Celebrar la Hispanidad

12 de octubre, Día de la Hispanidad y de Nuestra Señora del Pilar

 Chile, fértil provincia, y señalada
En la región Antártica famosa,
De remotas naciones respetada
Por fuerte, principal y poderosa;
La gente que produce es tan granada,
Tan soberbia, gallarda y belicosa,
Que no ha sido por rey jamás regida
Ni a extranjero dominio sometida.
-Alonso de Ercilla, La Araucana, Canto I

Con estos versos, escritos por un soldado que combatió en nuestra tierra, Chile entró a la lengua castellana y a la literatura universal. Antes de que existiera la República, ya tenía nombre y voz en el idioma que hoy hablamos. Este día invita a preguntarnos cómo nos llamamos a nosotros mismos y a qué comunidad de pueblos pertenecemos.

Hispanidad, no «Latinoamérica»
La hispanidad es la unidad cultural que nos identifica colectivamente con las naciones que formaron parte de la Monarquía Hispánica. Su fundamento es histórico y compartido: una lengua, una tradición religiosa, un modo de fundar ciudades y de organizar la vida en común. El término «Latinoamérica», en cambio, es una denominación posterior y de origen ajeno, que agrupa bajo una misma etiqueta realidades distintas y que desdibuja el vínculo histórico concreto que nos une con España y con las demás naciones hispanoamericanas.

Ser parte de la hispanidad no significa uniformidad. Dentro de la Monarquía Hispánica, cada territorio desarrolló rasgos propios según su geografía y, sobre todo, según su encuentro con los pueblos indígenas que lo habitaban. Del mestizaje entre lo hispánico y lo indígena nacieron las culturas de Hispanoamérica, diversas entre sí, pero unidas por el castellano y por la tradición católica.

Chile nace como reino
Nuestra identidad política tiene una raíz precisa. Pedro de Valdivia fundó Santiago en 1541 y organizó la gobernación que daría forma al Reino de Chile. El nombre «Chile» ya circulaba antes de su llegada, pero fue la empresa de Valdivia la que convirtió un conjunto de territorios y poblados indígenas en una unidad política única, con cabildos, tribunales y autoridades propias. Esa unidad se prolongó por casi tres siglos.

Por eso nuestra república no surgió de la nada: la forma de organización política del Reino de Chile estaba ya madura cuando, a comienzos del siglo XIX, llegó el momento de la independencia.

Lo que la hispanidad aportó
El primer aporte fue la lengua. El castellano dio a pueblos de idiomas muy diversos un instrumento común para entenderse, legislar, enseñar y crear literatura.

El segundo fue la escritura alfabética. Los pueblos indígenas de nuestro territorio no conocían la escritura, y en otras regiones de América existían sistemas jeroglíficos o simbólicos, de enorme valor, pero distintos de un alfabeto que permitiera registrar cualquier idioma. La imprenta y la escritura alfabética abrieron paso a la ley escrita, la crónica, la gramática y el archivo.

El tercero fue la rueda y, con ella, otra forma de organizar el espacio. Entre los pueblos andinos el movimiento se hacía a pie o con animales de carga, siguiendo rutas de cordillera. Con la rueda y el carro hubo que abrir caminos por los valles, y las ciudades se fundaron donde esos caminos y el agua lo permitían. La traza en damero de nuestras ciudades, con su plaza central, su iglesia y su cabildo, es herencia directa de ese modo de fundar. El cuarto fue la religión católica, que dio a la sociedad un horizonte moral común, una red de parroquias, escuelas y hospitales, y un calendario de fiestas que seguimos celebrando

Estatua ecuestre en el paseo de la Castellana de Madrid

Una huella que llega hasta donde no gobernó la Corona
La influencia hispánica es visible incluso en la Araucanía, donde la autoridad española y criolla nunca logró imponerse. Si observamos la vida mapuche actual, encontramos el trigo, que llegó desde España; el cordero, presente incluso en rituales de sacrificio; la textilería en lana de oveja, que desplazó a las fibras de camélidos que se usaban antes; y la platería, que se desarrolló en buena medida a partir del contacto con los pueblos andinos y los españoles durante la época colonial. El caballo transformó además su modo de vida y de guerra. Es la prueba de que la hispanidad no se limitó a los territorios donde gobernó: sus plantas, animales, técnicas y palabras se difundieron por toda la tierra.

Chile en las letras castellanas
Aunque lejano y pobre, Chile estuvo presente en la lengua castellana desde el comienzo, gracias a La Araucana. Su importancia no es menor: Cervantes la menciona en el capítulo VI de la primera parte del Quijote, en el célebre escrutinio de la biblioteca de don Quijote, donde el cura y el barbero deciden qué libros se salvan de la hoguera. Allí se lee:

—Aquí vienen —dijo el barbero— tres todos juntos: La Araucana, de don Alonso de Ercilla; La Austríada, de don Juan Rufo, jurado de Córdoba, y El Monserrate, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano.
—Todos estos tres libros —dijo el cura— son los mejores que en verso heroico en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia; guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, I, cap. VI

Que una obra sobre Chile figure entre las «más ricas prendas de poesía» de España dice mucho de la dignidad con que nuestro territorio entró en la cultura hispánica.

De un imperio a muchas naciones
La unidad política de la Monarquía Hispánica se quebró con la invasión napoleónica de la península en 1808. La ausencia del rey abrió una crisis de legitimidad, surgieron juntas de gobierno a ambos lados del Atlántico y, con el tiempo, nacieron distintos Estados: los de Hispanoamérica, por una parte, y la monarquía española, por otra. Se rompió la unidad política, pero no la cultural: seguimos compartiendo lengua, fe, derecho, costumbres y memoria.

Orgullo por nuestro idioma
Hoy, además, es el día de Nuestra Señora del Pilar, y es oportuno reivindicar el castellano. Es una lengua de gran riqueza morfológica y expresiva, con un sistema verbal y una sintaxis de enorme matiz. Su tradición gramatical es notablemente antigua: la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija, publicada en Salamanca en 1492, fue la primera gramática de una lengua romance moderna. Para comparar, la primera gramática impresa del inglés, el Pamphlet for Grammar de William Bullokar, apareció recién en 1586, casi un siglo después. Que tantas denominaciones comerciales y de uso cotidiano se hayan rendido a palabras inglesas, existiendo equivalentes castellanos perfectamente claros, es un descuido que bien podemos corregir.

Tumba de Colón en la catedral de Sevilla

Conclusión: una herencia que defender
La hispanidad es nuestro marco de identidad colectiva, y hoy enfrenta el riesgo de ser desplazada por visiones que niegan nuestras instituciones, desconocen el mestizaje que nos formó o reducen nuestra identidad cultural a una sola de sus raíces. Frente a las tesis indigenistas, que ven en la hispanidad solo una ruptura, cabe recordar que fue ella la que preservó. Fueron cronistas, misioneros y gramáticos hispánicos quienes registraron las lenguas vernáculas y las costumbres de los pueblos indígenas, como los cronistas de Indias y obras como el Arte y gramática general de la lengua que corre en todo Chile, del jesuita Luis de Valdivia (1606). Gran parte de lo que hoy sabemos de esos pueblos y de sus idiomas lo debemos a esa obra.

Celebrar la hispanidad es reconocer de dónde venimos: un reino fundado hace casi cinco siglos, una lengua que nos hermana con más de veinte naciones y un mestizaje que es el rostro mismo de Chile. Como escribió Ercilla, somos gente «tan soberbia, gallarda y belicosa» que defiende lo suyo; defendamos también esta herencia común.
-Por la razón o la fuerza.-


Héctor Ignacio Dalunas Pinto
La Reina, 12 de octubre de 2026