No cabe duda de que los mejores instrumentos para cultivar la sensibilidad literaria son la lectura y la escritura. Sensibilidad literaria en cuanto capacidad para percibir, interpretar y emocionarse con lo que la literatura expresa, incluso cuando lo hace de manera sutil o simbólica. La crítica literaria, sin embargo, resulta ser una ayuda adicional, puesto que en ella un experimentado especialista en lectura y escritura nos dice dónde poner la mirada, en qué elementos literarios es recomendable poner atención, cómo conviene conformar un texto si estamos dedicados a su escritura.
Por ese motivo nos parece atractiva la idea de compartir con ustedes la crítica que un estudioso contemporáneo hace a un libro de cuentos publicado recientemente. Se trata de una nota que Pedro Gandolfo dedica al último libro del escritor chileno Carlos Iturra.
EL CUENTO COMO ESTOCADA
La crítica, de Pedro Gandolfo
Está fuera de toda duda que Carlos Iturra es un eximio representante del género cuentístico en Chile y, por ello, de cada nuevo volumen el lector puede esperar una sucesión de narraciones pulcras y punzantes. El libro Nada en el espejo. Cuentos de odio, de lucidez y de inmortalidad no lo decepcionará. El oficio maduro de Iturra está presente en cada uno de los cuentos, la mano firme y elegante, alcanzando en alguno de ellos el rango de sobresaliente. Así como la calidad es pareja, en cambio, la diversidad de materias o contenidos es grande, de modo tal que resulta un desafío para un crítico reflexionar una calibración que les cale a todos, distintos como son en su forma, temática, extensión, incluso, estilo. Iturra nada bien en distintas aguas.
Quizás un punto que reaparece en diversas narraciones sea la relevancia que posee la ciudad, la urbe en sus intrincadas formas, el barrio, el habitar mismo. No los trata solo como escenarios o elementos relevantes en la trama, como pasa varias veces, sino también como verdaderos protagonistas, como ocurre en «El barrio que frecuento», una soberbia narración en que la acción aparece tímida al final y, en cambio, la revisión melancólica y a la vez cruel del antiguo barrio tiene el protagonismo del relato. Otra narración tremenda donde se manifiesta la ciudad en otra de sus dimensiones es cementerio clandestino, un escalofriante relato, perfectamente urdido, en el cual una «toma”, que con realismo veraz es descrita, es la indispensable coprotagonista de la acción. Pero así como estos fragmentos mayores se despliegan, también en los demás relatos hay un cuidado por «situar» la acción con esmero y soltura como si se conocieran los lugares. Ejemplos de lo anterior son el departamento de Ismael Valdés Vergara y el Parque Forestal en «Oh Fortuna”; esa casa de la infancia transformada en hogar psiquiátrico en «Retomo al paraíso», o la catedral misma en la cruelmente graciosa «La fachada de la catedral».
A propósito de esto último, también hay otro rasgo que le concede un tinte común a esta selección de cuentos. Me refiero al sentido del humor que los recorre. Si bien hay algunos en que es más manifiesto, en todos el autor parece situarlos en una distancia irónica que le concede a su mirada un humor que va desde la ironía implícita a la sonrisa maliciosa o la carcajada cruel. La misma «La fachada de la catedral» es un refinado chiste, ya que un terremoto pone fin a los desvelos del obispo, o, peor aún, en el estupendo «La desaparición de Silvana Lagos», en el que un error de identidad lleva a la pobre secretaria a una horrible muerte. El humor de Iturra es negro y, a menudo, cruel.
Es interesante, en otro punto, señalar el papel de la mujer en estos relatos. El personaje de Renata en «El papel de la luz” (el relato inicial) se halla perfectamente trazado en pocas páginas con un vigor agobiante y, así mismo, por dar otro ejemplo, la Carolina de «Oh fortuna», o la Sofía del mismo cuento y la protagonista sin nombre de «El cementerio clandestino», una sepulturera víctima de un macabro ajuste de cuentas. Todas ellas, y otras más en distintos relatos, son figuras poderosas en las que la trama se apoya y converge.
El juego de las clases sociales es otra constante de estos cuentos. Carlos Iturra está plenamente consciente del factor esencial que la pertenencia a una clase social puede actuar en el comportamiento humano. Los personajes de estos cuentos se hallan cuidadosamente situados en un estrato social de entre los estratos en que se subdivide la sociedad chilena. No tiene preferencia por uno de ellos, sino que de cuento en cuento va cambiando de estamento de manera admirable. Admirable porque parece que conociera las reglas que los rigen de primera mano y porque los mira desde fuera con veracidad crítica.
No se puede dejar de mencionar, en fin, de este notable conjunto de relatos la habilidad formal del autor. No todos son iguales en su técnica. Algunos, pocos acaso, progresan del modo más clásico. Opta más bien Iturra por ensayar distintas formas, estilos y recursos. Resultan especialmente atractivos los finales que, aunque abiertos algunos, dejan al lector como en una perpleja agonía. Una estocada más que un noqueo.
Habría mucho más que decir. Pero, en fin, “Nada en el espejo” (el cuento que le da nombre al libro es muy bueno) es un conjunto sólido, estremecedor y refinado de cuentos que viene a confirmar la excelente trayectoria de Carlos Iturra en este rubro.
Publicado originalmente en blogs.elmercurio.com/cultura
Pedro Gandolfo es un escritor, abogado y docente chileno que desde 2015 es Miembro de Número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, una de las seis Academias que integran el Instituto de Chile.
Carlos Iturra (Santiago, 1956) es un escritor chileno, destacado principalmente por sus cuentos. Ha sido galardonado en múltiples ocasiones con el Premio Municipal de Literatura de Santiago (2005, 2009, 2017) y con el Premio Mejores Obras Literarias Publicadas (2005, 2009), entre otros.