Cupido y los mayores de 60

Esta nota es exclusivamente para mayores de 60 y plantea una interrogante que probablemente se repite en cada década: ¿cuánta responsabilidad tenemos nosotros, los mayores de 60, respecto de las manifestaciones artísticas que podemos ver hoy en el país y de aquellas que veremos en los años que nos quedan antes de partir?

Asistimos hace pocos días, en Santiago, a una ópera de cámara clásica, donde uno de los protagonistas es Cupido. Todos recordamos a Cupido.
La importancia de Cupido en las artes es extraordinaria. Pocas figuras mitológicas han sido representadas con tanta frecuencia y continuidad durante más de dos mil años. Su relevancia radica en que simboliza una experiencia universal: el amor, el deseo, la atracción y el poder de las emociones sobre la razón. «El amor no se mira con los ojos, sino con la mente, y por eso al alado Cupido lo pintan ciego», dice la inmortal cita de William Shakespeare.

Cupido es una de las figuras más persistentes de la literatura occidental. Aparece como dios, símbolo, personaje alegórico o metáfora del deseo desde la Antigüedad hasta la poesía moderna. No es solo un personaje mitológico; es una explicación poética de por qué los seres humanos se enamoran, sufren o actúan contra su propio juicio.
Las referencias a Cupido son muy frecuentes también en la música clásica, especialmente en la ópera, la cantata y la música vocal de los períodos barroco y clásico. Algunas de las más conocidas son la ópera L’incoronazione di Poppea (Claudio Monteverdi), Les Indes galantes y varias óperas-ballet (Jean-Philippe Rameau), la célebre ópera Orfeo ed Euridice (Christoph Willibald Gluck), la cantata Aminta e Fillide (Georg Friedrich Händel) y Le nozze di Figaro (Wolfgang Amadeus Mozart).
Para qué seguir: usted me entiende.
En la comentada ópera de cámara a la que asistimos, Cupido fue presentado con una caracterización gay que se apartaba claramente de la iconografía tradicional del personaje. No vestía una túnica larga, como los cupidos menores que aparecen en escena, sino una más corta que le llegaba poco más abajo de las rodillas; y sus movimientos, deliberadamente exagerados, proponían una lectura escénica gay que, a mi juicio, se alejaba de una tradición de más de dos mil años.
Que no quepa duda de que esta observación no pretende descalificar al artista ni desconocer la libertad creativa. Tampoco puede ignorarse que el arte, en todas las épocas, ha traspasado los límites que establece el canon. Mi reparo apunta, más bien, a una decisión de representación escénica que considero discutible desde el punto de vista de la tradición simbólica del personaje: a lo largo de la historia, Cupido no ha sido un personaje gay,

Reitero la pregunta inicial: ¿cuánta responsabilidad tenemos nosotros, los mayores de 60, respecto de las manifestaciones artísticas que podemos ver hoy en el país y de aquellas que veremos en los años que nos quedan antes de partir?, ¿cuánta responsabilidad tenemos respecto de los niños que se están iniciando en el arte?, ¿qué entenderán ellos por arte?, ¿llegarán a pensar que el mundo comenzó cuando nacieron, sin tener noción alguna de lo heredado?, ¿estamos en el país en condiciones de superar la calidad artística que encontramos en la tradición?
Solo puedo pensar que los mayores no tenemos responsabilidad alguna.

Rodolfo Silva
Corporación Cultural Nuevo Horizonte de Paine
Paine, junio de 2026

(Publicado originalmente en la edición de junio 2026 de la revista Todo Paine)