Nos es muy grato invitarlo al concierto «Música para la integración«, iniciativa enmarcada en el Ciclo Conciertos Dominicales, que ofrece cada mes la Corporación Cultural Nuevo Horizonte de Paine.
El evento será el próximo domingo 5 de noviembre a las 12.00 horas en el Teatro de Paine y considera la participación de la Orquesta Juvenil Nuevo Horizonte y la Orquesta para la Integración, conformada esta última por inmigrantes, en su mayoría venezolanos.
Uno de los fenómenos más significativos de esta década es, sin duda alguna, el de las migraciones, cuyos efectos no son solamente visibles aquí en Chile, sino en el mundo entero, transformándose en un tema que debaten hoy los líderes mundiales.
Para la Corporación Cultural Nuevo Horizonte este no es un asunto ajeno, especialmente porque concierne a niños y jóvenes. Surge así la aspiración de integrar a la comunidad extranjera residente en Chile con el fin de transformarnos en un punto de encuentro entorno a la música, aquí, en Paine, en el Corazón de Chile.
Se produce así una natural coincidencia entre la Corporación Cultural Nuevo Horizonte y el «Proyecto de Desarrollo Multicultural y Educativo: Música para la integración”, impulsado por una agrupación de músicos profesionales venezolanos con el fin de conformar una orquesta profesional y dedicarse a la enseñanza musical en aquellos sectores con elevados niveles de vulnerabilidad en Chile.
No podía ser de otra forma: la Orquesta Sinfónica del Proyecto: “Música para la Integración” busca congregar a todos los músicos y académicos extranjeros que se encuentran radicados en el país para ofrecer sus servicios musicales y educativos en ésta, la nación que les dio acogida.
Su noble misión social y pedagógica, respaldada por una tradición de 40 años de excelencia musical, su fuerte arraigo cultural y la dura realidad que conlleva la migración, ha permitido a la Orquesta Sinfónica del Proyecto: “Música para la Integración” contar con el patrocinio de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y el apoyo de municipalidades como Providencia, Ñuñoa, Lo Barnechea y Santiago.
Un anticipo musical
El Concierto Dominical en Paine, convocado por la Corporación Cultural Nuevo Horizonte en los dos últimos años, tiene el honor de presentar al Proyecto: “Música para la Integración” en sus espacios. Para ello, tenemos y aun camino recorrido en conjunto: varios de sus músicos profesionales han sido profesores de la Orquesta Juvenil Nuevo Horizonte y han mostrado su talento en ediciones anteriores del Concierto Dominical.
Orquesta Juvenil Nuevo Horizonte
Con toda seguridad podemos afirmar que el repertorio que se escuchará ese día, una combinación de música clásica universal y música latinoamericana, despertará el espíritu de hermandad y bienestar que tanto ansiamos.
Reciba nuestra cordial invitación para acompañarnos en Paine el primer domingo de noviembre.
La invitación de Ana Vanessa Marvez, Fundadora y Directora del Proyecto: “Música para la Integración”
La invitación del clarinetista Alejandro Suárez, de México, integrante de la Orquesta Sinfónica del Proyecto: “Música para la Integración”
La invitación de Jesús Peña, Violinista venezolano, integrante de la Orquesta Sinfónica del Proyecto: “Música para la Integración”.
La entrada es gratuita, al igual que los estacionamientos situados frente al Teatro.
Ver mapa: Cómo llegar a Paine (Click para ampliar)
«Cuando usted lea esta carta, o su hijo estará muerto o habrá llegado a Punta Arenas con los náufragos. No retornaré solo«.
En 1915, Ernest Shackleton, marino y aventurero inglés, consiguió fondos para dirigirse al Polo Sur en un barco llamado “Endurance”. Atrapado por los hielos, la embarcación fue triturada y hundida por el hielo. Con los botes salvavidas se refugia junto a sus 30 hombres en la isla Elefante, en el Mar de Weddel quedando totalmente aislados e incomunicados del mundo. En esas circunstancias, Shakleton decide salir a buscar ayuda, para lo cual preparan uno de los botes, que llamó “James Caird” en honor a uno de sus financistas de la expedición, de sólo 6,9 metros de eslora, con 6 hombres. Agregaron una tonelada de piedras en el fondo de la pequeña nave para que las gigantescas olas y los vientos no la volcaran. Recorrieron en ella 1.600 kilómetros, eligiendo como destino la isla Shettland del Sur por existir allí una estación ballenera británica y por tanto mayor posibilidad de ayuda.
Ernest Shackleton, marino y aventurero inglés.
Visité la réplica del “Caird”. Es realmente pequeño, (el original está en un museo de Inglaterra), sin duda una proeza sortear olas de 10 metros en vísperas del invierno por más de 1000 kms. Shackleton ya en tierra firme comienza a buscar ayuda.
La respuesta fue tibia en Argentina y Uruguay, mientras los marinos esperaban su llegada o la muerte en la Isla Elefante. El tiempo apremiaba. Llega a Punta Arenas y aparece su salvador : Luis Pardo Villalón “El Piloto Pardo”, (1882-1935) quién oficialmente autorizado por el mando de la Armada de Chile y acompañado de Shakleton, parte con la precaria Escampavía “ Yelcho” al rescate. La Yelcho, de sólo 36,5 metros de eslora, no tenía luz eléctrica, ni calefacción ni comunicaciones, sus marinos confiaban sólo en su Piloto para sortear los vendavales, los hielos y enormes olas del mar abierto, máxime cuando el invierno se acercaba. El 3 de Septiembre de 1916 el bravo Piloto Pardo llega Punta Arenas con todos los rescatados sanos y salvos, a los que libró de una muerte segura.
Réplica del “James Caird»
La noticia recorrió el mundo, Chile estaba en primer plano de la prensa mundial. El gobierno inglés le ofrece una suma de 25.000 libras esterlinas de recompensa al piloto Pardo. Este las rechaza diciendo: “Sólo cumplí con mi deber de marino Chileno”. El honor más grande para él fue que su hazaña se anotó e incorporó en su Hoja de Vida Funcionaria y leída en la Orden del Día de todos los barcos e instalaciones de la Armada de Chile a lo largo del país. El resto estaba de más.
Para mejor conocer al Piloto Pardo y sus sentimientos, se expone la carta que deja a su padre al partir al peligroso rescate:
“La tarea es grande, pero nada me da miedo: soy Chileno. Dos consideraciones me hacen hacer frente a estos peligros: salvar a los exploradores y la Gloria de Chile. Estaré feliz de lograr lo que otros no. Si fallo y muero, usted deberá cuidar de mi Laura y de mis hijos, quienes quedarán sin sostén ninguno a no ser por el suyo. Si tengo éxito habré cumplido con mi deber humanitario como marino y como chileno. Cuando usted lea esta carta, o su hijo estará muerto o habrá llegado a Punta Arenas con los náufragos. No retornaré solo. Lo abraza Luis”.
El Piloto Pardo
En su recuerdo, siempre una Nave de la Armada lleva su nombre.
El Piloto Pardo se acoge a retiro y se jubila 3 años después, con la satisfacción del deber cumplido. En cuanto a Shakleton, con posterioridad a su fallida exploración organizó otra, muriendo de un ataque cardíaco en medio de ella. Está sepultado en las Falklands.
Agradecemos esta contribución que nos hiciera llegar don Marcelo Elissalde, Consejero Nacional Instituto O’Higginiano de Chile.
Con música de la Orquesta Juvenil Nuevo Horizonte, que varió desde la trabajosa partitura de estudio a la fantasía recreativa, comenzó el Concierto Dominical de septiembre de este año. A su regreso de las vacaciones de invierno la Orquesta estrenó su versión de «Pequeño Homenaje», compuesta por el maestro Manuel Olivares hace ya varios años; una partitura que permite apreciar el rol de cada fila en la orquesta. Una vez más hay que destacar el rol del maestro Olivares en el desarrollo de las orquesta juveniles chilenas, puesto que no solo ha aportado un contundente trabajo de arreglos musicales, sino que también ha contribuido en innumerables casos a reforzar la vocación musical de quienes han asistido a sus clases o ha sido dirigidos por su batuta. La participación de la Orquesta Nuevo Horizonte culminó con «Crazy Clock», la chispeante y alegre obra del destacado profesor de música norteamericano James Ployhar (1926-2007).
La presentación de la pianista Erika Vöhringer y su nieto Juan de Dios Montero tuvo múltiples significados. Por una parte, gracias a una cálida conversación en el escenario y a la afabilidad de ambos, se logró una especial cercanía con el público, en la que quedó en evidencia la forma en que la música puede sostener el alma de una familia. Fue también una oportunidad para que ex alumnos de la maestra, principalmente profesores de música de la provincia, volvieran a reencontrarla para apreciar su acogedor carácter y maestría musical. Finalmente, la interpretación de conocidas obras de autores clásicos a cargo de manos expertas, permitieron cumplir el deseo de muchos: escuchar buena música.
Este Concierto Dominical fue ofrecido en honor de María Cristina Cruz Icaza (Criscruz), socia de la Corporación Cultural Nuevo Horizonte, quien partió los últimos días de agosto después de algunos meses de postración. Rodolfo Silva, Presidente de la Corporación, destacó el aporte de María Cristina a la Corporación y la comunidad painina.
Por tercer año consecutivo artistas de Paine son premiados en uno de los certámenes nacionales que destaca por promover la creación artística.
Miriam Sepulveda
Cuando el artista comienza sus estudios formales, lo más probable es que le corresponda seguir un curso que relaciona la ética con el arte. Allí, recurriendo a los especialistas del pensamiento, o sea, a los filósofos, descubrirá algunos principios fundamentales. En efecto, Aristóteles, Tomás de Aquino, Schopenhauer, Kant, Heidegger, aquellos que la tradición occidental consigna como los pilares de nuestra cultura, se preocuparon de pensar acerca del sentido del arte. De ellos podemos tomar algunas ideas que se mantienen vigentes: “El sentido del arte es la búsqueda de la belleza y, si esta es alcanzada, también se tocará la verdad, lo verdadero”, “el arte es un tipo de conocimiento, distinto del conocimiento científico”; “así como la ciencia tiene su propio método, el método científico, el arte tiene uno propio: la contemplación”. Quien se adentra en el arte, en consecuencia, ve el mundo distinto, desde una perspectiva propia, ve lo que la mayoría no ve.
Esto último, poder ver lo que la mayoría no ve, puede ser considerada “la reserva moral de los pueblos”, aquello que inevitablemente le da particularidad a una sociedad, lo que adquiere una relevancia especial en estos tiempos en que todo tiende a la homogeneidad, a la homologación, a la pérdida de identidad. Esta “reserva moral” se ve fortalecida por competencias como el VII Concurso Provincial de Artes Visuales, organizado por la Municipalidad de San Bernardo, a cuya ceremonia de premiación asistimos en esta última semana de agosto.
Sin embargo, no es este el único mérito del trabajo que desarrolla el equipo municipal, puesto que el Concurso cuenta además con una amplia cobertura y llega, además de San Bernardo, a las comunas de Calera de Tango, Buin y Paine. De Paine es precisamente la pintora Míriam Sepúlveda, que obtuvo el tercer lugar en ese género artístico.
La Corporación Cultural Nuevo Horizonte tiene el honor de presentar a la pianista y profesora de Música ERIKA VÖHRINGER en Paine. Junto a su nieto Juan de Dios Montero, la maestra chilena interpretará obras para piano de los más trascendentes autores.
Durante su extensa carrera musical ERIKA VÖHRINGER ha destacado por ser una impulsora del desarrollo de la música en Chile, organizando tertulias musicales, como las del Parque Arrieta o las de Pirque, o contribuyendo a la formación de prestigiosas agrupaciones como el “Cuarteto Lírico de Chile”. Su trabajo de investigación y enseñanza de la música la ha convertido en una de las maestras más reconocidas de la academia.
El Concierto Dominical de la Corporación Cultural Nuevo Horizonte comenzará el primer domingo de septiembre con la interpretación de la Escuela de Música Nuevo Horizonte y el estreno de la obra Pequeño Homenaje, del maestro Manuel Olivares.
En la segunda parte, la maestra VÖHRINGER será acompañada por su nieto Juan de Dios Montero para mostrar su experiencia de la música en familia.
Paine cuenta con quince pianos, uno en cada escuela municipal. Este Concierto Dominical de seguro será una contribución al desarrollo del estudio del piano en nuestra comuna.
Los esperamos cordialmente el domingo 3 de septiembre, a las 12.00hrs., en el Teatro de Paine, Avda. 18 de septiembre 39, en el centro de Paine.
Una estupenda cita la del Concierto Dominical del mes de agosto. Elogiado por la destacada soprano chilena Ilse Simpfendorfer, que nos honró con sus aplausos, comenzó con la participación de Valezka González y Belén Araya, violinistas de nuestra Escuela de Música, que interpretaron música popular. Se cumple así uno de los objetivos propuestos para el presente año, esto es, que los músicos de nuestra Escuela puedan presentar trabajos surgidos de su propia preferencia e iniciativa. Se abre así un espacio para la exploración y la búsqueda que combina las motivaciones personales y las habilidades adquiridas.
La segunda parte del concierto estuvo a cargo del Amadeus Ensamble, cuarteto integrado por venezolanos de amplia trayectoria musical, quienes nos brindaron dos de los cuatro conciertos para flauta que escribió W.A. Mozart. Sin embargo, el valor musical del repertorio interpretado no solo fue la autoría, sino también la posibilidad de escuchar obras compuestas para el instrumento. Por lo general, se interpretan en flauta obras compuestas para otros instrumentos. Un doble privilegio, sin duda alguna.
Dado que los músicos del Amadeus Ensamble han tocado en los más prestigiosos escenarios del mundo (ver el perfil de los músicos más abajo) y han sido dirigidos por directores de talla mundial, muy novedosa y cercana fue la conversación con ellos en el escenario, desde donde contaron las impresiones y emociones vividas en esos conciertos.
De este modo, una vez más la Corporación Cultural Nuevo Horizonte tuvo el privilegio de presentar un concierto de primer nivel, que sin duda contribuye a ampliar el panorama artístico de nuestro querido Paine.
Los Cuarteto con flauta de Wolfgang Amadeus Mozart son una serie de cuatro cuartetos escritos para el flautista aficionado Ferdinand de Jean, compuestos probablemente entre 1777y 1778.
En 1777, el flautista holandés Ferdinand De Jean le encargó a Mozart la composición de cuatro cuartetos y tres conciertos para flauta. El músico austriaco solo terminó dos de estos últimos: el Concierto número 1 para flauta; y el Andante para flauta y orquesta. Al año siguiente, otro flautista, Adrien-Louis de Bonnière, le pidió una obra para interpretarla con su hija, que tocaba el arpa. El Concierto para flauta y arpa de Mozart, además de ser una de sus piezas más hermosas, es una de las más populares de la historia, y la única que incluye arpa.
JOEL MEDINA – Flautista
Estudió Ejecución Instrumental con mención en Flauta en el Conservatorio de Música Simón Bolívar y en la Academia Latinoamericana de Flauta.
Por diez años formó parte de la Orquesta Sinfónica Juvenil Teresa Carreño de Venezuela, donde llegó a ser Asistente de la fila de Flautas.
Con esa orquesta le correspondió ofrecer conciertos en Alemania (Bonn, Berlin), Viena, Ámsterdam, Madrid, Londres, Liechtenstein, Hamburgo, Toulouse, Noruega y Salzburgo.
Ha tocado bajo la batuta de afamados maestros como Gustavo Dudamel, Sung Kwak y Sir Simon Rattle.
Por un tiempo similar ha sido Profesor Itinerante de la Fundación Musical Simón Bolívar y recientemente profesor de flauta de la Escuela de Música Nuevo Horizonte, en Paine.
MARÍA GABRIELA MÉNDEZ – VIOLINISTA
A los 8 años comenzó sus estudios de música en la Orquesta Sinfónica Infantil De Chacao, en Venezuela, completándolos en los últimos años en el prestigioso Mozarteum de Venezuela y la Academia Latinoamericana De Violín.
Se ha desempeñado como Concertina en prestigiosas orquestas como la Orquesta Sinfónica Teresa Carreño de Venezuela, con la que ha participado en giras por Italia, Suecia, Portugal, Francia, Turquía, Alemania y Londres, China y Japón. Ha sido invitada especial como solista a distintos Festivales de Solistas.
En Chile ha obtenido en dos oportunidades la Beca Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil De Chile.
WISTON COSTERO – VIOLISTA
Con estudios en el Conservatorio de Música Simón Bolívar de Caracas, y la PUC de Chile, ha sido jefe de la fila de violas en destacadas orquestas venezolanas, binacionales y chilenas. Paralelamente, ha seguido estudios de Dirección Orquestal. Interpretando un repertorio donde destacan obras de Tchaikovski, Shostakóvich, Berstein y Mahler ha tocado en importantes escenarios internacionales como el Tokio Metropolitan Art Space y el Hiroshima City Bunka Koryu Kaikan, en Japón, el Seoul Arts Center y el Palacio Gyeongbokgung, en Corea del Sur, además del Teatro Felsenreitschule (Salzburgo, Austria), el Halic Congress Center Estambul (Turquía), Royal Albert Hall (Londres, Inglaterra), Teatro Colon de Buenos Aires,Teatro Municipal de Santiago. Dedicado también a la Dirección Orquestal, en el 2016 dirigió el Concierto de Fin de Año ofrecido en Paine por la Orquesta Juvenil Nuevo Horizonte.
EDUARDO FRANCO – VIOLONCELISTA
Egresado con honores como Licenciado en Música de la Universidad Experimental de las Artes, fue también alumno de la Academia Latinoamericana de Violoncelo, donde estudió por diez años. Ha recibido clases magistrales de maestros de reconocida talla internacional como: Wen-Sinn Yang (Suiza-Alemania), Francesco Strano y Luca Franzetti (Italia), Francis Gouton y Phillipe Tribott (Francia), Ana Ruth Bermúdez (Cuba), Daniel Grosgurin (Suiza), Matias de Oliveira (Brasil), y en Venezuela con grandes maestros como: William Molina, Marek Gajzler, Leandro Bandres, Horacio Contreras. Como integrante del “Cuarteto Eternum”, en el año 2008 obtuvo el Primer Premio del Concurso Internacional de Música de Cámara Tchaikovski, en la ciudad de Izhevsk, Rusia. Es miembro de la Internationale Junge Orchester Akademie (IJOA) – OsterFestival 2017. Por ocho años fue miembro de la fila de Violoncelos en la Orquesta Sinfónica Teresa Carreño de Venezuela, con la que realizó giras internacionales por Asia y Europa.
Stephen Edwin King (Portland, Maine, 21 de septiembre de 1947) es un escritor estadounidense conocido por sus novelas de terror. Ha escrito, sin embargo, varias obras importantes en otros géneros. Dejamos aquí para el deleite, un cuento, un cuento perfecto. Esperamos lo disfruten.
EL ULTIMO PELDAÑO DE LA ESCALERA
Stephen King
Ayer recibí la carta de Katrina, cuando aún no hacía una semana que mi padre y yo habíamos regresado de Los Angeles. Estaba dirigida a Wilmington, Delaware, y me había mudado dos veces después de vivir allí. Ahora la gente se muda mucho, y observé con curiosidad cómo las direcciones tachadas y los rótulos de cambio de domicilio podían asumir un aire acusador. Su carta estaba arrugada y manchada, con una esquina gastada por el manoseo. Leí su contenido y un momento después me encontré en la sala, con el teléfono en la mano, a punto de llamar a papá. Dejé el auricular con un sentimiento parecido al horror. Era anciano y había tenido dos infartos. ¿Estaba justificado que le telefoneara y le hablara de la carta de Katrina cuando acabábamos de volver de Los Ángeles? Eso podría haberlo matado. De modo que no lo llamé. Y no tenía a quién contárselo… Una carta como ésa era demasiado personal, tanto que sólo podría haber hablado de ella con mi esposa o con un amigo muy íntimo. En los últimos años no he entablado grandes amistades, y mi esposa Helen y yo nos divorciamos en 1971. Ahora sólo nos intercambiamos tarjetas de Navidad. ¿Cómo estás? ¿Cómo marcha el trabajo? Te deseo un feliz Año Nuevo. Había pasado toda la noche en vela, con la carta de Katrina. Podría haber escrito lo mismo en una postal. Debajo del «Querido Larry» había una sola frase. Pero una frase puede decirlo todo. Puede hacerlo todo. Recordé la imagen de mi padre en el avión, el aspecto avejentado y demacrado de su rostro bajo la implacable luz del sol, a 6.000 metros de altura, mientras volábamos hacia el Oeste desde Nueva York. Según el piloto acabábamos de sobrevolar Omaha, y papá dijo: «Está mucho más lejos de lo que parece, Larry.» Su voz destilaba una pena que me hizo sentir incómodo, porque no la entendía. La entendí mejor después de recibir la carta de Katrina. Nos criamos en un pueblo llamado Hemingford Home, ciento veinte kilómetros al oeste de Omaha. Allí vivíamos mi padre, mi madre, mi hermana Katrina y yo. Yo era dos años mayor que Katrina, a quien todos llamaban Kitty. Ésta era una niña hermosa y luego se convirtió en una hermosa mujer…, e incluso cuando tenía ocho años, en la época en que ocurrió el episodio del granero, ya era evidente que su cabello rubio como las barbas del maíz no se oscurecería nunca, y que sus ojos siempre conservarían su color azul escandinavo. Bastaba que un hombre mirara esos ojos para que quedara cautivado. Se podría decir que la nuestra fue una infancia campesina. Mi padre tenía ciento veinte hectáreas de pradera llana, fértil, donde cultivaba maíz y criaba ganado. Todos la llamaban sencillamente «la hacienda». En aquellos tiempos todos los caminos eran de tierra, exceptuando la carretera comarcal 80 y la carretera 96 de Nebraska, y un paseo a la ciudad era algo que esperabas durante tres días. Actualmente soy, según dicen, uno de los mejores abogados independientes de los Estados Unidos, especializado en corporaciones, y debo confesar, para ser sincero, que estoy de acuerdo con quienes sustentan esa opinión. En una oportunidad el presidente de una gran compañía me presentó al consejo de administración como su pistolero a sueldo. Uso los mejores trajes y mis zapatos están confeccionados con el mejor cuero. Tengo tres asistentes que trabajan durante toda la jornada para mí, y podría contratar otros doce, si los necesitara. Pero en aquellos tiempos iba a pie por un camino de tierra hasta una escuela de una sola aula, con los libros ceñidos por un cinturón, sobre el hombro, y Katrina me acompañaba. A veces, en primavera, íbamos descalzos. Y ésa era la época en que no te atendían en una cafetería ni podías comprar en un mercado, si no usabas zapatos. Después murió mi madre —cuando Katrina y yo asistíamos a la escuela secundaria de Columbia City— y dos años más tarde mi padre perdió la hacienda y se dedicó a la venta de tractores. Ése fue el fin de la familia, aunque entonces no pareció tan malo. Mi padre prosperó en su trabajo, se compró una agencia de ventas, y hace aproximadamente nueve años lo eligieron para un cargo directivo. Yo gané una beca en la Universidad de Nebraska, jugando al fútbol, y aprendí algo más que a sacar el balón de un cerrojo suizo. ¿Y Katrina? Pero es de ella de quien quiero hablar. El episodio del granero se produjo un sábado de comienzos de noviembre. En verdad, no recuerdo bien el año, pero Eisenhower todavía era presidente. Mamá estaba en una feria de beneficencia de Columbia City, y papá había ido a la casa de nuestro vecino más próximo (a diez kilómetros de distancia) para ayudarlo a reparar un rastrillo de heno. Teóricamente debería haber habido un peón en la hacienda, pero ese día no concurrió a trabajar y mi padre lo despidió antes de que transcurriera un mes. Papá me dejó una lista de las faenas que debía realizar (v también había algunas para Kitty) y nos ordenó que no nos fuéramos a jugar hasta que estuviera todo terminado. Pero eso no nos ocupó mucho tiempo. Estábamos en noviembre, y a esa altura del año ya no había grandes apremios. Nuevamente habíamos salido a flote. No sería siempre así. Recuerdo perfectamente aquel día. El cielo estaba encapotado, v si bien no hacía frío se sentía que quería hacer frío, que quería dejarse de rodeos v arremeter con la escarcha y la helada, la nieve y la cellisca. Los campos estaban desnudos. Los animales se mostraban lerdos y pesados. Por la casa parecían soplar raras comentes de aire que antes nunca habíamos sentido. En un día como ése, el lugar ideal era el granero. Caluroso, poblado por un agradable aroma combinado de heno, pelo y estiércol, y por los misteriosos cloqueos y arrullos de las golondrinas congregadas en el tercer henil. Si echabas la cabeza hacia atrás veías la blanca luz de noviembre que se filtraba por las grietas del techo y trataba de deletrear tu nombre. Ése era un juego que en realidad sólo parecía atractivo en los días encapotados de otoño. Había una escalera clavada a un travesaño de la parte más alta del tercer henil, una escalera que bajaba directamente al piso del granero. Nos habían prohibido trepar por ella porque estaba vieja y desvencijada. Papá le había prometido cien veces a mamá que la quitaría y la remplazaría por otra más sólida, pero cuando tenía tiempo para hacerlo siempre había algo que lo distraía. Por ejemplo, debía ayudar a reparar el rastrillo de un vecino. Y el peón no servía para nada. Si subías por la enclenque escalera —había exactamente cuarenta y tres peldaños, que Kitty y yo habíamos contado hasta hartarnos— terminabas en una viga situada a más de veinte metros del piso sembrado de paja. Y si después te deslizabas unos cuatro metros por la viga, con las rodillas trémulas, las articulaciones de los tobillos que crujían y la boca seca e impregnada de sabor a mecha quemada, quedabas suspendido sobre el almiar. Y entonces podías saltar de la viga y caer veinte metros en línea recta, en una horrible e hilarante zambullida mortal, hasta hundirte en un inmenso y mullido lecho exuberante. El heno tenía un olor dulzón, y al fin descansabas en medio de ese aroma de verano renacido, después de haber dejado el estómago atrás y en medio del aire, y te sentías…, bien, como debió de sentirse Lázaro. Habías saltado y habías sobrevivido para contarlo. Claro que era un deporte prohibido. Si nos hubieran sorprendido, mi madre habría puesto el grito en el cielo y mi padre nos habría azotado, a pesar de que ya no éramos críos. Debido al estado de la escalera, y también porque si por casualidad perdías el equilibrio y caías de la viga antes de haber llegado al blando colchón de heno, era seguro que te descalabrarías contra las duras tablas del piso. Pero la tentación era demasiado grande. Cuando no está el gato…, bien, ya conocéis el refrán. Ese día empezó como todos los otros, con una deliciosa sensación de miedo mezclado con deseos anhelantes. Estábamos al pie de la escalera, mirándonos el uno al otro. Kitty estaba congestionada, con los ojos más oscuros y centelleantes que de costumbre.
—Te desafío —dije.
—El desafiante sube primero —respondió Kitty.
—Las chicas suben antes que los chicos —contraataqué en seguida.
—No si es peligroso —respondió ella bajando recatadamente los ojos, como si no fuera público y notorio que ella era la segunda machota de Hemingford. Mas ése era su comportamiento habitual. Subía, pero no antes que yo.
—Está bien —asentí—. Ya subo. Ese año yo tenía diez años y era flaco como una estaca: pesaba aproximadamente cuarenta y cinco kilos. Kitty tenía ocho años y pesaba diez kilos menos. Pensábamos que si la escalera siempre nos había aguantado, seguiría aguantándonos indefinidamente, idea ésta que pone constantemente en apuros a hombros y naciones. Ese día sentí que la escalera cimbreaba un poco en la atmósfera polvorienta del granero a medida que subía cada vez a mayor altura. Como siempre, aproximadamente a mitad del trayecto, imaginé lo que me sucedería si de pronto la escalera cedía y se desmoronaba. Pero seguí subiendo hasta que pude sujetarme de la viga e izarme y mirar hacia abajo. Él rostro de Kitty, vuelto hacia arriba para mirarme, era un pequeño óvalo blanco. Con su camisa a cuadros desteñida y sus vaqueros azules, parecía una muñeca. Sobre mi cabeza, en los polvorientos recovecos del alero, las golondrinas arrullaban dulcemente. De nuevo, ajustándome al ritual:
—¡Qué tal, ahí abajo! —grité, y mi voz flotó hasta ella montada sobre motas de paja.
—¡Qué tal, ahí arriba! Me puse en pie. Oscilé un poco hacia atrás y adelante. Como siempre, parecieron soplar súbitamente extrañas corrientes de aire que no habían existido abajo. Oí los latidos de mi propio corazón mientras empezaba a avanzar con los brazos estirados para conservar el equilibrio. Una vez, una golondrina había revoloteado cerca de mi cabeza en ese momento de la aventura, y al respingar había estado a punto de caerme. Vivía con el temor de que ese trance pudiera repetirse. Pero no esta vez. Por fin estaba sobre el seguro colchón de heno. Ahora mirar hacia abajo era más sensual que terrorífico. Hubo un momento de expectación. Después salté al vacío, apretándome aparatosamente la nariz, como lo hacía siempre, y el súbito tirón de la gravedad me arrastró brutalmente, a plomo, v me hizo sentir deseos de gritar: ¡Oh, lo siento, me he equivocado, dejadme subir de nuevo! Entonces tomé contacto con el heno, me incrusté en él como un proyectil, y su olor dulzón y polvoriento me rodeó mientras seguía hundiéndome, como en un agua espesa, hasta quedar lentamente sepultado en la paja. Como siempre, sentí que un estornudo cobraba forma en mi nariz. Y oí que uno o dos ratones de campo huían asustados en busca de un sector más apacible del almiar. Y sentí, curiosamente, que había renacido. Recuerdo que en una oportunidad Kitty me había dicho que después de zambullirse en el heno se sentía fresca y flamante, como un bebé. En ese momento no le hice caso — porque entendía a medias lo que quería decir, y a medias no lo entendía— pero desde que recibí su carta, yo también pienso en eso. Bajé de la pila de heno, casi nadando en ella, hasta que mis pies tocaron el piso del granero. Tenía heno debajo de los pantalones y entre la espalda y la camisa. Se me había metido en las zapatillas y me asomaba por los codos. ¿Simientes de heno en el pelo? Claro que sí. En ese momento Kitty ya había llegado a la mitad de la escalera. Sus trenzas doradas bailoteaban sobre sus omóplatos, y seguía trepando por un haz polvoriento de luz. En otras ocasiones esa luz podría haber sido tan brillante como su cabello, pero ese día sus trenzas no tenían competencia…, eran el elemento de mayor colorido que había allí arriba. Pensé, bien lo recuerdo, que no me gustaba la forma en que se combaba la escalera. Parecía más destartalada que nunca. Entonces llegó a la viga, muy arriba… Y ahora yo era el pequeño, mi cara era el minúsculo óvalo blanco vuelto hacia ella cuando su voz bajó flotando junto con las briznas de paja que había movilizado mi salto.
—¡Qué tal, ahí abajo!
—¡Qué tal, ahí arriba!
Avanzó por la viga y mi corazón se distendió un poco en el pecho cuando calculé que estaba a salvo sobre el heno. Siempre ocurría lo mismo, aunque ella siempre había sido más grácil que yo… Y más atlética, si no os parece demasiado raro que diga esto acerca de mi hermana menor. Se empinó sobre las punteras de sus viejas zapatillas, con las manos estiradas al frente. Y después dio el salto del ángel. Hablad de lo inolvidable, de lo indescriptible. Bien, yo puedo describirlo… en parte. Pero no con la precisión suficiente para haceros entender hasta qué punto fue bello, perfecto, uno de los pocos trances de mi vida que parecen absolutamente reales y auténticos. No, no os lo puedo explicar con tanta fidelidad. Ni mi pluma ni mi lengua tienen la maestría que haría falta para ello. Por un instante fugaz pareció flotar en el aire, como si la sostuviera una de esas misteriosas corrientes ascendentes que sólo existían en el tercer henil, transformada en una golondrina rutilante de plumaje dorado como Nebraska no ha vuelto a ver otra. Era Kitty, mi hermana, con los brazos doblados hacia atrás y la espalda arqueada, ¡y cuánto la amé durante esa fracción de segundo! Y después cayó y se hundió en el heno y se perdió de vista. Del boquete que había abierto brotó una explosión de paja y de risas. Olvidé cuan débil me había parecido la escalera con ella encima, y cuando salió del almiar yo ya estaba nuevamente a mitad de trayecto. Yo también intenté ejecutar el salto del ángel, pero el miedo me atenazó como siempre, y mi ángel se transformó en una bala de cañón. Creo que nunca terminé de convencerme, como Kitty, de que el heno estaba allí. ¿Cuánto duró el juego? Quién sabe. Pero después de diez o doce saltos levanté la vista y vi que la luz había cambiado. Mamá y papá tardarían en volver y nosotros estábamos cubiertos de paja…, lo cual era una prueba tan contundente como una confesión firmada. Accedimos a pegar un salto más cada uno. Yo subí antes que ella y sentí que la escalera se movía bajo mis pies y oí, muy débilmente, el chirrido de los clavos que se aflojaban en la madera. Y por primera vez me sentí auténtica, activamente asustado. Creo que si hubiera estado más cerca del pie de la escalera habría bajado y que ahí habría terminado todo, pero la viga estaba más próxima y parecía más segura. Cuando me faltaban tres peldaños para llegar arriba aumentó el chirrido de los clavos tirantes y el terror me congeló súbitamente, con la certeza de que me había excedido. Hasta que mis manos cogieron la viga astillada y aligeraron a la escalera de mi peso. Un sudor frío, desagradable, pegoteaba las briznas de paja a mi frente. El juego ya había perdido su atractivo. Enderecé de prisa hacia el almiar y me dejé caer. Ni siquiera saboreé la parte placentera del salto. Mientras descendía, me imaginé lo que habría sentido si hubiera sido el piso sólido del granero el que venía a mi encuentro en lugar de la blanda turgencia del heno.
Cuando asomé en el centro del granero vi que Kitty trepaba apresuradamente por la escalera.
—¡Eh, baja! —grité—. ¡No es segura!
—¡Me sostendrá! —respondió ella con un tono confiado—. ¡Soy más ligera que tú!
—Kitty… —Pero no pude terminar la frase. Porque fue entonces cuando cedió la escalera. Se partió con un chasquido de madera podrida, astillada. Yo grité y Kitty chilló. Estaba más o menos donde me hallaba yo cuando me convencí de que había puesto exageradamente a prueba mi suerte. El peldaño sobre el que ella se apoyaba se desprendió y después los dos largueros se separaron. Por un momento la escalera, que se había zafado totalmente, pareció, a los pies de Kitty, un insecto portentoso, una mantis religiosa, que acababa de tomar la decisión de alejarse. A continuación la escalera se desplomó, estrellándose contra el piso del granero con un estampido seco que levantó una nube de polvo e hizo mugir, inquietas, a las vacas del establo vecino. Una de ellas pateó la puerta de su pesebre. Kitty lanzó un alarido agudo, penetrante. —¡Larry! ¡Larry! ¡Ayúdame! Sabía lo que había que hacer, lo comprendí en seguida. Tenía un miedo espantoso, pero conservaba el uso de mis facultades. Estaba a más de veinte metros de altura, sus piernas enfundadas en los vaqueros se agitaban frenéticamente en el vacío, y las golondrinas arrullaban sobre su cabeza. Sí, yo estaba asustado. Y confieso que todavía no soy capaz de presenciar un espectáculo de acrobacia en el circo, ni siquiera en la TV. Me revuelve el estómago. Pero sabía lo que había que hacer. —¡Kitty! —le grité—. ¡Quédate quieta! ¡Quieta! Me obedeció al instante. Dejó de agitar las piernas y quedó colgada verticalmente, con las manecitas cerradas sobre el último peldaño del extremo astillado de la escalera, como una acróbata cuyo trapecio se hubiera inmovilizado. Sinceramente, no recuerdo lo que ocurrió después, excepto que el heno se me metió en la nariz y empecé a estornudar y no pude contenerme. Corría de un lado a otro, levantando una pila de heno allí donde había estado la base de la escalera. Era una pila muy pequeña. Al mirarla, y al mirarla luego a ella, que colgaba tan arriba, cualquiera habría pensado en una de esas caricaturas que muestran a un tipo saltando desde cien metros dentro de un vaso de agua. Iba y venía. Iba y venía. —¡ Larry, no podré resistir más tiempo! —El timbre de su voz era atiplado y desesperado. —¡Tienes que resistir, Kitty! ¡Tienes que resistir! Iba y venía. El heno me caía dentro de la camisa. Iba y venía. Ahora la pila de heno me llegaba a la barbilla, pero el almiar en el que nos zambullíamos tenía ocho metros de profundidad. Pensé que si sólo se fracturaba las piernas debería darse por satisfecha. Y sabía que si caía fuera del heno se mataría. Iba y venía. —¡Larry! ¡El peldaño! ¡Se está zafando! Oí el chirrido sistemático y crepitante del peldaño que cedía por efecto de su peso. Volvió a agitar las piernas, despavorida, pero si seguía moviéndolas así le erraría inevitablemente al heno.
—¡No! —vociferé—, ¡No! ¡No hagas eso! ¡Suéltate! ¡Suéltale, Kitty! —Porque ya no tenía tiempo para juntar más heno. No tenía tiempo para nada que no fuera alimentar un ciego optimismo. Se soltó y se dejó caer apenas se lo ordené. Bajó recta como un cuchillo. Me pareció que su caída duraba una eternidad, con sus trenzas de oro fuertemente estiradas hacia arriba, con los ojos cerrados, con el rostro pálido como la porcelana. No gritó. Tenía las manos entrelazadas delante de los labios, como si rezara. Y cayó justó en el centro de la pila de heno. Se hundió en ella hasta perderse de vista. La paja salió despedida en todas direcciones como si hubiera estallado una granada, y oí el ruido que produjo su cuerpo al chocar contra las tablas. El ruido, fuerte y sordo, hizo que me recorriera un escalofrío mortal. Había sido demasiado fuerte, demasiado fuerte. Pero tenía que ver lo que había ocurrido. Llorando, me abalancé sobre la pila de heno y empecé a apartarlo, arrojando grandes manojos a mis espaldas. Salió a la luz una pierna enfundada en un vaquero, después una camisa a cuadros… Y después el rostro de Kitty. Estaba mortalmente pálida y tenía los ojos cerrados. Al mirarla me di cuenta de que estaba muerta. El mundo se puso gris, con un gris de noviembre. El único toque de calor que había en él era el de sus trenzas, de oro rutilante. Y después el azul profundo de sus iris cuando abrió los ojos. —¿Kitty? —Mi voz sonaba ronca, gangosa, incrédula. Mi garganta estaba tapizada de polvillo de heno—. ¿Kitty? —¿Larry? —pregunto ella, atónita—. ¿Estoy viva? La levanté del heno y la estrujé y ella me echó los brazos al cuello y me devolvió el abrazo. —Estás vivas —dije—. Estás viva, estás viva. Se había fracturado el tobillo izquierdo, y eso fue todo. Cuando el doctor Pedersen, el clínico general de Columbia City, entró en el granero con mi padre y conmigo, miró durante un largo rato las sombras del techo. El último peldaño de la escalera aún colgaba allí, sesgado, de un clavo. Como digo, miró durante un largo rato. —Un milagro —le dijo a mi padre, y después pateó desdeñosamente el heno que yo había apilado. Se encaminó hacia su «De Soto» polvoriento y se fue. Mi padre me colocó la mano sobre el hombro. —Iremos a la leñera, Larry —manifestó con voz muy serena—. Supongo que sabes qué es lo que pasará allí. —Sí, señor —susurré. —Quiero que cada vez que te zurre, Larry, le agradezcas a Dios que tu hermana sigue viva. —Sí, señor. Después nos fuimos. Me zurró muchas veces, tantas veces que durante una semana comí en pie, y durante las dos semanas siguientes con un cojín en mi silla. Y cada vez que me pegaba con su gran mano roja y callosa, yo le daba gracias a Dios. Con voz potente, muy potente. Cuando recibí los dos o tres últimos golpes, no tenía duda de que Él me oía.
Me dejaron entrar a verla un poco antes de la hora de acostarme. Recuerdo que había un tordo del otro lado de su ventana. Su pie vendado descansaba sobre una tabla. Me miró durante tanto tiempo y con tanta ternura que me sentí incómodo. Por fin dijo:
—Heno. Pusiste heno. —Claro que sí —exclamé—. ¿Qué otra cosa podía hacer? Cuando se rompió la escalera no me quedó ningún medio para llegar arriba. —No sabía lo que hacías —murmuró. —¡Pero tenías que saberlo! ¡Estaba debajo de ti, por el amor de Dios! —No me atreví a mirar —respondió—. Tenía demasiado miedo. No abrí en ningún momento los ojos. —¿No lo sabías? ¿No sabías lo que estaba haciendo? Meneó la cabeza. —Y cuando te dije que te soltaras…, ¿lo hiciste sin mirar? Asintió con un movimiento de cabeza. —Kitty, ¿cómo pudiste hacer eso? Me miró con esos profundos ojos azules. —Sabía que debías de haber hecho algo para solucionarlo —dijo—, Eres mi hermano mayor. Sabía que te ocuparías de mí. —Oh, Kitty, no imaginas qué poco faltó. Me había cubierto el rostro con las manos. Ella se irguió en la cama y las apartó. Me besó en la mejilla. —No —murmuró—. Pero sabía que tú estabas ahí abajo. Caray, qué sueño. Hasta mañana, Larry. El doctor Pedersen dice que me pondrán una escayola. Estuvo escayolada durante poco menos de un mes, y todos sus compañeros de escuela firmaron el yeso…, e incluso me lo hizo firmar a mí. Y cuando se lo quitaron, ahí terminó el episodio del granero. Mi padre remplazó la escalera que llevaba al tercer henil por otra nueva y fuerte, pero nunca volví a trepar a la viga para saltar sobre el heno. Por lo que sé, Kitty tampoco lo hizo. Ése fue el fin, pero no lo fue. Quién sabe por qué, la historia no terminó hasta hace nueve días, cuando Kitty saltó desde el último piso del edificio de una compañía de seguros, en Los Ángeles. Tengo el recorte del Los Angeles Times en mi billetera. Supongo que lo llevaré siempre conmigo, no con la alegría con que llevas las instantáneas de las personas que deseas recordar o las entradas de un buen espectáculo o parte del programa de un partido del Campeonato Mundial. Llevo el recorte conmigo como llevas algo pesado, porque tienes el deber de llevarlo. El titular dice; PROSTITUTA DE LUJO SE SUICIDA CON EL SALTO DEL ÁNGEL.
Crecimos. Esto es todo lo que sé, dejando de lado los hechos sin importancia. Ella pensaba estudiar Administración de Empresas en Omaha, pero el verano después de terminar el bachillerato ganó un concurso de belleza y se casó con uno de los jueces. Parece un chiste obsceno, ¿verdad? Mi Kitty. Mientras yo estudiaba Derecho ella se divorció y me escribió una larga carta, de diez o más páginas, en la que me contaba cómo había pasado todo, qué repugnante había sido, cómo todo habría sido mejor si ella hubiera podido tener un hijo. Me preguntaba si podía ir a verla. Pero perder una semana en la Facultad de Derecho es tan grave como perder un año en un curso inferior de artes liberales. Esos tipos son galgos. Si pierdes de vista el conejito mecánico, no lo encuentras nunca más. Se mudó a Los Angeles y volvió a casarse. Cuando naufragó ese matrimonio, yo había regresado de la Facultad de Derecho. Me escribió otra carta, más breve, más amarga. Me decía que nunca se dejaría atrapar en ese tiovivo. Era una rutina inalterable. La única forma de coger la sortija consistía en caerse del caballito y romperse el cráneo. Si ése era el precio de una vuelta gratis, ella no estaba dispuesta a pagarlo. Posdata: ¿Puedes venir, Larry? Hace mucho que no te veo.
Le escribí diciéndole que me habría encantado ir a visitarla, pero que no era posible. Había conseguido trabajo en una firma con grandes tensiones internas, y yo estaba en la base de la pirámide: todo el trabajo recaía sobre mis espaldas y nadie reconocía mis méritos. Si quería subir el escalón siguiente, tendría que lograrlo ese mismo año. Ésa fue mi larga carta, en la que hablaba exclusivamente de mi carrera. Contesté todas sus cartas. Pero nunca llegué a convencerme verdaderamente de que era Kitty quien las escribía ¿entendéis?, así como antes no había podido convencerme de que el heno estaba realmente allí…, hasta que interrumpía mi caída por el vacío y me salvaba la vida. No podía persuadirme de que mi hermana y la mujer vencida que firmaba «Kitty», rodeando su nombre con un círculo, al pie de las cartas, eran en realidad la misma persona. Mi hermana era una muchacha con trenzas, cuyos pechos aún no se habían desarrollado. Fue ella la que dejó de escribir. Me enviaba tarjetas de Navidad, me felicitaba para mi cumpleaños, y mi esposa le correspondía igualmente. Después nos divorciamos y yo me mudé y me olvidé de todo. La Navidad siguiente y, a continuación, el día de mi cumpleaños, las tarjetas me llegaron gracias a que había comunicado mi cambio de domicilio en la oficina de correos. El primer cambio. Y yo me decía constantemente: caray, tengo que escribirle a Kitty y comunicarle que me he mudado. Pero no lo hice. Sin embargo, como ya he dicho, todos éstos son detalles que carecen de importancia. Lo único que interesa es que maduramos y que ella dio el salto del ángel desde el último piso del edificio de una compañía de seguros, y que ella creía que el heno estaría siempre abajo. Kitty era la que había dicho: «Sabía que debías estar haciendo algo para solucionarlo.» Ésas son las cosas que en verdad importan. Y la carta de Kitty. Actualmente todos se mudan continuamente, y es curioso que esas direcciones tachadas y esos rótulos de cambio de domicilio puedan asumir la forma de acusaciones. Kitty había estampado el remite en el ángulo superior izquierdo del sobre, y esa dirección correspondía al apartamento donde había estado viviendo hasta que saltó. En un hermoso edificio de Van Nuys. Papá y yo fuimos allí a recoger sus cosas. La casera se mostró muy amable. Estimaba a Katty. El matasellos tenía fecha de dos semanas antes de su muerte. La carta debería haberme llegado mucho antes, si no hubiera sido por los cambios de domicilio. Ella debía de haberse cansado de esperar. Querido Larry: Últimamente he estado pensando mucho en eso… Y he resuelto que lo mejor para mí habría sido que el último peldaño se hubiera roto antes de que tú pudieses apilar el heno. Tu Kitty.
SÍ, supongo que Kitty debió de cansarse de esperar. Prefiero pensar esto y no que ella llegó a la conclusión de que yo la había olvidado. No me habría gustado que pensara eso, porque tal vez esa sola frase habría sido lo único que me habría hecho acudir corriendo a su lado. Pero ni siquiera ésta es la razón por la que ahora me cuesta dormirme. Cuando cierro los párpados y empiezo a amodorrarme, la veo caer del tercer henil, con los ojos dilatados y muy azules, el cuerpo arqueado, los brazos doblados hacia atrás. Ella era la que siempre sabía que el heno estaría allí.
A propósito de los festejos de conmemoración del Natalicio de Bernardo O´Higgins (20 Agosto de 1778), en su honor compartimos con ustedes un desconocido episodio de su vida familiar, contribución que nos hiciera llegar don Marcelo Elissalde, Consejero Nacional Instituto OHigginiano de Chile.
Doña Isabel Riquelme
En 1994 el gobierno del Presidente Eduardo Frei Ruiz Tagle, recibe una llamada del Cardenal de Chile don Carlos Oviedo Cavada, solicitando que ante la avanzada edad de los Cardenales Silva Henríquez y Fresno Larraín, y ante la pronta partida de ambos, se requería espacio físico para sepultarlos dentro de la Catedral de Santiago, como corresponde por su dignidad y tradición. Solicitaba, por lo tanto, el retiro de los cuerpos de doña Isabel Riquelme y de su hija Rosa Rodríguez Riquelme (conocida erróneamente como Rosa O´Higgins por ser media hermana del prócer). Ambas fallecidas en Lima (doña Isabel en 1839 , antes que su hijo en 1842 y doña Rosa en 1850), repatriadas a Chile y sepultadas, provisoriamente según se dijo en la oportunidad, en la Catedral en 1947.
Doña Rosa Rodríguez Riquelme
Se trataba de un virtual “desalojo“. Afortunadamente, recibió la petición en la Moneda don Rodrigo Moraga Guerrero, comisionado por el Presidente Frei, quien se comunicó con el entonces Presidente del Instituto O´Higginiano, General Washington Carrasco, decidiéndose el traslado a la tierra natal de ambas: Chillán.
El Sr. Moraga se contactó con el Alcalde de la ciudad, por entonces, don Aldo Bernucci, quien aprobó gustoso la idea. Participaron también con entusiasmo el Ministro de Defensa, don Edmundo Pérez Yoma, el Concejal Julio San Martín y se liberaron fondos municipales y fiscales para la noble causa, construyéndose la sepultura en la Explanada Bernardo O´Higgins de Chillán Viejo, cerca de lo que fue la casa familiar.
En marzo de 1995 se produce el traslado. La ciudad las esperó entera engalanada con flores, se realizó una solemne misa en la catedral chillaneja y luego fueron llevadas a su actual lugar de reposo eterno, donde son visitadas por la ciudadanía y por las más altas autoridades del país cada 20 de agosto. Ambas volvieron a su tierra natal. No olvidemos que la partida de bautismo del niño Bernardo en Talca, para ocultar la identidad de la madre soltera, señaló el sacerdote que la criatura era hijo de una “Dama principal de Chillán“.
En cuanto al Cardenal Oviedo, que pidió el retiro de los cuerpos para hacer lugar a los otros Cardenales, por un azar del destino fue el primero en fallecer en 1998 a los 71 años. Luego vendría Monseñor Silva en 1999 y Monseñor Fresno en 2004 y el único laico autorizado para quedar sepultado con ellos fue don Diego Portales, que en su vida privada no fue precisamente un modelo de virtud y no tenía mucha simpatía por los curas tampoco.
Recibimos una gentil invitación para asistir al acto de conmemoración de los 120 años del nacimiento y 50 de la muerte de la célebre escritora que fue reconocida con el Premio Nacional de Literatura en 1961.
En el acto, que fue realizado el miércoles 9 de agosto en el Café Literario Parque Balmaceda, participaron como expositoras Alicia Romero, historiadora y biógrafa de Brunet, quien dio cuenta de diferentes facetas de la vida de la escritora; y Natalia Cisterna, doctora en letras, que compiló el primer tomo de las “Obras Completas”, y expuso sobre aspectos trascendentes de la obra de la escritora. “Vigencia de Marta Brunet” contó con la presencia de la alcaldesa de Providencia, Evelyn Mathei, familiares de la escritora, autoridades municipales, académicos, usuarios del Sistema de Bibliotecas de Providencia, entre otros.
Dejamos a continuación la reflexión de la profesora painina, Ruth Gaete, quien hasta hace muy poco fue educadora de cientos de niños y jóvenes de Paine, Buin y Linderos.
«Literatura y autores chilenos olvidados. Poco se dice de Gabriela Mistral, de Marta Brunet, de Marcela Paz, quienes nos llevaron a gozar y nos sumergieron en un remanso de aguas calmadas, nos abrieron las puertas al gusto por la lectura. Pero esto no se dio por sí solo. En ese entonces, en mis tiempos de estudiante nos mostraban la literatura desde muy temprano, desde los primeros años escolares, primero escuchando y conociendo quién era su autor; conocíamos su seudónimo, su procedencia, su nombre real. Nos acercaban a su historia por lo que aprendíamos: que detrás de ese cuento había alguien real, que gustaba de escribir para nosotros. Luego nos preguntaban qué recordábamos del autor o la autora. No bastaba con recordar el nombre del texto, sino que también su autor. Hoy basta con leer un texto y hacerle un par de preguntas sobre su contenido. Con suerte hay preocupación por el título de la obra. ¿Cómo no va a importar conocer al autor, sus obras, su historia, su procedencia, para relacionarla con su escrito y comprender mejor su contenido?, ¿Cómo vamos a entusiasmar a nuestros niños para que escriban si no les damos ningún referente?
Ayer asistí al Café Literario Parque Balmaceda, donde funciona una de las bibliotecas de la comuna de Providencia, para ser testigo de la ceremonia en que se rindió homenaje a Marta Brunet, (el anterior, a inicios de este año fue dedicado a Gabriela Mistral). Se recordó el natalicio de Marta, el número 120 y los 50 años de su fallecimiento.
Gran impresión al entrar al salón y encontrarme con atriles que sostenían copias de las portadas de sus libros. El primero era «Cuentos para Mar y Sol»: mi mente retrocedió a la infancia, cuando leí tantas veces ese libro de cuentos. Luego estaba «María nadie», y otro y otro.
En nuestra memoria aparecen los hechos más recientes, pero mantenemos un reservorio de registros guardados de aquellas experiencias que nos marcaron, cosas que aprendimos y que no hemos olvidado. ¡Allí estabas, Marta Brunet, entre mis mejores recuerdos!
Escuché con gran atención su biografía, no solo la que conocemos en los libros sino aquella más íntima, gracias a la presentación de la historiadora Alicia Romero, la principal investigadora de la vida del Premio Nacional. Natalia Cisterna, doctora en letras, chillaneja como Marta, quien compiló el primer tomo de las “Obras Completas”, expuso acerca del valor literario de esos cuentos que se nos quedaron pegados bajo la piel: fue una forma de desmenuzar la gracia de la escritura y la sagacidad con que la autora fue desarrollando su plan de trabajo literario.
La actriz María Inés Leighton, hizo una bella lectura de “Doña Santitos”, que pueden leer más abajo, historia que resalta el valor y la importancia de la mujer, la grandeza y sabiduría en la mujer campesina, destacada por la autora ya en los primeras décadas del siglo pasado. Su narración usando el lenguaje de los campesinos, sus modismos, supersticiones, es muy entretenida y a pesar de haber sido escrito en otra época, se mantiene muy actual. Marta describe costumbres, formas de vida, hasta el paisaje a través de sus personajes, lo que hace entretenida, divertida y de gran contenido sus obras.
La actriz María Inés Leighton junto a Rodolfo Silva, Presidente de la Corporación Cultural Nuevo Horizonte.
Destaco un lindo detalle de esta ceremonia: invitaron a una sobrina y sobrinas nietas de Marta Brunet.
¡Muchas gracias por la invitación, Municipalidad de Providencia y su Sistema de Bibliotecas!»
Una muy buena propuesta que podríamos traer a Paine.
DOÑA SANTITOS
Tenía la cara rugosa, pequeñita, y el cuerpo endeble, de garfio tembloroso. Un pañuelo negro atado a la cabeza le ocultaba el pelo, formando visera a los ojos grandes, cuencos de agua clara inexpresiva. Por la hendidura de la boca asomaba un diente, un diente único, largo, torcido, amarillo de soledad. La nariz bajaba en busca del mentón. Arrebozada en un chal obscuro, iba delante de ella, tanteando, un bastoncillo de quila.
Había oído decir que era vecina nuestra, dueña de un terrenito en Coínco. Se llamaba Santos Poblete, pero todos, cariñosamente, le decían doña Santitos.
Llegó en un carretón de familia tirado por bueyes, uno de esos carretones que fueran el orgullo de nuestros abuelos. Era una especie de casita con su puerta trasera y dos ventanas laterales, con cortinillas de percala a pintas, todo ello verde rabioso y empingorotado sobre ruedas enormes y chirriantes. La acompañaba, picana al hombro, un muchacho. Su hijo, tal vez.
Venía a verme porque le diera un remedio, atraída por mi fama de curandera. Luego de mucho pedir disculpas y saludar y tornar a las disculpas y a los saludos nuevamente, me explicó su mal.
–Es un gurto que se me le pone por aquí, por el costao, y lueguito se me le corre pa’ l’espalda y end’ehi me agarra l’estomo y después se me le fija en el corazón. Y casi mi’ahogo, iñorita. Ya hacen como cinco años qu’estoy sufriendo d’este mal. Hey tomao cuanto remedio se pue su mercé figurar. Me han visto toas las meicas conocías de por aquí y hasta los doutores de Curacautín y de Victoria. Ninguno ha podío aliviarme ni así tantito. Ya tenía perdías las esperanzas, cuando m’ijeron que su mercé era tan güena curandera; se lo ijeron a Saldaña, onde Juana Campos, la que su mercé mejoró de la fiebre, y tamién onde Rosamel Pérez. Y entonces Saldaña mi’animó pa’ que viniera a molestar a su mercé… ¡Ay! ¡Este gurto me v’acabar con la vía!
La miraba perpleja, porque el «gurto viajero» no estaba en el catálogo de las enfermedades que conocía. Pero no arredré. Le hice un examen prolijo, matizado con preguntas vagas. Y acabé por diagnosticar, muy seria:
–Lo que usted tiene es «gurtitis», una enfermedad muy rara, pero fácil de mejorar. Espérese que vuelva con el remedio.
Fui al comedor, hice unas bolitas de miga de pan muy bien amasadas, las puse en una caja, les eché encima canela en polvo y volví al escritorio donde la vieja me esperaba pacientemente, dando suspiros y ayes.
–Aquí tiene, doña Santitos; son unas pastillas especiales para su enfermedad. Tiene que tomarse dos todas las mañanas, con un vaso de leche, vuelta para el lado sur, y rezar después tres avemarías. Verá cómo mejora. Pero no vaya a olvidarse de estar de cara al sur y de rezar, porque entonces el remedio no le haría efecto.
Me miraba, asintiendo a cabezadas, con los ojos ilusionados, temblando de ansia las manos sarmentosas al coger la caja. Me dio las gracias. Repitió las disculpas. Volvió a decirme cómo Saldaña tenía fe ciega en mi poder curativo. Me contó nuevamente el itinerario del bulto, con estaciones y paradas. Di otra vez mi diagnóstico y repetí mis instrucciones. Las repitió ella para bien aprenderlas y al fin se marchó, con el bastón buscando el camino donde la esperaban la carreta y el muchacho, contenta, mostrando el diente único, badajo de su sonrisa.
–Las leseras que inventas… –me reprocharon en casa.
–¡Bah! –contesté–. Bien puede que mejore.
Y no hubo más comentarios y me olvidé de doña Santitos.
A la semana apareció otra vez en su vehículo colonial, transfigurada, con un rebozo a grandes cuadros, un pañuelo rojo en la cabeza, la sonrisa tajeándole la cara y los ojos en baile de gozo. Detrás venía el muchacho con un canasto con verduras, un pato y un ramo de cóguiles.
Había mejorado y aquello era su presente de gratitud.
Me quedé estupefacta. La vieja hablaba manoteando. Me hacía sopesar el pato, estimar las hojas prietas de un repollo, admirar los granos del maíz, oliscar los cóguiles que reventaban de maduros. Hablaba, hablaba, hablaba. De ella, de mí, de Saldaña, de su alivio, de mi saber, de su alegría, de mi bondad, de su agradecimiento, de Saldaña.
¿Quién sería Saldaña?
Era una taravilla. Pregunté, interrumpiéndola:
–¿Pero ya no siente el bulto?
–No, iñorita. Es como si me l’hubieran quitao con la mano. Y hay que ver los años que llevaba fregándome, con permiso de su mercé y disculpas por la palabra. ¿No es cierto, Saldaña?
El muchacho dio un gruñido que bien podía ser sí o no. Parecía un perrazo nuevo, grande, desmañado, con una cabeza enorme y ojos buenos de lealtad y cariño.
–¿Saldaña es su hijo?
–M’hijo… ¡Bah, iñorita! Las cosas… Saldaña es mi marío.
Abrí los ojos abismados. Pero…
–Sí–prosiguió la vieja–, es mi marío, es decir, casaos no estamos, ni falta qui’hace. Vivimos así no más, ya van pa’ los tres años. Es sobrino de uno de mis finaos, del tercero, porque con Saldaña hey tenío cuatro maríos; es sobrino y muy güeno; de los cuatro es el que mi’ha salío mejor.
El muchacho la miraba sonriendo, sin nada en la expresión que no fuera cariño. Y la vieja –más y más locuazmente confiada– siguió diciéndome en voz baja:
–Güeno, con el primero me casé por too lo que hay que casarse, y viera cómo me salió el condenao… Estaba seguro de qu’hiciera lo qu’hiciera, siempre sería mi marío, amparao por la ley y por l’iglesia. Su mercé sabrá que tengo una hijuelita que vale sus pesos. Por na no la embargaron pa’ pagar lo que debía. Me abandonaba. Se iba pa’l pueblo a remoler. Se curaba. Me trataba pior que a perro. Hasta que al cabo se murió. Entonces jui yo y me’ije: «No, pues, Santos, no habís de ser más lesa. No te volvai a casar. Si querís otro hombre, vivís así no más con él. Hombre necesitas, pa’ que cuide l’hijuela más que no sea, pero tenelo así, con el interés de ser agradoso pa’ gozar de tu bienestar y con el susto de que como no es tu marío, el día que te canse lo echái puerta ajuera». Y así lo hice. Viví con otro que era bastante güeno, pero no tanto como Saldaña. A los cuantos años se enredó con una china de Quilquilco. Yo lo supe y l’ije que enredos no, y que se juera. Se jué. No supe más d’él. Después viví con don Saldaña, un poco porfiao y otro poco aficionao al trago. Pero en fin: trabajador y honrao. Murió de una lipidia. Lástima que l’iñorita no l’hubiera visto pa’ que me l’hubiera mejorao. Pero más vale que no, porque así di con Saldaña, éste de agora, qu’es tan güenazo, tan trabajaor, y que me aprecea tanto. ¡Je!
–¿Y no tiene miedo de que, siendo como es mucho más joven que usted, se le enrede por ahí con alguna chiquilla?
–¡Je! Pior pa’él. Si s’enreda con alguna lo echo. Pior pa’él, güelvo a repetirlo, ya que con naiden tendrá la vía más descansá que conmigo.
–Pero entonces quiere decir que si vive con usted es sólo por interés.
–Y yo lo tengo tamién por el interés de que me cuide l’hijuela y me cuide a mí. Estamos pagaos.
–¿Y usted qué dice, Saldaña?
–¿Yo? –y dio otro gruñido de perro, ininteligible.
–Mire, iñorita… –Se interrumpió doña Santitos para decir al muchacho–: Saldaña, anda esperarme en la reja–y luego continuó diciéndome misteriosamente–: Favor por favor: su mercé me mejoró de mi gurto. Yo le voy a dar a su mercé el secreto pa’ ser feliz. Es mi verdá aprendía en tantos años de tantas euperiencias. A los hombres, pa’ tenerlos seguros, hay qui’agarrarlos por el mieo a encontrarse cualquier día sin mujer. No hay que icirles nunca sí ni no. Hay que icirles siempre quizá. Créame, iñorita: la mujer que no tiene al hombre sobresaltao’e recelos, está perdía. Créame, se lo igo yo, que por decir una vez sí estuve cinco años penando, y por decir quizá hey pasao el resto de mi vía muy contenta.
Seguía mirándola abismada. Debía de hacer una figura tontamente ridícula, con un pato que aleteaba en una mano, un ramo de cóguiles en la otra, las verduras en ringla a los pies.
Pero la vieja había terminado sus confidencias y me hablaba otra vez de su enfermedad, de su mejoría; me daba las gracias manoteando, se despedía y al fin se marchaba. El muchacho se le juntó en la reja del parque y siguieron hasta la carreta: adelante ella, con el bastoncito tembloroso que parecía decir: quizá; atrás, él, sumisamente, en la duda.
BRUNET, Marta. Doña Santitos. Reloj de sol. Obras completas de Marta Brunet. Santiago, Zig-Zag, 1962. Pp.71-74.
(Para esta publicación, el cuento fue copiado de http://www.brunet.uchile.cl/)
El violinista barroco Alvaro Meza es integrante del conjunto Latitvdes, que ha ofrecido su repertorio de música barroca latinoamericana en dos de los Conciertos Dominicales de la Corporación Cultural Nuevo Horizonte en Paine.
El maestro fue seleccionado para participar como alumno activo en la clase magistral que el prestigioso maestro Fabio Biondi brindó esta semana en el Campus Oriente de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
La clase magistral
Durante su breve estadía en nuestro país, Biondi, fundador y director de Europa Galante, la afamada agrupación dedicada a la música antigua, se ha presentado en el Teatro Centro Cultural Carabineros de Chile y en el Teatro Municipal de Las Condes, para continuar el día jueves con un importante concierto organizado por la Fundación Claro Vial, en la Iglesia de Viña Santa Rita, de Alto Jahuel.
Esta clase magistral en particular no sólo tiene valor para el enriquecimiento de la técnica del alumno seleccionado, sino que representa un importante avance para el estudio y la interpretación del barroco en Chile. Muestra de ello es la obra seleccionada para la clase: Invenzioni No. 9, de Francesco Antonio Bonporti, un estreno absoluto en nuestro país.
Francesco Antonio Bonporti (1672 – 1749) fue un sacerdote y compositor italiano, alumno de Arcagelo Corelli. El desarrollo que hizo de las Invenzioni (un tipo de obra musical compuesta de dos partes) fue muy influyente en Johann Sebastián Bach.
Biondi, por su parte, violinista y experto en música barroca, con su conjunto Europa Galante también ha realizado un importante trabajo musicológico, recuperando, entre otras, varios oratorios y óperas de Alessandro Scarlatti, óperas de Georg Friedrich Händel y varios autores italianos del repertorio violinista del siglo XVII.
Alvaro Meza junto al maestro Biondi
Conviene, entonces, recordar la presentación que hicimos de Alvaro Meza, cuando tocó junto a Latitvdes en el Concierto Dominical de noviembre de 2016: Con estudios de música en la Universidad de Chile, se ha especializado y centrado su interés en la música barroca latinoamericana y antigua, formando parte de agrupaciones que buscan profundizar los conocimientos musicales, añadiendo orden y puliéndolos. Paralelamente ha sido galardonado en el Congreso Mundial de la Educación en el Centro de Extensión de la Universidad Católica de Chile por su labor de enseñanza a niños y jóvenes.
El conjunto Latitvdes en el Concierto Dominical de la Corporación Cultural Nuevo Horizonte.
Son, por lo tanto, muy buenas noticias, ante las cuales no nos queda más que celebrar.