de rizar, y todas las miradas que la acecharían en el futuro. Ya se imaginaba cómo G. Reece Stoddard, a quien le gustaba, le decía con modales de Harvard a su vecina de mesa que a Berenice no le deberían haber permitido ver tantas películas; se imaginaba a Draycott Deyo intercambiando miradas con su madre y mostrándose luego concienzudamente caritativo con ella. Pero quizá para mañana las noticias ya habrían llegado a la señora Deyo, que mandaría una fría notita rogándole que no se presentara en la fiesta. Y todos se reirían a sus espaldas y sabrían que Marjorie le había tomado el pelo; que sus posibilidades de ser una belleza habían sido sacrificadas al capricho celoso de una chica egoísta. Se sentó ante el espejo, mordiéndose el interior de las mejillas.

—Me gusta el pelo así —dijo con esfuerzo—. Creo que me sienta bien.

Marjorie sonrió.

—Está muy bien. Por Dios, no te preocupes más.

—No me preocupo.

—Buenas noches, Berenice.

Pero, mientras la puerta se cerraba, algo estalló dentro de Berenice. Se puso en pie de un salto, retorciéndose las manos, y, rápida y silenciosa, fue y sacó de debajo de la cama la maleta. Guardó algunos artículos de tocador y una muda. Luego vació en el baúl dos cajones de ropa interior y vestidos de verano. Se movía sin prisa, pero con absoluta eficacia, y, tres cuartos de hora después, el baúl tenía la llave echada y la correa atada, y Berenice vestía el traje de viaje que Marjorie le había ayudado a elegir.

Sentada al escritorio, escribió una nota para la señora Harvey en la que brevemente le explicaba los motivos de su partida. Cerró el sobre, escribió el nombre de la destinataria y lo dejó sobre la almohada. Miró el reloj. El tren salía a la una, y sabía que, andando hasta el Hotel Marborough, a dos manzanas de distancia, encontraría fácilmente un taxi.

De pronto, aspiró con fuerza una bocanada de aire y le relampagueó en los ojos una expresión que un experto en temperamentos habría relacionado vagamente con el gesto de obstinación inflexible que había mostrado en el sillón del barbero: quizá era una fase más desarrollada de aquel gesto. Berenice nunca había mirado así, y aquella mirada había de traer consecuencias.

Se acercó sigilosamente al escritorio, cogió algo que había allí, y, apagando todas las luces, permaneció inmóvil hasta que los ojos se acostumbraron a la oscuridad. Abrió con suavidad la puerta del dormitorio de Marjorie. Oía la respiración tranquila y regular de quien duerme con la conciencia tranquila.

Ya estaba junto a la cabecera de la cama, muy decidida, tranquila. Actuó con rapidez. Inclinándose, tocó una de las trenzas de Marjorie, la siguió con la mano hasta llegar a la cabeza y luego, despacio, para que la durmiente no sintiera el tirón, preparó las tijeras y cortó. Con la trenza en la mano, contuvo la respiración. Marjorie había murmurado algo en sueños. Berenice amputó hábilmente la otra trenza, esperó un instante y volvió, rápida y silenciosa, a su dormitorio.

Una vez abajo, abrió la gran puerta principal, la cerró con cuidado a sus espaldas y, sintiéndose extrañamente feliz y eufórica, salió del portal, a la luz de la luna, balanceando la pesada maleta como si fuera la bolsa de la compra. Cuando llevaba andando un minuto, se dio cuenta de que todavía llevaba en la mano izquierda las dos trenzas rubias. Se echó a reír inesperadamente. Hubo de cerrar bien la boca para aguantar un escandaloso ataque de risa. En aquel momento pasaba por la casa de Warren, e impulsivamente dejó el equipaje en el suelo y, balanceando las trenzas como trozos de cuerda, las lanzó hacia el porche de madera, donde aterrizaron con un leve ruido sordo. Volvió a reírse, sin aguantarse más.

—¡Hau! —rio frenéticamente—. Yo arrancar cuero cabelludo a esa cosa egoísta.

Luego cogió la maleta y bajó casi corriendo la calle iluminada por la luna.

Paine y el desafío de consolidar audiencias para la música docta

El ciclo Concierto Dominical en Paine, presentado cada mes por la Corporación Cultural Nuevo Horizonte en el Teatro de Paine, se ha consolidado en los últimos años como una iniciativa relevante para la difusión de música docta en la zona sur de la Región Metropolitana. Desde su creación en 2016, ha desarrollado una programación sostenida, con más de 60 presentaciones y una asistencia que suele fluctuar entre 50 y 100 personas por concierto. Estas cifras reflejan la existencia de un interés real por este tipo de oferta cultural fuera de los grandes centros urbanos.

Sin embargo, junto con estos avances, persiste un desafío importante: ampliar la audiencia y lograr una ocupación más alta de la sala. Más que un problema aislado, esta situación abre una reflexión más amplia sobre cómo se desarrollan los públicos en espacios culturales de menor escala y qué condiciones permiten su crecimiento sostenido.

En el contexto nacional, esta realidad no resulta excepcional. Los grandes recintos, como la Gran Sala Sinfónica Nacional o el Teatro Municipal de Santiago, cuentan con altos niveles de asistencia y un importante respaldo institucional. En contraste, las salas medianas y pequeñas enfrentan mayores dificultades estructurales, especialmente por la ausencia de un circuito comercial consolidado y la dependencia de fondos públicos o de la gratuidad como mecanismo de acceso.

A nivel regional, la situación presenta matices interesantes. En diversas ciudades se observa una buena recepción del público cuando se programan conciertos, incluso con una participación significativa de jóvenes. No obstante, la falta de continuidad en la oferta limita la posibilidad de generar hábitos culturales estables y de fortalecer una relación sostenida entre las audiencias y estos espacios.

En este escenario, el caso de Paine puede leerse como parte de un desafío compartido: cómo avanzar desde el interés puntual hacia la fidelización del público. La experiencia acumulada demuestra que existe una base sobre la cual seguir construyendo, pero también invita a explorar estrategias que permitan fortalecer el vínculo con la comunidad y ampliar el alcance de la iniciativa.

Diversos diagnósticos coinciden en que factores como la continuidad de la programación y la diferenciación de la oferta son clave para este proceso.

En definitiva, el Concierto Dominical en Paine representa una experiencia valiosa dentro del panorama cultural local. Su principal desafío no radica en su permanencia —ya demostrada—, sino en proyectar su desarrollo hacia una mayor consolidación de audiencias. Abordar este proceso de manera gradual y estratégica podría permitir no solo fortalecer el ciclo, sino también contribuir al desarrollo cultural de la Provincia del Maipo en el largo plazo.

Rodolfo Silva
Corporación Cultural Nuevo Horizonte
Mayo de 2026

(Publicado originalmente en la edición de mayo de 2026 de la revista Todo Paine)

PARTIÓ LA TEMPORADA 2026 DE LA CCNH PAINE

En marzo, la Corporación Cultural Nuevo Horizonte de Paine (CCNH Paine) puso en marcha sus actividades de la temporada 2026.

SE PIENSA EN PAINE
La serie de conferencias multi temáticas “Se Piensa en Paine” presenta cada mes una conferencia a cargo de un especialista en el tema tratado.
En marzo pasado, el profesor painino Marcelo Leppe se refirió a «El Renacimiento Italiano», oportunidad en que revisó los fundamentos artísticos de ese período, apoyado en su experiencia en las artes y en su reciente visita a importantes museos italianos.
En abril, Julio Osses, miembro de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, abordó los orígenes de la sociedad chilena desde un punto de vista antropológico. Su conferencia titulada «El sincretismo cultural temprano en el Chile de la Conquista» aportó nuevos antecedentes a un tema tratado ampliamente en “Se Piensa en Paine” durante 2025, cuando los profesores Rubén Stehberg y José Farías se refirieron a la presencia incaica en Chile, destacando el valor de su accionar en Chada, Paine.

Los temas que se presentarán en los próximos meses son variados y de gran atractivo.

CONCIERTO DOMINICAL EN PAINE
Con su concierto titulado “Músicos Paininos” comenzó en abril el ciclo de conciertos mensuales dedicados principalmente a la música docta. En esta oportunidad se mostró la importante evolución artística de los jóvenes de Paine en los últimos años. Si en la década del 2000, el destino obligado del joven painino era el trabajo ligado al campo, en los años que siguieron se presentó la posibilidad de integrarse a la vida urbana y seguir estudios de música.

Se presentaron en el Concierto Dominical de abril: Victoria Valdebenito (Flauta traversa), Camilo Valenzuela (Guitarra clásica), Ignacio Venegas (Órgano, integrando el Trío Bohemia) y Juan Bustamante (Guitarra/Jazz). Todos ellos son jóvenes músicos paininos.

EXPOSICIONES DE ARTE
En los últimos años creció con fuerza el “Círculo de las Bellas Artes” en la CCNH Paine. Su aporte significó el montaje de cuatro o cinco exposiciones cada año, todas ellas en alguna de las salas del Centro Cultural de Paine. Así, se han mostrado obras con distintas técnicas y materialidades, de artistas nacientes como profesionales. Zángano Pintor, Domeyko, D’Angelo, CrisCruz, son algunos de los nombres que recordamos por sus especiales trabajos.

Hasta el presente año, cuando sorpresivamente se pudo apreciar que las salas de exposiciones del Centro Cultural de Paine fueron convertidas en los recintos donde se venden los vales de gas licuado correspondientes al programa «Invierno calentito».  La habilitación de casetas para el trabajo de los cajeros en uno de los muros de la sala principal, hacen pensar que se trata de cambios difíciles de revertir.
Como consecuencia, el Centro Cultural de Paine no cuenta hoy con salas de exposiciones y la CCNH Paine solo podrá ofrecer dos exposiciones, a fines del 2026, en octubre y noviembre.

Este contratiempo para el desarrollo de la actividad artística en Paine pone de relieve la necesidad de nuevos espacios donde presentar artistas. ¿Será buena idea proponer que en restaurantes o cafeterías se habiliten espacios apropiados? Dejamos propuesta la idea. Paine los necesita.

Rodolfo Silva
Corporación Cultural Nuevo Horizonte
Abril de 2026

(Publicado originalmente en la edición de abril de 2026 de la revista Todo Paine)

El cultivo de la sensibilidad literaria

No cabe duda de que los mejores instrumentos para cultivar la sensibilidad literaria son la lectura y la escritura. Sensibilidad literaria en cuanto capacidad para percibir, interpretar y emocionarse con lo que la literatura expresa, incluso cuando lo hace de manera sutil o simbólica. La crítica literaria, sin embargo, resulta ser una ayuda adicional, puesto que en ella un experimentado especialista en lectura y escritura nos dice dónde poner la mirada, en qué elementos literarios es recomendable poner atención, cómo conviene conformar un texto si estamos dedicados a su escritura.

Por ese motivo nos parece atractiva la idea de compartir con ustedes la crítica que un estudioso contemporáneo hace a un libro de cuentos publicado recientemente. Se trata de una nota que Pedro Gandolfo dedica al último libro del escritor chileno Carlos Iturra.

EL CUENTO COMO ESTOCADA
La crítica, de Pedro Gandolfo

Está fuera de toda duda que Carlos Iturra es un eximio representante del género cuentístico en Chile y, por ello, de cada nuevo volumen el lector puede esperar una sucesión de narraciones pulcras y punzantes. El libro Nada en el espejo. Cuentos de odio, de lucidez y de inmortalidad no lo decepcionará. El oficio maduro de Iturra está presente en cada uno de los cuentos, la mano firme y elegante, alcanzando en alguno de ellos el rango de sobresaliente. Así como la calidad es pareja, en cambio, la diversidad de materias o contenidos es grande, de modo tal que resulta un desafío para un crítico reflexionar una calibración que les cale a todos, distintos como son en su forma, temática, extensión, incluso, estilo. Iturra nada bien en distintas aguas.

Quizás un punto que reaparece en diversas narraciones sea la relevancia que posee la ciudad, la urbe en sus intrincadas formas, el barrio, el habitar mismo. No los trata solo como escenarios o elementos relevantes en la trama, como pasa varias veces, sino también como verdaderos protagonistas, como ocurre en «El barrio que frecuento», una soberbia narración en que la acción aparece tímida al final y, en cambio, la revisión melancólica y a la vez cruel del antiguo barrio tiene el protagonismo del relato. Otra narración tremenda donde se manifiesta la ciudad en otra de sus dimensiones es cementerio clandestino, un escalofriante relato, perfectamente urdido, en el cual una «toma”, que con realismo veraz es descrita, es la indispensable coprotagonista de la acción. Pero así como estos fragmentos mayores se despliegan, también en los demás relatos hay un cuidado por «situar» la acción con esmero y soltura como si se conocieran los lugares. Ejemplos de lo anterior son el departamento de Ismael Valdés Vergara y el Parque Forestal en «Oh Fortuna”; esa casa de la infancia transformada en hogar psiquiátrico en «Retomo al paraíso», o la catedral misma en la cruelmente graciosa «La fachada de la catedral».

A propósito de esto último, también hay otro rasgo que le concede un tinte común a esta selección de cuentos. Me refiero al sentido del humor que los recorre. Si bien hay algunos en que es más manifiesto, en todos el autor parece situarlos en una distancia irónica que le concede a su mirada un humor que va desde la ironía implícita a la sonrisa maliciosa o la carcajada cruel. La misma «La fachada de la catedral» es un refinado chiste, ya que un terremoto pone fin a los desvelos del obispo, o, peor aún, en el estupendo «La desaparición de Silvana Lagos», en el que un error de identidad lleva a la pobre secretaria a una horrible muerte. El humor de Iturra es negro y, a menudo, cruel.

Es interesante, en otro punto, señalar el papel de la mujer en estos relatos. El personaje de Renata en «El papel de la luz” (el relato inicial) se halla perfectamente trazado en pocas páginas con un vigor agobiante y, así mismo, por dar otro ejemplo, la Carolina de «Oh fortuna», o la Sofía del mismo cuento y la protagonista sin nombre de «El cementerio clandestino», una sepulturera víctima de un macabro ajuste de cuentas. Todas ellas, y otras más en distintos relatos, son figuras poderosas en las que la trama se apoya y converge.

El juego de las clases sociales es otra constante de estos cuentos. Carlos Iturra está plenamente consciente del factor esencial que la pertenencia a una clase social puede actuar en el comportamiento humano. Los personajes de estos cuentos se hallan cuidadosamente situados en un estrato social de entre los estratos en que se subdivide la sociedad chilena. No tiene preferencia por uno de ellos, sino que de cuento en cuento va cambiando de estamento de manera admirable. Admirable porque parece que conociera las reglas que los rigen de primera mano y porque los mira desde fuera con veracidad crítica.

No se puede dejar de mencionar, en fin, de este notable conjunto de relatos la habilidad formal del autor. No todos son iguales en su técnica. Algunos, pocos acaso, progresan del modo más clásico. Opta más bien Iturra por ensayar distintas formas, estilos y recursos. Resultan especialmente atractivos los finales que, aunque abiertos algunos, dejan al lector como en una perpleja agonía. Una estocada más que un noqueo.

Habría mucho más que decir. Pero, en fin, “Nada en el espejo” (el cuento que le da nombre al libro es muy bueno) es un conjunto sólido, estremecedor y refinado de cuentos que viene a confirmar la excelente trayectoria de Carlos Iturra en este rubro.

Publicado originalmente en blogs.elmercurio.com/cultura

Pedro Gandolfo es un escritor, abogado y docente chileno que desde 2015 es Miembro de Número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, una de las seis Academias que integran el Instituto de Chile.

Carlos Iturra (Santiago, 1956) es un escritor chileno, destacado principalmente por sus cuentos. Ha sido galardonado en múltiples ocasiones con el Premio Municipal de Literatura de Santiago (2005, 2009, 2017) y con el Premio Mejores Obras Literarias Publicadas (2005, 2009), entre otros.​

El Canario, Katherine Mansfield

¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.

…No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es sólo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar, se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final. Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la baranda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.

¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar sólo para mí. Parecía que lo comprendiera…; algo que es nostalgia y sin embargo no lo es. O quizá el dolor de lo que uno echa de menos, sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.

…Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mí misma diciéndole:

-¿Ya estás aquí, amor mío?

Desde aquel instante fue mío.

…Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa. Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir. «Eres un verdadero comediante», le decía riñéndolo. Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de lechuga y media manzana. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. En su percha jamás había una mancha. Y sólo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que te miren». Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza… ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto, me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.

…Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar? Pero me acuerdo de que aquella noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza, y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.

…¿Has tenido pájaros alguna vez?… Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no tiene un foxterrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad, estoy segura. Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como que al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho. Supongo que aún estaba medio dormida: pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño horrible» o «Protégeme de la oscuridad». Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy». Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.

…Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. Sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.

Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?

FIN

“The Canary”,

Revista Athenaeum, 1923

Mansfield fotografiada por Lady Ottoline Morrell,1916-1917

Katherine Mansfield, (Wellington, Nueva Zelanda, 1888-Fontainebleau, Francia, 1923), fue una escritora neozelandesa.

Al igual que Virginia Woolf, con quien mantuvo una relativa amistad, Mansfield, en sus relatos, quería describir la vida cotidiana y las relaciones sociales en las clases medias cultivadas, a las que ambas pertenecían. Pero, por sobre todo, quería ver qué había debajo de esa bonanza. Podía ser algo dramático, la muerte, el término del amor o algo impreciso, un secreto. Combinó, entonces, hermosura y espanto, lo mezquino con lo sublime. Para ello, reflejó la belleza existente en toda vida humana.