INICIO

El Ultimo Peldaño De La Escalera

Stephen Edwin King (Portland, Maine, 21 de septiembre de 1947) es un escritor estadounidense conocido por sus novelas de terror. Ha escrito, sin embargo, varias obras importantes en otros géneros. Dejamos aquí para el deleite, un cuento, un cuento perfecto. Esperamos lo disfruten.

EL ULTIMO PELDAÑO DE LA ESCALERA

Stephen King

Ayer recibí la carta de Katrina, cuando aún no hacía una semana que mi padre y yo habíamos regresado de Los Angeles. Estaba dirigida a Wilmington, Delaware, y me había mudado dos veces después de vivir allí. Ahora la gente se muda mucho, y observé con curiosidad cómo las direcciones tachadas y los rótulos de cambio de domicilio podían asumir un aire acusador. Su carta estaba arrugada y manchada, con una esquina gastada por el manoseo. Leí su contenido y un momento después me encontré en la sala, con el teléfono en la mano, a punto de llamar a papá. Dejé el auricular con un sentimiento parecido al horror. Era anciano y había tenido dos infartos. ¿Estaba justificado que le telefoneara y le hablara de la carta de Katrina cuando acabábamos de volver de Los Ángeles? Eso podría haberlo matado. De modo que no lo llamé. Y no tenía a quién contárselo… Una carta como ésa era demasiado personal, tanto que sólo podría haber hablado de ella con mi esposa o con un amigo muy íntimo. En los últimos años no he entablado grandes amistades, y mi esposa Helen y yo nos divorciamos en 1971. Ahora sólo nos intercambiamos tarjetas de Navidad. ¿Cómo estás? ¿Cómo marcha el trabajo? Te deseo un feliz Año Nuevo. Había pasado toda la noche en vela, con la carta de Katrina. Podría haber escrito lo mismo en una postal. Debajo del «Querido Larry» había una sola frase. Pero una frase puede decirlo todo. Puede hacerlo todo. Recordé la imagen de mi padre en el avión, el aspecto avejentado y demacrado de su rostro bajo la implacable luz del sol, a 6.000 metros de altura, mientras volábamos hacia el Oeste desde Nueva York. Según el piloto acabábamos de sobrevolar Omaha, y papá dijo: «Está mucho más lejos de lo que parece, Larry.» Su voz destilaba una pena que me hizo sentir incómodo, porque no la entendía. La entendí mejor después de recibir la carta de Katrina. Nos criamos en un pueblo llamado Hemingford Home, ciento veinte kilómetros al oeste de Omaha. Allí vivíamos mi padre, mi madre, mi hermana Katrina y yo. Yo era dos años mayor que Katrina, a quien todos llamaban Kitty. Ésta era una niña hermosa y luego se convirtió en una hermosa mujer…, e incluso cuando tenía ocho años, en la época en que ocurrió el episodio del granero, ya era evidente que su cabello rubio como las barbas del maíz no se oscurecería nunca, y que sus ojos siempre conservarían su color azul escandinavo. Bastaba que un hombre mirara esos ojos para que quedara cautivado. Se podría decir que la nuestra fue una infancia campesina. Mi padre tenía ciento veinte hectáreas de pradera llana, fértil, donde cultivaba maíz y criaba ganado. Todos la llamaban sencillamente «la hacienda». En aquellos tiempos todos los caminos eran de tierra, exceptuando la carretera comarcal 80 y la carretera 96 de Nebraska, y un paseo a la ciudad era algo que esperabas durante tres días. Actualmente soy, según dicen, uno de los mejores abogados independientes de los Estados Unidos, especializado en corporaciones, y debo confesar, para ser sincero, que estoy de acuerdo con quienes sustentan esa opinión. En una oportunidad el presidente de una gran compañía me presentó al consejo de administración como su pistolero a sueldo. Uso los mejores trajes y mis zapatos están confeccionados con el mejor cuero. Tengo tres asistentes que trabajan durante toda la jornada para mí, y podría contratar otros doce, si los necesitara. Pero en aquellos tiempos iba a pie por un camino de tierra hasta una escuela de una sola aula, con los libros ceñidos por un cinturón, sobre el hombro, y Katrina me acompañaba. A veces, en primavera, íbamos descalzos. Y ésa era la época en que no te atendían en una cafetería ni podías comprar en un mercado, si no usabas zapatos. Después murió mi madre —cuando Katrina y yo asistíamos a la escuela secundaria de Columbia City— y dos años más tarde mi padre perdió la hacienda y se dedicó a la venta de tractores. Ése fue el fin de la familia, aunque entonces no pareció tan malo. Mi padre prosperó en su trabajo, se compró una agencia de ventas, y hace aproximadamente nueve años lo eligieron para un cargo directivo. Yo gané una beca en la Universidad de Nebraska, jugando al fútbol, y aprendí algo más que a sacar el balón de un cerrojo suizo. ¿Y Katrina? Pero es de ella de quien quiero hablar. El episodio del granero se produjo un sábado de comienzos de noviembre. En verdad, no recuerdo bien el año, pero Eisenhower todavía era presidente. Mamá estaba en una feria de beneficencia de Columbia City, y papá había ido a la casa de nuestro vecino más próximo (a diez kilómetros de distancia) para ayudarlo a reparar un rastrillo de heno. Teóricamente debería haber habido un peón en la hacienda, pero ese día no concurrió a trabajar y mi padre lo despidió antes de que transcurriera un mes. Papá me dejó una lista de las faenas que debía realizar (v también había algunas para Kitty) y nos ordenó que no nos fuéramos a jugar hasta que estuviera todo terminado. Pero eso no nos ocupó mucho tiempo. Estábamos en noviembre, y a esa altura del año ya no había grandes apremios. Nuevamente habíamos salido a flote. No sería siempre así. Recuerdo perfectamente aquel día. El cielo estaba encapotado, v si bien no hacía frío se sentía que quería hacer frío, que quería dejarse de rodeos v arremeter con la escarcha y la helada, la nieve y la cellisca. Los campos estaban desnudos. Los animales se mostraban lerdos y pesados. Por la casa parecían soplar raras comentes de aire que antes nunca habíamos sentido. En un día como ése, el lugar ideal era el granero. Caluroso, poblado por un agradable aroma combinado de heno, pelo y estiércol, y por los misteriosos cloqueos y arrullos de las golondrinas congregadas en el tercer henil. Si echabas la cabeza hacia atrás veías la blanca luz de noviembre que se filtraba por las grietas del techo y trataba de deletrear tu nombre. Ése era un juego que en realidad sólo parecía atractivo en los días encapotados de otoño. Había una escalera clavada a un travesaño de la parte más alta del tercer henil, una escalera que bajaba directamente al piso del granero. Nos habían prohibido trepar por ella porque estaba vieja y desvencijada. Papá le había prometido cien veces a mamá que la quitaría y la remplazaría por otra más sólida, pero cuando tenía tiempo para hacerlo siempre había algo que lo distraía. Por ejemplo, debía ayudar a reparar el rastrillo de un vecino. Y el peón no servía para nada. Si subías por la enclenque escalera —había exactamente cuarenta y tres peldaños, que Kitty y yo habíamos contado hasta hartarnos— terminabas en una viga situada a más de veinte metros del piso sembrado de paja. Y si después te deslizabas unos cuatro metros por la viga, con las rodillas trémulas, las articulaciones de los tobillos que crujían y la boca seca e impregnada de sabor a mecha quemada, quedabas suspendido sobre el almiar. Y entonces podías saltar de la viga y caer veinte metros en línea recta, en una horrible e hilarante zambullida mortal, hasta hundirte en un inmenso y mullido lecho exuberante. El heno tenía un olor dulzón, y al fin descansabas en medio de ese aroma de verano renacido, después de haber dejado el estómago atrás y en medio del aire, y te sentías…, bien, como debió de sentirse Lázaro. Habías saltado y habías sobrevivido para contarlo. Claro que era un deporte prohibido. Si nos hubieran sorprendido, mi madre habría puesto el grito en el cielo y mi padre nos habría azotado, a pesar de que ya no éramos críos. Debido al estado de la escalera, y también porque si por casualidad perdías el equilibrio y caías de la viga antes de haber llegado al blando colchón de heno, era seguro que te descalabrarías contra las duras tablas del piso. Pero la tentación era demasiado grande. Cuando no está el gato…, bien, ya conocéis el refrán. Ese día empezó como todos los otros, con una deliciosa sensación de miedo mezclado con deseos anhelantes. Estábamos al pie de la escalera, mirándonos el uno al otro. Kitty estaba congestionada, con los ojos más oscuros y centelleantes que de costumbre.

—Te desafío —dije.

—El desafiante sube primero —respondió Kitty.

—Las chicas suben antes que los chicos —contraataqué en seguida.

—No si es peligroso —respondió ella bajando recatadamente los ojos, como si no fuera público y notorio que ella era la segunda machota de Hemingford. Mas ése era su comportamiento habitual. Subía, pero no antes que yo.

—Está bien —asentí—. Ya subo. Ese año yo tenía diez años y era flaco como una estaca: pesaba aproximadamente cuarenta y cinco kilos. Kitty tenía ocho años y pesaba diez kilos menos. Pensábamos que si la escalera siempre nos había aguantado, seguiría aguantándonos indefinidamente, idea ésta que pone constantemente en apuros a hombros y naciones. Ese día sentí que la escalera cimbreaba un poco en la atmósfera polvorienta del granero a medida que subía cada vez a mayor altura. Como siempre, aproximadamente a mitad del trayecto, imaginé lo que me sucedería si de pronto la escalera cedía y se desmoronaba. Pero seguí subiendo hasta que pude sujetarme de la viga e izarme y mirar hacia abajo. Él rostro de Kitty, vuelto hacia arriba para mirarme, era un pequeño óvalo blanco. Con su camisa a cuadros desteñida y sus vaqueros azules, parecía una muñeca. Sobre mi cabeza, en los polvorientos recovecos del alero, las golondrinas arrullaban dulcemente. De nuevo, ajustándome al ritual:

—¡Qué tal, ahí abajo! —grité, y mi voz flotó hasta ella montada sobre motas de paja.

—¡Qué tal, ahí arriba! Me puse en pie. Oscilé un poco hacia atrás y adelante. Como siempre, parecieron soplar súbitamente extrañas corrientes de aire que no habían existido abajo. Oí los latidos de mi propio corazón mientras empezaba a avanzar con los brazos estirados para conservar el equilibrio. Una vez, una golondrina había revoloteado cerca de mi cabeza en ese momento de la aventura, y al respingar había estado a punto de caerme. Vivía con el temor de que ese trance pudiera repetirse. Pero no esta vez. Por fin estaba sobre el seguro colchón de heno. Ahora mirar hacia abajo era más sensual que terrorífico. Hubo un momento de expectación. Después salté al vacío, apretándome aparatosamente la nariz, como lo hacía siempre, y el súbito tirón de la gravedad me arrastró brutalmente, a plomo, v me hizo sentir deseos de gritar: ¡Oh, lo siento, me he equivocado, dejadme subir de nuevo! Entonces tomé contacto con el heno, me incrusté en él como un proyectil, y su olor dulzón y polvoriento me rodeó mientras seguía hundiéndome, como en un agua espesa, hasta quedar lentamente sepultado en la paja. Como siempre, sentí que un estornudo cobraba forma en mi nariz. Y oí que uno o dos ratones de campo huían asustados en busca de un sector más apacible del almiar. Y sentí, curiosamente, que había renacido. Recuerdo que en una oportunidad Kitty me había dicho que después de zambullirse en el heno se sentía fresca y flamante, como un bebé. En ese momento no le hice caso — porque entendía a medias lo que quería decir, y a medias no lo entendía— pero desde que recibí su carta, yo también pienso en eso. Bajé de la pila de heno, casi nadando en ella, hasta que mis pies tocaron el piso del granero. Tenía heno debajo de los pantalones y entre la espalda y la camisa. Se me había metido en las zapatillas y me asomaba por los codos. ¿Simientes de heno en el pelo? Claro que sí. En ese momento Kitty ya había llegado a la mitad de la escalera. Sus trenzas doradas bailoteaban sobre sus omóplatos, y seguía trepando por un haz polvoriento de luz. En otras ocasiones esa luz podría haber sido tan brillante como su cabello, pero ese día sus trenzas no tenían competencia…, eran el elemento de mayor colorido que había allí arriba. Pensé, bien lo recuerdo, que no me gustaba la forma en que se combaba la escalera. Parecía más destartalada que nunca. Entonces llegó a la viga, muy arriba… Y ahora yo era el pequeño, mi cara era el minúsculo óvalo blanco vuelto hacia ella cuando su voz bajó flotando junto con las briznas de paja que había movilizado mi salto.

—¡Qué tal, ahí abajo!

—¡Qué tal, ahí arriba!

Avanzó por la viga y mi corazón se distendió un poco en el pecho cuando calculé que estaba a salvo sobre el heno. Siempre ocurría lo mismo, aunque ella siempre había sido más grácil que yo… Y más atlética, si no os parece demasiado raro que diga esto acerca de mi hermana menor. Se empinó sobre las punteras de sus viejas zapatillas, con las manos estiradas al frente. Y después dio el salto del ángel. Hablad de lo inolvidable, de lo indescriptible. Bien, yo puedo describirlo… en parte. Pero no con la precisión suficiente para haceros entender hasta qué punto fue bello, perfecto, uno de los pocos trances de mi vida que parecen absolutamente reales y auténticos. No, no os lo puedo explicar con tanta fidelidad. Ni mi pluma ni mi lengua tienen la maestría que haría falta para ello. Por un instante fugaz pareció flotar en el aire, como si la sostuviera una de esas misteriosas corrientes ascendentes que sólo existían en el tercer henil, transformada en una golondrina rutilante de plumaje dorado como Nebraska no ha vuelto a ver otra. Era Kitty, mi hermana, con los brazos doblados hacia atrás y la espalda arqueada, ¡y cuánto la amé durante esa fracción de segundo! Y después cayó y se hundió en el heno y se perdió de vista. Del boquete que había abierto brotó una explosión de paja y de risas. Olvidé cuan débil me había parecido la escalera con ella encima, y cuando salió del almiar yo ya estaba nuevamente a mitad de trayecto. Yo también intenté ejecutar el salto del ángel, pero el miedo me atenazó como siempre, y mi ángel se transformó en una bala de cañón. Creo que nunca terminé de convencerme, como Kitty, de que el heno estaba allí. ¿Cuánto duró el juego? Quién sabe. Pero después de diez o doce saltos levanté la vista y vi que la luz había cambiado. Mamá y papá tardarían en volver y nosotros estábamos cubiertos de paja…, lo cual era una prueba tan contundente como una confesión firmada. Accedimos a pegar un salto más cada uno. Yo subí antes que ella y sentí que la escalera se movía bajo mis pies y oí, muy débilmente, el chirrido de los clavos que se aflojaban en la madera. Y por primera vez me sentí auténtica, activamente asustado. Creo que si hubiera estado más cerca del pie de la escalera habría bajado y que ahí habría terminado todo, pero la viga estaba más próxima y parecía más segura. Cuando me faltaban tres peldaños para llegar arriba aumentó el chirrido de los clavos tirantes y el terror me congeló súbitamente, con la certeza de que me había excedido. Hasta que mis manos cogieron la viga astillada y aligeraron a la escalera de mi peso. Un sudor frío, desagradable, pegoteaba las briznas de paja a mi frente. El juego ya había perdido su atractivo. Enderecé de prisa hacia el almiar y me dejé caer. Ni siquiera saboreé la parte placentera del salto. Mientras descendía, me imaginé lo que habría sentido si hubiera sido el piso sólido del granero el que venía a mi encuentro en lugar de la blanda turgencia del heno.

Cuando asomé en el centro del granero vi que Kitty trepaba apresuradamente por la escalera.

—¡Eh, baja! —grité—. ¡No es segura!

—¡Me sostendrá! —respondió ella con un tono confiado—. ¡Soy más ligera que tú!

—Kitty… —Pero no pude terminar la frase. Porque fue entonces cuando cedió la escalera. Se partió con un chasquido de madera podrida, astillada. Yo grité y Kitty chilló. Estaba más o menos donde me hallaba yo cuando me convencí de que había puesto exageradamente a prueba mi suerte. El peldaño sobre el que ella se apoyaba se desprendió y después los dos largueros se separaron. Por un momento la escalera, que se había zafado totalmente, pareció, a los pies de Kitty, un insecto portentoso, una mantis religiosa, que acababa de tomar la decisión de alejarse. A continuación la escalera se desplomó, estrellándose contra el piso del granero con un estampido seco que levantó una nube de polvo e hizo mugir, inquietas, a las vacas del establo vecino. Una de ellas pateó la puerta de su pesebre. Kitty lanzó un alarido agudo, penetrante. —¡Larry! ¡Larry! ¡Ayúdame! Sabía lo que había que hacer, lo comprendí en seguida. Tenía un miedo espantoso, pero conservaba el uso de mis facultades. Estaba a más de veinte metros de altura, sus piernas enfundadas en los vaqueros se agitaban frenéticamente en el vacío, y las golondrinas arrullaban sobre su cabeza. Sí, yo estaba asustado. Y confieso que todavía no soy capaz de presenciar un espectáculo de acrobacia en el circo, ni siquiera en la TV. Me revuelve el estómago. Pero sabía lo que había que hacer. —¡Kitty! —le grité—. ¡Quédate quieta! ¡Quieta! Me obedeció al instante. Dejó de agitar las piernas y quedó colgada verticalmente, con las manecitas cerradas sobre el último peldaño del extremo astillado de la escalera, como una acróbata cuyo trapecio se hubiera inmovilizado. Sinceramente, no recuerdo lo que ocurrió después, excepto que el heno se me metió en la nariz y empecé a estornudar y no pude contenerme. Corría de un lado a otro, levantando una pila de heno allí donde había estado la base de la escalera. Era una pila muy pequeña. Al mirarla, y al mirarla luego a ella, que colgaba tan arriba, cualquiera habría pensado en una de esas caricaturas que muestran a un tipo saltando desde cien metros dentro de un vaso de agua. Iba y venía. Iba y venía. —¡ Larry, no podré resistir más tiempo! —El timbre de su voz era atiplado y desesperado. —¡Tienes que resistir, Kitty! ¡Tienes que resistir!  Iba y venía. El heno me caía dentro de la camisa. Iba y venía. Ahora la pila de heno me llegaba a la barbilla, pero el almiar en el que nos zambullíamos tenía ocho metros de profundidad. Pensé que si sólo se fracturaba las piernas debería darse por satisfecha. Y sabía que si caía fuera del heno se mataría. Iba y venía. —¡Larry! ¡El peldaño! ¡Se está zafando! Oí el chirrido sistemático y crepitante del peldaño que cedía por efecto de su peso. Volvió a agitar las piernas, despavorida, pero si seguía moviéndolas así le erraría inevitablemente al heno.

—¡No! —vociferé—, ¡No! ¡No hagas eso! ¡Suéltate! ¡Suéltale, Kitty! —Porque ya no tenía tiempo para juntar más heno. No tenía tiempo para nada que no fuera alimentar un ciego optimismo. Se soltó y se dejó caer apenas se lo ordené. Bajó recta como un cuchillo. Me pareció que su caída duraba una eternidad, con sus trenzas de oro fuertemente estiradas hacia arriba, con los ojos cerrados, con el rostro pálido como la porcelana. No gritó. Tenía las manos entrelazadas delante de los labios, como si rezara. Y cayó justó en el centro de la pila de heno. Se hundió en ella hasta perderse de vista. La paja salió despedida en todas direcciones como si hubiera estallado una granada, y oí el ruido que produjo su cuerpo al chocar contra las tablas. El ruido, fuerte y sordo, hizo que me recorriera un escalofrío mortal. Había sido demasiado fuerte, demasiado fuerte. Pero tenía que ver lo que había ocurrido. Llorando, me abalancé sobre la pila de heno y empecé a apartarlo, arrojando grandes manojos a mis espaldas. Salió a la luz una pierna enfundada en un vaquero, después una camisa a cuadros… Y después el rostro de Kitty. Estaba mortalmente pálida y tenía los ojos cerrados. Al mirarla me di cuenta de que estaba muerta. El mundo se puso gris, con un gris de noviembre. El único toque de calor que había en él era el de sus trenzas, de oro rutilante. Y después el azul profundo de sus iris cuando abrió los ojos. —¿Kitty? —Mi voz sonaba ronca, gangosa, incrédula. Mi garganta estaba tapizada de polvillo de heno—. ¿Kitty? —¿Larry? —pregunto ella, atónita—. ¿Estoy viva? La levanté del heno y la estrujé y ella me echó los brazos al cuello y me devolvió el abrazo. —Estás vivas —dije—. Estás viva, estás viva. Se había fracturado el tobillo izquierdo, y eso fue todo. Cuando el doctor Pedersen, el clínico general de Columbia City, entró en el granero con mi padre y conmigo, miró durante un largo rato las sombras del techo. El último peldaño de la escalera aún colgaba allí, sesgado, de un clavo. Como digo, miró durante un largo rato.     —Un milagro —le dijo a mi padre, y después pateó desdeñosamente el heno que yo había apilado. Se encaminó hacia su «De Soto» polvoriento y se fue.      Mi padre me colocó la mano sobre el hombro. —Iremos a la leñera, Larry —manifestó con voz muy serena—. Supongo que sabes qué es lo que pasará allí. —Sí, señor —susurré. —Quiero que cada vez que te zurre, Larry, le agradezcas a Dios que tu hermana sigue viva. —Sí, señor. Después nos fuimos. Me zurró muchas veces, tantas veces que durante una semana comí en pie, y durante las dos semanas siguientes con un cojín en mi silla. Y cada vez que me pegaba con su gran mano roja y callosa, yo le daba gracias a Dios. Con voz potente, muy potente. Cuando recibí los dos o tres últimos golpes, no tenía duda de que Él me oía.

Me dejaron entrar a verla un poco antes de la hora de acostarme. Recuerdo que había un tordo del otro lado de su ventana. Su pie vendado descansaba sobre una tabla. Me miró durante tanto tiempo y con tanta ternura que me sentí incómodo. Por fin dijo:

—Heno. Pusiste heno. —Claro que sí —exclamé—. ¿Qué otra cosa podía hacer? Cuando se rompió la escalera no me quedó ningún medio para llegar arriba. —No sabía lo que hacías —murmuró. —¡Pero tenías que saberlo! ¡Estaba debajo de ti, por el amor de Dios! —No me atreví a mirar —respondió—. Tenía demasiado miedo. No abrí en ningún momento los ojos. —¿No lo sabías? ¿No sabías lo que estaba haciendo? Meneó la cabeza. —Y cuando te dije que te soltaras…, ¿lo hiciste sin mirar? Asintió con un movimiento de cabeza. —Kitty, ¿cómo pudiste hacer eso? Me miró con esos profundos ojos azules. —Sabía que debías de haber hecho algo para solucionarlo —dijo—, Eres mi hermano mayor. Sabía que te ocuparías de mí. —Oh, Kitty, no imaginas qué poco faltó. Me había cubierto el rostro con las manos. Ella se irguió en la cama y las apartó. Me besó en la mejilla. —No —murmuró—. Pero sabía que tú estabas ahí abajo. Caray, qué sueño. Hasta mañana, Larry. El doctor Pedersen dice que me pondrán una escayola. Estuvo escayolada durante poco menos de un mes, y todos sus compañeros de escuela firmaron el yeso…, e incluso me lo hizo firmar a mí. Y cuando se lo quitaron, ahí terminó el episodio del granero. Mi padre remplazó la escalera que llevaba al tercer henil por otra nueva y fuerte, pero nunca volví a trepar a la viga para saltar sobre el heno. Por lo que sé, Kitty tampoco lo hizo. Ése fue el fin, pero no lo fue. Quién sabe por qué, la historia no terminó hasta hace nueve días, cuando Kitty saltó desde el último piso del edificio de una compañía de seguros, en Los Ángeles. Tengo el recorte del Los Angeles Times en mi billetera. Supongo que lo llevaré siempre conmigo, no con la alegría con que llevas las instantáneas de las personas que deseas recordar o las entradas de un buen espectáculo o parte del programa de un partido del Campeonato Mundial. Llevo el recorte conmigo como llevas algo pesado, porque tienes el deber de llevarlo. El titular dice; PROSTITUTA DE LUJO SE SUICIDA CON EL SALTO DEL ÁNGEL.

 

Crecimos. Esto es todo lo que sé, dejando de lado los hechos sin importancia. Ella pensaba estudiar Administración de Empresas en Omaha, pero el verano después de terminar el bachillerato ganó un concurso de belleza y se casó con uno de los jueces. Parece un chiste obsceno, ¿verdad? Mi Kitty. Mientras yo estudiaba Derecho ella se divorció y me escribió una larga carta, de diez o más páginas, en la que me contaba cómo había pasado todo, qué repugnante había sido, cómo todo habría sido mejor si ella hubiera podido tener un hijo. Me preguntaba si podía ir a verla. Pero perder una semana en la Facultad de Derecho es tan grave como perder un año en un curso inferior de artes liberales. Esos tipos son galgos. Si pierdes de vista el conejito mecánico, no lo encuentras nunca más. Se mudó a Los Angeles y volvió a casarse. Cuando naufragó ese matrimonio, yo había regresado de la Facultad de Derecho. Me escribió otra carta, más breve, más amarga. Me decía que nunca se dejaría atrapar en ese tiovivo. Era una rutina inalterable. La única forma de coger la sortija consistía en caerse del caballito y romperse el cráneo. Si ése era el precio de una vuelta gratis, ella no estaba dispuesta a pagarlo. Posdata: ¿Puedes venir, Larry? Hace mucho que no te veo.

Le escribí diciéndole que me habría encantado ir a visitarla, pero que no era posible. Había conseguido trabajo en una firma con grandes tensiones internas, y yo estaba en la base de la pirámide: todo el trabajo recaía sobre mis espaldas y nadie reconocía mis méritos. Si quería subir el escalón siguiente, tendría que lograrlo ese mismo año. Ésa fue mi larga carta, en la que hablaba exclusivamente de mi carrera. Contesté todas sus cartas. Pero nunca llegué a convencerme verdaderamente de que era Kitty quien las escribía ¿entendéis?, así como antes no había podido convencerme de que el heno estaba realmente allí…, hasta que interrumpía mi caída por el vacío y me salvaba la vida. No podía persuadirme de que mi hermana y la mujer vencida que firmaba «Kitty», rodeando su nombre con un círculo, al pie de las cartas, eran en realidad la misma persona. Mi hermana era una muchacha con trenzas, cuyos pechos aún no se habían desarrollado. Fue ella la que dejó de escribir. Me enviaba tarjetas de Navidad, me felicitaba para mi cumpleaños, y mi esposa le correspondía igualmente. Después nos divorciamos y yo me mudé y me olvidé de todo. La Navidad siguiente y, a continuación, el día de mi cumpleaños, las tarjetas me llegaron gracias a que había comunicado mi cambio de domicilio en la oficina de correos. El primer cambio. Y yo me decía constantemente: caray, tengo que escribirle a Kitty y comunicarle que me he mudado. Pero no lo hice. Sin embargo, como ya he dicho, todos éstos son detalles que carecen de importancia. Lo único que interesa es que maduramos y que ella dio el salto del ángel desde el último piso del edificio de una compañía de seguros, y que ella creía que el heno estaría siempre abajo. Kitty era la que había dicho: «Sabía que debías estar haciendo algo para solucionarlo.» Ésas son las cosas que en verdad importan. Y la carta de Kitty. Actualmente todos se mudan continuamente, y es curioso que esas direcciones tachadas y esos rótulos de cambio de domicilio puedan asumir la forma de acusaciones. Kitty había estampado el remite en el ángulo superior izquierdo del sobre, y esa dirección correspondía al apartamento donde había estado viviendo hasta que saltó. En un hermoso edificio de Van Nuys. Papá y yo fuimos allí a recoger sus cosas. La casera se mostró muy amable. Estimaba a Katty. El matasellos tenía fecha de dos semanas antes de su muerte. La carta debería haberme llegado mucho antes, si no hubiera sido por los cambios de domicilio. Ella debía de haberse cansado de esperar.    Querido Larry: Últimamente he estado pensando mucho en eso… Y he resuelto que lo mejor para mí habría sido que el último peldaño se hubiera roto antes de que tú pudieses apilar el heno.  Tu Kitty.

SÍ, supongo que Kitty debió de cansarse de esperar. Prefiero pensar esto y no que ella llegó a la conclusión de que yo la había olvidado. No me habría gustado que pensara eso, porque tal vez esa sola frase habría sido lo único que me habría hecho acudir corriendo a su lado. Pero ni siquiera ésta es la razón por la que ahora me cuesta dormirme. Cuando cierro los párpados y empiezo a amodorrarme, la veo caer del tercer henil, con los ojos dilatados y muy azules, el cuerpo arqueado, los brazos doblados hacia atrás. Ella era la que siempre sabía que el heno estaría allí.

 

Doña Isabel Riquelme y su hija Rosa: una historia poco conocida.

A propósito de los festejos de conmemoración del Natalicio de Bernardo O´Higgins (20 Agosto de 1778),  en su honor compartimos con ustedes un desconocido episodio de su vida familiar, contribución que nos hiciera llegar don Marcelo Elissalde, Consejero Nacional Instituto OHigginiano de Chile.

Doña Isabel Riquelme

En 1994 el gobierno del Presidente Eduardo Frei Ruiz Tagle, recibe una llamada del Cardenal de Chile don Carlos Oviedo Cavada, solicitando que ante la avanzada edad de los Cardenales Silva Henríquez y Fresno Larraín, y ante la pronta partida de ambos, se requería espacio físico para sepultarlos dentro de la Catedral de Santiago, como corresponde por su dignidad y tradición. Solicitaba, por lo tanto, el retiro de los cuerpos de doña Isabel Riquelme y de su hija Rosa Rodríguez Riquelme (conocida erróneamente como Rosa O´Higgins por ser media hermana del prócer). Ambas fallecidas en Lima (doña Isabel en 1839 , antes que su hijo en 1842 y doña Rosa en 1850), repatriadas a Chile y sepultadas, provisoriamente según se dijo en la oportunidad, en la Catedral en 1947.

Doña Rosa Rodríguez Riquelme

Se trataba de un virtual “desalojo“. Afortunadamente, recibió la petición en la Moneda don Rodrigo Moraga Guerrero, comisionado por el Presidente Frei, quien se comunicó con el entonces Presidente del Instituto O´Higginiano, General Washington Carrasco, decidiéndose el traslado a la tierra natal de ambas: Chillán.

El Sr. Moraga se contactó con el Alcalde de la ciudad, por entonces, don Aldo Bernucci, quien aprobó gustoso la idea. Participaron también con entusiasmo el Ministro de Defensa, don Edmundo Pérez Yoma, el Concejal Julio San Martín y se liberaron fondos municipales y fiscales para la noble causa, construyéndose la sepultura en la Explanada Bernardo O´Higgins de Chillán Viejo, cerca de lo que fue la casa familiar.

En marzo de 1995 se produce el traslado. La ciudad las esperó entera engalanada con flores, se realizó una solemne misa en la catedral chillaneja y luego fueron llevadas a su actual lugar de reposo eterno, donde son visitadas por la ciudadanía y por las más altas autoridades del país cada 20 de agosto. Ambas volvieron a su tierra natal. No olvidemos que la partida de bautismo del niño Bernardo en Talca, para ocultar la identidad de la madre soltera, señaló el sacerdote que la criatura era hijo de una “Dama principal de Chillán“.

En cuanto al Cardenal Oviedo, que pidió el retiro de los cuerpos para hacer lugar a los otros Cardenales, por un azar del destino fue el primero en fallecer en 1998 a los 71 años. Luego vendría Monseñor Silva en 1999 y Monseñor Fresno en 2004 y el único laico autorizado para quedar sepultado con ellos fue don Diego Portales, que en su vida privada no fue precisamente un modelo de virtud y no tenía mucha simpatía por los curas tampoco.

Vigencia de Marta Brunet

Recibimos una gentil invitación para asistir al acto de conmemoración de los 120 años del nacimiento y 50 de la muerte de la célebre escritora que fue reconocida con el Premio Nacional de Literatura en 1961.

En el acto, que fue realizado el miércoles 9 de agosto en el Café Literario Parque Balmaceda, participaron como expositoras Alicia Romero, historiadora y biógrafa de Brunet, quien dio cuenta de diferentes facetas de la vida de la escritora; y Natalia Cisterna, doctora en letras, que compiló el primer tomo de las “Obras Completas”, y expuso sobre aspectos trascendentes de la obra de la escritora. “Vigencia de Marta Brunet” contó con la presencia de la alcaldesa de Providencia, Evelyn Mathei, familiares de la escritora, autoridades municipales, académicos, usuarios del Sistema de Bibliotecas de Providencia, entre otros.

Dejamos a continuación la reflexión de la profesora painina, Ruth Gaete, quien hasta hace muy poco fue educadora de cientos de niños y jóvenes de Paine, Buin y Linderos.

«Literatura y autores chilenos olvidados. Poco se dice de Gabriela Mistral, de Marta Brunet, de Marcela Paz, quienes nos llevaron a gozar y nos sumergieron en un remanso de aguas calmadas, nos abrieron las puertas al gusto por la lectura. Pero esto no se dio por sí solo. En ese entonces, en mis tiempos de estudiante nos mostraban la literatura desde muy temprano, desde los primeros años escolares, primero escuchando y conociendo quién era su autor; conocíamos su seudónimo, su procedencia, su nombre real. Nos acercaban a su historia por lo que aprendíamos: que detrás de ese cuento había alguien real, que gustaba de escribir para nosotros. Luego nos preguntaban qué recordábamos del autor o la autora. No bastaba con recordar el nombre del texto, sino que también su autor. Hoy basta con leer un texto y hacerle un par de preguntas sobre su contenido. Con suerte hay preocupación por el título de la obra. ¿Cómo no va a importar conocer al autor, sus obras, su historia, su procedencia, para relacionarla con su escrito y comprender mejor su contenido?, ¿Cómo vamos a entusiasmar a nuestros niños para que escriban si no les damos ningún referente?


Ayer asistí al Café Literario Parque Balmaceda, donde funciona una de las bibliotecas de la comuna de Providencia, para ser testigo de la ceremonia en que se rindió homenaje a Marta Brunet, (el anterior, a inicios de este año fue dedicado a Gabriela Mistral). Se recordó el natalicio de Marta, el número 120 y los 50 años de su fallecimiento.

Gran impresión al entrar al salón y encontrarme con atriles que sostenían copias de las portadas de sus libros. El primero era «Cuentos para Mar y Sol»: mi mente retrocedió a la infancia, cuando leí tantas veces ese libro de cuentos. Luego estaba «María nadie», y otro y otro.
En nuestra memoria aparecen los hechos más recientes, pero mantenemos un reservorio de registros guardados de aquellas experiencias que nos marcaron, cosas que aprendimos y que no hemos olvidado. ¡Allí estabas, Marta Brunet, entre mis mejores recuerdos!

Escuché con gran atención su biografía, no solo la que conocemos en los libros sino aquella más íntima, gracias a la presentación de la historiadora Alicia Romero, la principal investigadora de la vida del Premio Nacional. Natalia Cisterna, doctora en letras, chillaneja como Marta, quien compiló el primer tomo de las “Obras Completas”, expuso acerca del valor literario de esos cuentos que se nos quedaron pegados bajo la piel: fue una forma de desmenuzar la gracia de la escritura y la sagacidad con que la autora fue desarrollando su plan de trabajo literario.

La actriz María Inés Leighton, hizo una bella lectura de “Doña Santitos”, que pueden leer más abajo,  historia que resalta el valor y la importancia de la mujer, la grandeza y sabiduría en la mujer campesina, destacada por la autora ya en los primeras décadas del siglo pasado. Su narración usando el lenguaje de los campesinos, sus modismos, supersticiones, es muy entretenida y a pesar de haber sido escrito en otra época, se mantiene muy actual. Marta describe costumbres, formas de vida, hasta el paisaje a través de sus personajes, lo que hace entretenida, divertida y de gran contenido sus obras.

La actriz María Inés Leighton junto a Rodolfo Silva, Presidente de la Corporación Cultural Nuevo Horizonte.

Destaco un lindo detalle de esta ceremonia: invitaron a una sobrina y sobrinas nietas de Marta Brunet.

¡Muchas gracias por la invitación, Municipalidad de Providencia y su Sistema de Bibliotecas!»
Una muy buena propuesta que podríamos traer a Paine.

 

DOÑA SANTITOS

Tenía la cara rugosa, pequeñita, y el cuerpo endeble, de garfio tembloroso. Un pañuelo negro atado a la cabeza le ocultaba el pelo, formando visera a los ojos grandes, cuencos de agua clara inexpresiva. Por la hendidura de la boca asomaba un diente, un diente único, largo, torcido, amarillo de soledad. La nariz bajaba en busca del mentón. Arrebozada en un chal obscuro, iba delante de ella, tanteando, un bastoncillo de quila.

Había oído decir que era vecina nuestra, dueña de un terrenito en Coínco. Se llamaba Santos Poblete, pero todos, cariñosamente, le decían doña Santitos.

Llegó en un carretón de familia tirado por bueyes, uno de esos carretones que fueran el orgullo de nuestros abuelos. Era una especie de casita con su puerta trasera y dos ventanas laterales, con cortinillas de percala a pintas, todo ello verde rabioso y empingorotado sobre ruedas enormes y chirriantes. La acompañaba, picana al hombro, un muchacho. Su hijo, tal vez.

Venía a verme porque le diera un remedio, atraída por mi fama de curandera. Luego de mucho pedir disculpas y saludar y tornar a las disculpas y a los saludos nuevamente, me explicó su mal.

–Es un gurto que se me le pone por aquí, por el costao, y lueguito se me le corre pa’ l’espalda y end’ehi me agarra l’estomo y después se me le fija en el corazón. Y casi mi’ahogo, iñorita. Ya hacen como cinco años qu’estoy sufriendo d’este mal. Hey tomao cuanto remedio se pue su mercé figurar. Me han visto toas las meicas conocías de por aquí y hasta los doutores de Curacautín y de Victoria. Ninguno ha podío aliviarme ni así tantito. Ya tenía perdías las esperanzas, cuando m’ijeron que su mercé era tan güena curandera; se lo ijeron a Saldaña, onde Juana Campos, la que su mercé mejoró de la fiebre, y tamién onde Rosamel Pérez. Y entonces Saldaña mi’animó pa’ que viniera a molestar a su mercé… ¡Ay! ¡Este gurto me v’acabar con la vía!

La miraba perpleja, porque el «gurto viajero» no estaba en el catálogo de las enfermedades que conocía. Pero no arredré. Le hice un examen prolijo, matizado con preguntas vagas. Y acabé por diagnosticar, muy seria:

–Lo que usted tiene es «gurtitis», una enfermedad muy rara, pero fácil de mejorar. Espérese que vuelva con el remedio.

Fui al comedor, hice unas bolitas de miga de pan muy bien amasadas, las puse en una caja, les eché encima canela en polvo y volví al escritorio donde la vieja me esperaba pacientemente, dando suspiros y ayes.

–Aquí tiene, doña Santitos; son unas pastillas especiales para su enfermedad. Tiene que tomarse dos todas las mañanas, con un vaso de leche, vuelta para el lado sur, y rezar después tres avemarías. Verá cómo mejora. Pero no vaya a olvidarse de estar de cara al sur y de rezar, porque entonces el remedio no le haría efecto.

Me miraba, asintiendo a cabezadas, con los ojos ilusionados, temblando de ansia las manos sarmentosas al coger la caja. Me dio las gracias. Repitió las disculpas. Volvió a decirme cómo Saldaña tenía fe ciega en mi poder curativo. Me contó nuevamente el itinerario del bulto, con estaciones y paradas. Di otra vez mi diagnóstico y repetí mis instrucciones. Las repitió ella para bien aprenderlas y al fin se marchó, con el bastón buscando el camino donde la esperaban la carreta y el muchacho, contenta, mostrando el diente único, badajo de su sonrisa.

–Las leseras que inventas… –me reprocharon en casa.

–¡Bah! –contesté–. Bien puede que mejore.

Y no hubo más comentarios y me olvidé de doña Santitos.

A la semana apareció otra vez en su vehículo colonial, transfigurada, con un rebozo a grandes cuadros, un pañuelo rojo en la cabeza, la sonrisa tajeándole la cara y los ojos en baile de gozo. Detrás venía el muchacho con un canasto con verduras, un pato y un ramo de cóguiles.

Había mejorado y aquello era su presente de gratitud.

Me quedé estupefacta. La vieja hablaba manoteando. Me hacía sopesar el pato, estimar las hojas prietas de un repollo, admirar los granos del maíz, oliscar los cóguiles que reventaban de maduros. Hablaba, hablaba, hablaba. De ella, de mí, de Saldaña, de su alivio, de mi saber, de su alegría, de mi bondad, de su agradecimiento, de Saldaña.

¿Quién sería Saldaña?

Era una taravilla. Pregunté, interrumpiéndola:

–¿Pero ya no siente el bulto?

–No, iñorita. Es como si me l’hubieran quitao con la mano. Y hay que ver los años que llevaba fregándome, con permiso de su mercé y disculpas por la palabra. ¿No es cierto, Saldaña?

El muchacho dio un gruñido que bien podía ser sí o no. Parecía un perrazo nuevo, grande, desmañado, con una cabeza enorme y ojos buenos de lealtad y cariño.

–¿Saldaña es su hijo?

–M’hijo… ¡Bah, iñorita! Las cosas… Saldaña es mi marío.

Abrí los ojos abismados. Pero…

–Sí–prosiguió la vieja–, es mi marío, es decir, casaos no estamos, ni falta qui’hace. Vivimos así no más, ya van pa’ los tres años. Es sobrino de uno de mis finaos, del tercero, porque con Saldaña hey tenío cuatro maríos; es sobrino y muy güeno; de los cuatro es el que mi’ha salío mejor.

El muchacho la miraba sonriendo, sin nada en la expresión que no fuera cariño. Y la vieja –más y más locuazmente confiada– siguió diciéndome en voz baja:

–Güeno, con el primero me casé por too lo que hay que casarse, y viera cómo me salió el condenao… Estaba seguro de qu’hiciera lo qu’hiciera, siempre sería mi marío, amparao por la ley y por l’iglesia. Su mercé sabrá que tengo una hijuelita que vale sus pesos. Por na no la embargaron pa’ pagar lo que debía. Me abandonaba. Se iba pa’l pueblo a remoler. Se curaba. Me trataba pior que a perro. Hasta que al cabo se murió. Entonces jui yo y me’ije: «No, pues, Santos, no habís de ser más lesa. No te volvai a casar. Si querís otro hombre, vivís así no más con él. Hombre necesitas, pa’ que cuide l’hijuela más que no sea, pero tenelo así, con el interés de ser agradoso pa’ gozar de tu bienestar y con el susto de que como no es tu marío, el día que te canse lo echái puerta ajuera». Y así lo hice. Viví con otro que era bastante güeno, pero no tanto como Saldaña. A los cuantos años se enredó con una china de Quilquilco. Yo lo supe y l’ije que enredos no, y que se juera. Se jué. No supe más d’él. Después viví con don Saldaña, un poco porfiao y otro poco aficionao al trago. Pero en fin: trabajador y honrao. Murió de una lipidia. Lástima que l’iñorita no l’hubiera visto pa’ que me l’hubiera mejorao. Pero más vale que no, porque así di con Saldaña, éste de agora, qu’es tan güenazo, tan trabajaor, y que me aprecea tanto. ¡Je!

–¿Y no tiene miedo de que, siendo como es mucho más joven que usted, se le enrede por ahí con alguna chiquilla?

–¡Je! Pior pa’él. Si s’enreda con alguna lo echo. Pior pa’él, güelvo a repetirlo, ya que con naiden tendrá la vía más descansá que conmigo.

–Pero entonces quiere decir que si vive con usted es sólo por interés.

–Y yo lo tengo tamién por el interés de que me cuide l’hijuela y me cuide a mí. Estamos pagaos.

–¿Y usted qué dice, Saldaña?

–¿Yo? –y dio otro gruñido de perro, ininteligible.

–Mire, iñorita… –Se interrumpió doña Santitos para decir al muchacho–: Saldaña, anda esperarme en la reja–y luego continuó diciéndome misteriosamente–: Favor por favor: su mercé me mejoró de mi gurto. Yo le voy a dar a su mercé el secreto pa’ ser feliz. Es mi verdá aprendía en tantos años de tantas euperiencias. A los hombres, pa’ tenerlos seguros, hay qui’agarrarlos por el mieo a encontrarse cualquier día sin mujer. No hay que icirles nunca sí ni no. Hay que icirles siempre quizá. Créame, iñorita: la mujer que no tiene al hombre sobresaltao’e recelos, está perdía. Créame, se lo igo yo, que por decir una vez sí estuve cinco años penando, y por decir quizá hey pasao el resto de mi vía muy contenta.

Seguía mirándola abismada. Debía de hacer una figura tontamente ridícula, con un pato que aleteaba en una mano, un ramo de cóguiles en la otra, las verduras en ringla a los pies.

Pero la vieja había terminado sus confidencias y me hablaba otra vez de su enfermedad, de su mejoría; me daba las gracias manoteando, se despedía y al fin se marchaba. El muchacho se le juntó en la reja del parque y siguieron hasta la carreta: adelante ella, con el bastoncito tembloroso que parecía decir: quizá; atrás, él, sumisamente, en la duda.

 BRUNET, Marta. Doña Santitos. Reloj de sol. Obras completas de Marta Brunet. Santiago, Zig-Zag, 1962. Pp.71-74.

(Para esta publicación, el cuento fue copiado de http://www.brunet.uchile.cl/)

Violinista de «Latitvdes» es seleccionado para clase magistral del maestro Fabio Biondi

El violinista barroco Alvaro Meza es integrante del conjunto Latitvdes, que ha ofrecido su repertorio de música barroca latinoamericana en dos de los Conciertos Dominicales de la Corporación Cultural Nuevo Horizonte en Paine. 

El maestro fue seleccionado para participar como alumno activo en la clase magistral que el prestigioso maestro Fabio Biondi brindó esta semana en el Campus Oriente de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

La clase magistral

Durante su breve estadía en nuestro país, Biondi, fundador y director de Europa Galante, la afamada agrupación dedicada a la música antigua, se ha presentado en el Teatro Centro Cultural Carabineros de Chile y en el Teatro Municipal de Las Condes, para continuar el día jueves con un importante concierto organizado por la Fundación Claro Vial, en la Iglesia de Viña Santa Rita, de Alto Jahuel.

Esta clase magistral en particular no sólo tiene valor para el enriquecimiento de la técnica del alumno seleccionado, sino que representa un importante avance para el estudio y la interpretación del barroco en Chile. Muestra de ello es la obra seleccionada para la clase: Invenzioni No. 9, de Francesco Antonio Bonporti, un estreno absoluto en nuestro país.

Francesco Antonio Bonporti (1672 – 1749) fue un sacerdote y compositor italiano, alumno de Arcagelo Corelli. El desarrollo que hizo de las Invenzioni (un tipo de obra musical compuesta de dos partes) fue muy influyente en Johann Sebastián Bach.

Biondi, por su parte, violinista y experto en música barroca, con su conjunto Europa Galante también ha realizado un importante trabajo musicológico, recuperando, entre otras, varios oratorios y óperas de Alessandro Scarlatti, óperas de Georg Friedrich Händel y varios autores italianos del repertorio violinista del siglo XVII.

Alvaro Meza junto al maestro Biondi

Conviene, entonces, recordar la presentación que hicimos de Alvaro Meza, cuando tocó junto a Latitvdes en el Concierto Dominical de noviembre de 2016: Con estudios de música en la Universidad de Chile, se ha especializado y centrado su interés en la música barroca latinoamericana y antigua, formando parte de agrupaciones que buscan profundizar los conocimientos musicales, añadiendo orden y puliéndolos. Paralelamente ha sido galardonado en el Congreso Mundial de la Educación en el Centro de Extensión de la Universidad Católica de Chile por su labor de enseñanza a niños y jóvenes.

El conjunto Latitvdes en el Concierto Dominical de la Corporación Cultural Nuevo Horizonte.

Son, por lo tanto, muy buenas noticias, ante las cuales no nos queda más que celebrar.

 

Visita del oboísta Giovanni Cabrera a la Escuela de Música Nuevo Horizonte.

El último domingo de julio recibimos la visita de Giovanni Cabrera, oboista y cornista de la Banda Sinfónica de la Fuerza Aérea de Chile.

El maestro buinense, que fue integrante de la Orquesta Juvenil Nuevo Horizonte antes de convertirse en músico profesional, se reunió con los músicos de la actual generación de nuestra Orquesta para relatarles los hitos de su carrera musical, que comenzó cuando tenía poco más de ocho años.

Junto con destacar la importancia que tuvo nuestra Orquesta para su formación, al igual que otras orquestas nacionales donde participó, relató a los niños y jóvenes la satisfacción que le ha brindado su permanencia en la Fuerza Aérea de Chile, con cuya Banda Sinfónica ha recorrido el país y ha viajado al extranjero.

Concierto en el Museo Andino en 2013 con la Orquesta Juvenil

De gran importancia nos pareció la forma en que narró el significado de la música para la vida de niños de comunidades rurales pobres y la forma en que desarrolló sus estudios en la facultad de Artes de la Universidad de Chile.

Finalmente, obsequió a la Corporación Cultural Nuevo Horizonte el álbum Melodías en la ruta del Centenario, con la grabación de importantes obras del repertorio clásico. La Banda Sinfónica de la FACH, dirigida por el maestro Fabrizzio de Negri,  ofrece desde 1982 el concierto inaugural de las Semanas Musicales de Frutillar, el más destacado festival internacional de música docta en Chile.

Juan Flores, Director de la Orquesta Juvenil Nuevo Horizonte, el maestro Giovanni Cabrera y Rodolfo Silva, Presidente de la CCNH Paine.

Las Cuatro Estaciones Porteñas, de Piazzolla, en Paine

Todos tenemos la posibilidad de escribir historias para decir lo que pensamos o sentimos acerca de nuestro entorno: desde pequeños tenemos las herramientas para ello, el aparato fonador, las manos, un lápiz o un computador. También contamos con un lenguaje, las palabras, el idioma, las reglas ortográficas, que manejamos de un modo casi inconsciente. Con todo ello, solo nos basta precisar qué queremos contar y contarlo.
En el caso de la música, es muy dintinto, especialmente si se trata de una orquesta juvenil, como la Orquesta Nuevo Horizonte y otras tantas que hay en el país. Aquí hay que aprender primero a dominar el instrumento (violín, cello, flauta o el que cada uno haya preferido) y, en forma paralela, el lenguaje, la lectura e interpretación del pentagrama. Pueden pasar años hasta conseguir estos dos aprendizajes. En la práctica, es así. Un joven se incorpora a los 10 años a una orquesta juvenil y al retirarse, cerca de los 16, ha aprendido a tocar un instrumento y a leer música. Esto está muy bien y podemos considerarlo un objetivo cumplido; los beneficios de la música son indudables e incomparables.
En medio de este escenario positivo, sin embargo, falta tiempo para un aprendizaje adicional, el de contar una historia, de desarrollar una propuesta musical, con una visión propia, con la exposición de la propia interpretación del mundo por medio de la música. Son varios los factores que privan de este aprendizaje. Uno de ellos es la poca difusión que hacemos de aquellos músicos que han ofrecido una propuesta propia, que son muchos, sin duda, y el poco énfasis que damos a este aspecto de la vida musical.
Astor Piazzola es uno de esos músicos de propuestas significativas. No solo por su particular modo de ver la vida a través del prisma de la música, sino también por su porfía para seguir adelante con su estilo, a pesar de toda la resistencia que debió soportar. Así como el diseñador destaca el diseño y la función de un objeto, en el ámbito de la música habría que hablar del placer y la enseñanza de un maestro como Piazzolla: el placer que produce ser tocado por la belleza de su música y la enseñanza de un modo de vida ligado a la música.
Estas son algunas de las razones por las que fue tan significativo ver y escuchar Las Cuatro Estaciones Porteñas en el escenario del Teatro de Paine, con motivo del Concierto Dominical de la Corporación Cultural Nuevo Horizonte, en el mes en que en todo el mundo se conmemoraron  los 25 años de su partida. Más aún, se trató de una versión interpretada por un ¡cuarteto de trombones! Como si la música de Piazzolla fuera poco, se agregó esta vez el protagonismo de instrumentos que hacen una nueva versión de la obra escrita para cuerdas y bandoneón. Para más abundar, trombones en manos de jóvenes, jóvenes de la Universidad de Chile, que consiguieron hacernos pensar que la juventud es un requisito para esa obra y un seguro para la inmortalidad.

Astor Piazzolla (Mar del Plata, 11 de marzo de 1921 – Buenos Aires, 4 de julio de 1992) fue un bandoneonista y compositor argentino considerado uno de los músicos más importantes del siglo XX y el compositor más importante de tango en todo el mundo.

Piazzolla vivió gran parte de su niñez con su familia en Nueva York, donde desde muy joven entró en contacto tanto con el jazz como con la música barroca de Bach.

Era un barrio violento, porque existía hambre y bronca. Crecí viendo todo eso. Pandillas que peleaban entre sí, robos y muertes todos los días. De todas maneras, la calle Ocho, Nueva York, Elia Kazan, Al Jolson, Gershwin, Sophie Tucker cantando en el Orpheum, un bar que estaba en la esquina de casa… Todo eso, más la violencia, más esa cosa emocionante que tiene Nueva York, está en mi música, están en mi vida, en mi conducta, en mis relaciones.
Astor Piazzolla.

Así fue el Concierto Dominical de julio 2017

Un muy buen repertorio y estupendas interpretaciones tuvo el Concierto Dominical de julio, el domingo recién pasado.

La Orquesta Juvenil Nuevo Horizonte agregó este mes dos novedades. Primero, una nueva versión de la tradicional «Estrellita», con solista en violín. Tamara Soto, alumna desde hace algunos meses de la profesora Betsabé Zambrano preparó con dedicación una participación pulcra y sin estridencias. Fue también la primera vez que esta generación de la Orquesta acompaño a un solista. ¡Muy buen trabajo! La segunda novedad fue el estreno de la animada obra Krazy Klock, que hace referencia a un juguetón reloj de pared. Buena interpretación considerando que se trató de un estreno.
Desde el punto de vista de los socios de la Corporación Cultural, resulta satisfactorio constatar que los jóvenes músicos suben al escenario confiados y tranquilos, para volver al camerino con un pensamiento crítico pero conformes por el trabajo bien hecho, estado de ánimo que habitualmente toma tiempo conseguir en una orquesta juvenil. ¡Felicitaciones,  entonces, para el Director y los profesores!
La segunda parte resultó una gran novedad para Paine: por primera vez se puedo escuchar un conjunto de trombones. Con una interpretación profesional de gran calidad, el cuarteto Diluvio de Trombones se quedó con merecidos aplausos y los paininos con el recuerdo de emociones que rara vez se pueden experimentar. A este emotivo resultado contribuyó, qué duda cabe, la composición que Piazzolla hiciera de sus Cuatro Estaciones Porteñas.
Más abajo encontrarán el video resumen de la cita y fotografías.

Aprovecho de invitarlos para el próximo Concierto Dominical,  el día 6 de agosto a las 12hrs. en el Teatro de Paine.

Estrellita (Arreglo de Manuel Olivares)
ORQUESTA JUVENIL NUEVO HORIZONTE
Tamara Soto (Solista)

Krazy Klock, James Ployhar (Estreno)
ORQUESTA JUVENIL NUEVO HORIZONTE

Primavera Porteña (1970)
Las Cuatro Estaciones Porteñas, Astor Piazzolla
CUARTETO DILUVIO DE TROMBONES
PABLO JAMES, RICARDO BARRIOS, BENJAMÍN CAMPUSANO, MAXIMILIANO PAULSEN.

Así fue el Concierto Dominical de junio 2017

El primer domingo de junio se llevó a cabo el Concierto Dominical que cada mes ofrece la Corporación Cultural Nuevo Horizonte a la comunidad painina.

La cita comenzó con la exhibición del documental ¡Te gustará ser músico en Paine!, que muestra el trabajo realizado en la Escuela de Música Nuevo Horizonte que tiene en funcionamiento la Corporación Cultural. Con la exhibición del film concluyó el proyecto de ocho meses que contó con el financiamiento del Gobierno Regional Metropolitano, consistente en el financiamiento de los profesores de la Escuela.

Cumpliendo uno de sus principales objetivos, esto es, ofrecer a los músicos de la Escuela la oportunidad de tocar en un escenario, se presentó la solista en violín Valezka González y un ensamble de violas, alumnos del profesor Alejandro Vargas, quienes mostraron el resultado de sus estudios en lo que va del año. Con esta muestra de un trabajo pulcro y entusiasta concluyó la primera parte del encuentro.

La segunda parte contó con la atractiva interpretación del Cuarteto Apolo, que interpretó una de las destacadas obras de Wolfgang Amadeus Mozart y, con la compañía de la mezzosoprano Carla Moraga, presentó una selección de las arias de ópera más conocidas. Esta fue la primera vez que se presentó en Paine canto lírico en este formato, lo que nos llena de satisfacción.

Antes de iniciar su programa, el cuarteto Apolo, incorporando la curiosidad y exploración propia de las artes, mostró su versión de dos de las canciones de la hoy conocida cantante de música popular Mon Laferte. Un interesante ejercicio que mostró con delicadeza las posibilidades de una orquesta de cámara y la importancia de la búsqueda artística.

Así se completó otro capítulo de este programa anual de conciertos que buscan ofrecer a la comunidad painina música que amplía el abanico de muestras artísticas.

¡Te gustará ser músico en Paine!: El film que en poco más de 17 minutos permite apreciar cómo la música se ha incorporado a la vida de un grupo niños y jóvenes paininos.
Dirección: Roxana Hernández
Cámara: Mauricio Nuñez

 

VALEZKA GONZÁLEZ (Violín)
ESCUELA DE MUSICA NUEVO HORIZONTE
– Chorus, del oratorio Judas Maccabaeus (1747), Georg Friedrich Händel
– Tema central de la película “La lista de Schindler”, John Williams, (1993)

ENSAMBLE DE VIOLAS – Concierto Dominical en Paine Junio 2017
-Ve a decirlo a Tía Rhody, canción tradicional americana cuya melodía proviene de la ópera francesa «Le Devin du Village» (El adivino de aldea), del filósofo Jean-Jacques Rousseau.
-Ejercicio Nº 3

Felipe Pérez, Bethany Acevedo, Amaya Quero, Vania Narvaez.
ESCUELA DE MUSICA NUEVO HORIZONTE

Tu Falta de Querer, Mon Laferte.
Arreglos para cuarteto de cuerdas de Sergio Avila.
Interpreta: CUARTETO APOLO

Amárrame, Mon Laferte.
Arreglos para cuarteto de cuerdas de Sergio Avila.
Interpreta: CUARTETO APOLO

Deh vieni, non tardar, “Las bodas de Fígaro”, W. A. Mozart, (1786)
CUARTETO APOLO junto a CARLA MORAGA, Mezzosoprano.

Vedrai Carino, “Don Giovanni», W. A. Mozart, (1787)
CUARTETO APOLO junto a CARLA MORAGA, Mezzosoprano.

1er movimiento Presto – Divertimento en Sol Mayor, K.156, W. A. Mozart
CUARTETO APOLO

2o movimiento Adagio – Divertimento en Sol Mayor, K.156, W. A. Mozart
CUARTETO APOLO

3er movimiento Adagio – Divertimento en Sol Mayor, K.156, W. A. Mozart
CUARTETO APOLO

Voi che sapete, “Las bodas de Fígaro”, W. A. Mozart, (1786)
CUARTETO APOLO

Parto, parto, Ma tu Ben mio – Concierto Dominical Junio 2017
CUARTETO APOLO

La Habanera, (El amor es un pájaro rebelde), “Carmen”, Georges Bizet, (1875)
CUARTETO APOLO

Serie de Televisión sobre el Cruce de los Andes

El Canal de televisión Mega, dado el éxito anterior que tuvieron las series históricas El Niño Rojo, sobre la infancia  y adolescencia  de  O’Higgins y Adiós  al Séptimo de Línea, de Jorge Inostroza, sobre la Guerra del   Pacífico,  el  Canal  y  privado y  la   Productora Invercine trabajan en un proyecto para recrear el Cruce de los Andes que cumplió 200 años en febrero pasado  y  que   obtuvo  gran   difusión   nacional   e internacional. Es un proyecto ambicioso que narra lo difícil que fue dicha epopeya que terminaría con el resonante triunfo en la Cuesta de Chacabuco el 12 de febrero de 1817. El Director Jaime Sepúlveda y su equipo postularon para estos efectos a fondos que otorga el Consejo Nacional de Televisión que se entregan en septiembre próximo. La mencionada serie, según sus realizadores, tiene fecha de estreno para cuando se cumplan los 200 años de la firma del Acta de la Independencia Nacional, el 12 de febrero de 1818, en Talca, este film será un aporte a dichos festejos. Les deseamos suerte y éxito a estos realizadores que han optado por una serie histórica y cultural tan necesarias en nuestra TV actual.

Publicado en la edición de junio de 2017 del BOLETIN INSTITUTO O’HIGGINIANO DE CHILE

VII CONCURSO PROVINCIAL DE ARTES VISUALES 2017

Durante el presente mes de julio se recibirán las obras que postulen a ganar el VII CONCURSO PROVINCIAL DE ARTES VISUALES, organizado por el Departamento de Cultura y Turismo de la Municipalidad de San Bernardo.
El concurso, de suma importancia por ser el único que se ofrece para las comunas de San Bernardo, Buin, Paine y Calera de Tango, ha contado en más de una oportunidad con artistas paininos entre sus ganadores.
Junto con desear una exitosa gestión a sus organizadores y una satisfactoria participación a los concursantes, reproducimos a continuación las bases del Concurso.

BASES
VII  CONCURSO PROVINCIAL DE ARTES  VISUALES
SAN BERNARDO 2017

La Ilustre Municipalidad de San Bernardo, a través de su Departamento de Cultura, convoca al VII CONCURSO PROVINCIAL DE ARTES  VISUALES.

INTRODUCCION

La Ilustre Municipalidad de San Bernardo, a través de su Departamento de Cultura  y  Turismo, con el objeto de reconocer la trayectoria de artistas y creadores que cultivan  y participan su arte a la comunidad, ha creado el Premio Provincial de Artes Visuales, en  su sexta versión, año 2017, en los géneros de Pintura, Escultura y Fotografía.

Este  premio, que es un estímulo a la creación y desarrollo de los Artistas Locales y de la  Provincia, se ha desarrollado con éxito en sus cinco versiones anteriores, logrando con ello   resaltar la cultura local, cumpliéndose así uno de los grandes proyectos de la Autoridad Comunal.

 TITULO   PRIMERO
ARTICULO   PRIMERO

EL   PREMIO
Las obras para el VII Concurso deberán ser originales y no haber  sido  expuestas  ni haber concursado en otros certámenes similares.

DISCIPLINAS
Pintura
Escultura
Fotografía

ARTICULO SEGUNDO

DE LOS FORMATOS Y PRESENTACIÓN DE LAS  OBRAS

PINTURA
Formato: Desde 40 x 45 cm  hasta  1 m x 1 m, en cualquier soporte y preparados  para  ser  expuestos.
Técnicas: Óleo, mixta, acuarela, pastel, aguadas de tinta, dibujos.
Estas últimas 4, debidamente enmarcadas con vidrio.

ESCULTURA
Dimensiones: Desde 30 x 30 x30 cm  hasta 1 m x  1 m x 1m aproximado.
Material: Madera, metal, piedra, acero o mixto, con sus  debidos  soportes.

FOTOGRAFÍA
Dimensiones: formato tabloide, enmarcadas (para ser expuestas)
Técnica . Digital

DE LA RECEPCION DE LAS OBRAS

Las  obras  participantes serán recibidas en el Departamento de Cultura y Turismo de la Municipalidad de San Bernardo, ubicado en Avenida América, Nro. 504, San Bernardo.

Las  obras  participantes, en cualquiera de las disciplinas, deberán ser acompañadas de dos  sobres. En  uno de ellos, se debe consignar el seudónimo del autor y el número de inscripción en el concurso, que  se entregará al recibir la obra en el Departamento de Cultura y Turismo. En el otro sobre, debidamente cerrado, deberá indicarse: nombre completo del autor de la obra, domicilio, correo electrónico, teléfono, breve reseña del artista (máximo  10 líneas), certificado que acredite que el autor vive, trabaja o estudia en la Provincia  del Maipo. Dicha acreditación podrá hacerse mediante un certificado de residencia original o certificado de trabajo o certificado de estudios. De no presentar este  antecedente, la obra  quedará automáticamente fuera de concurso.

ARTICULO  TERCERO

TEMA DE LA OBRA
Libre

TITULO SEGUNDO
 ARTICULO CUARTO

 

DE LOS PARTICIPANTES
Podrán  postular al PREMIO PROVINCIAL de ARTISTAS VISUALES de la Ilustre  Municipalidad de San Bernardo aquellas personas que vivan,  trabajen o estudien en la Provincia del Maipo, para lo cual se deberá acreditar su condición de tal con un debido certificado original de residencia,  trabajo o estudios de sus respectivos lugares de trabajo o establecimiento educacional.
Los Funcionarios Municipales que trabajen en el Departamento Cultura de la Ilustre Municipalidad de San Bernardo o que estén vinculados laboralmente no podrán participar del certamen. Esto incluye, plantas contrata y  honorarios de la misma.
Los Funcionarios de otras Municipalidades podrán hacerlo sin restricción de ninguna especie.
El autor podrá postular solo una obra, en una sola disciplina, que podrá ser  inscrita  por  el  autor  o un representante.

ENTREGA  de BASES: Desde el 24 de ABRIL de 2017.

POSTULACION  Y ENTREGA DE OBRAS CONCURSANTES
Lunes 3 al  31 de julio del 2017

DETERMINACION DE GALARDONADOS
Martes 17 de  agosto  del 2017

PREMIACION
Martes 29 de agosto de 2017, a las 19:30 horas, en el Salón Consistorial, en ceremonia  especial.
Las obras Galardonadas pasarán a ser parte del patrimonio de la Casa de la Cultura de San Bernardo.
Las obras que no sean  premiadas deberán ser retiradas en el lugar de recepción (Casa de la Cultura) dentro del plazo de 30 días, después de dirimir el resultado. Pasado ese plazo, el Departamento no se hará responsable de las obras.

TITULO TERCERO
DE  LOS JURADOS
ARTICULO QUINTO

El jurado estará compuesto por:

– La  Alcaldesa de la Comuna, quien lo presidirá. La Alcaldesa podrá designar un representante, función que recaerá en un Concejal o Director Municipal.

-Dos artistas pertenecientes a la Apech (Asociación de Pintores y Escultores de Chile) que dicha asociación designará.

-Un Concejal, miembro de la Comisión Cultura, designado por el Honorable Concejo Municipal.

-Un esteta o profesor universitario, elegido por invitación del Director de la Casa de la Cultura de la I. Municipalidad de San Bernardo.

ARTICULO  SEXTO

El jurado cumplirá su cometido en el mes  agosto   del 2017, debiéndose reunir a lo menos en las siguientes ocasiones:

  1. a) El jurado se reunirá, para celebrar su sesión constitutiva y revisión de obras.
  2. b) Para discernir los Galardonados con el Premio Provincial de Artes Visuales.
  3. c) No obstante, el jurado por propia decisión, podrá reunirse las ocasiones que sea necesario.
  4. d) Y el 29 de Agosto para la ceremonia de Premiación.

 

TITULO  CUARTO
ARTICULO SEPTIMO

DE LA PREMIACION
El Premio  Provincial de Artes Visuales otorgará premios en cada una de las disciplinas establecidas precedentemente y los ganadores serán acreedores a los siguientes estímulos.

  1. a) El primer premio será equivalente 20 UTM, vigentes al mes de agosto del 2017 y una medalla con réplica de “Diana“, como testimonio del galardón.
  2. b) El Segundo lugar obtendrá un premio de 10 UTM, más un diploma de honor.
  3. c) El Tercer lugar obtendrá un premio de 5 UTM, más un diploma de honor.

El Jurado podrá declarar premios desiertos si el nivel de exigencia no es compatible con este Concurso y, si se presentaran menos de 3 obras, el jurado determinará el lugar de los premios según el mérito.

Los resultados del concurso se darán a conocer la última semana del mes octubre en los medios de comunicación y difusión u otros,  propios del municipio u otras entidades de la comuna.

Por el solo hecho de participar en el certamen, los concursantes dan por aceptadas las presentes bases del VII Concurso Premio Provincial de Artes Visuales, organizado por el Departamento de Cultura y Turismo de la Ilustre Municipalidad de San Bernardo.

Lo no establecido en las presentes bases será resuelto por el jurado del concurso.

San Bernardo, abril de 2017.

ARTISTAS PAININAS GALARDONADAS EN LA VI VERSIÓN DEL
CONCURSO PROVINCIAL DE ARTES VISUALES 2016